Setenta y dos horas antes de morir, Janis Joplin entró en un estudio de grabación y de lo más profundo de los pulmones sacó su última canción, a capella, donde le preguntaba al Señor si le podría regalar un Mercedes Benz. No sabemos cuál pudo haber sido la respuesta del Señor, pero de lo que sí nos enteramos es que seguramente ya no sería necesario.

Un Rolex es el equivalente a un Mercedes-Benz. Eso, claro, dicho en términos clásicos, porque si uno le mete el lápiz ahora, podría decir que igual un Maserati o una de las naves espaciales de Elon Musk sirve mejor como comparación.

Pero estos tiempos no son muy buenos para la mítica marca, por culpa de la mayoría de sus usuarios: expobres, narcos, chopos, engreídos, nuevos ricos, emprendedores, empresarios en ligue, dirigentes empresariales que deben certificarse en esa marca de los gigantes. Si eres un “desgracimado” de alma, pinta y de ADN, entonces necesitas remangarte la camisa y mostrar un chin de tu efectivo Rolex antes de comenzar la reunión con el CEO, ver cómo andan las ventas, si tu prima, la también CEO, regresó de sus vacaciones en Bahamas o Bahréin, si los niños y sus niñeras están bien atendidos en algún albergue en los Alpes.

Tal vez la culpa de todo este bulo la tuvo Shakira, al enfrentar los Rolex con los Casio. Ahí fue donde todos vimos a nuestras espaldas, por no decir, ¡a nuestras manos! Como un honorable miembro de los Casio-habientes, hasta traté de recuperar los últimos cinco que tuve —todos bien guardados entre mi colección de sellos y entradas a museos—, todos inservibles e irrecuperables ya, porque sabrás que un reloj que te cueste 10 dólares donde algún hindú de New Jersey o de Queens morirá tan pronto se muera su pila.

Los Rolex deben dar una fuerza bárbara. Me imagino que sería como andar con un pedazo de kriptonita, evitando así la aparición subrepticia de cualquier Supermán más fuerte que tú.

Pero los rolexianos tampoco tendrán que esconderse, a Dios gracias, porque después de todo, también existen restaurantes exclusivos en el Polígono, en CapCana, en zonas lounge para tarjetas Diamantes con zona franca incluida, cortesía de Emirates. Seguramente que si pierdes tu pasaporte o tus credenciales, ya el Rolex de turno será como la manecita aquella de la que hablaba Cortázar, manecita esa que se ve tan pobre. Lo sacarás y seguramente las puertas de Ali Babá tendrán que reabrirse.

Si quieres demostrar fuerza, consistencia, seguridad en ti mismo o misma, oh hija del Hombre, oh Australopitecos encaramado en cualquier Mercedes, trata de que tu hija no te venga con el cuento ese, oh papi, ¡regálame un Rolex! ¡La pobre comenzará a pudrirse! (O tal vez tú, o quién sabe, porque dos Rolex en una familia son exceso, pero peor dos o tres en solo dos manos y de nuevo, como siempre, por ahí María se va).

Miguel D. Mena

Urbanista

Editor, docente universitario y urbanista

Ver más