Durante décadas, hablar de financiamiento era, en esencia, hablar de bancos. Bancos comerciales, bancos de desarrollo, banca estatal y banca internacional fueron los grandes intermediarios del crédito, tanto para empresas como para gobiernos. Sin embargo, silenciosamente pero de forma acelerada, ese modelo está cambiando a escala global. El capital ya no fluye principalmente a través de los bancos, sino cada vez más por vías alternativas: fondos privados, plataformas tecnológicas y grandes inversionistas institucionales que operan fuera del sistema bancario tradicional. Cabe subrayar que este proceso no implica la desaparición de los bancos, sino un reordenamiento de roles dentro del sistema financiero, donde la banca tradicional y el capital alternativo coexisten y se complementan.

Este cambio —estructural y no coyuntural— está redefiniendo profundamente la geografía del capital. Y plantea una pregunta clave para países como la República Dominicana: ¿estamos preparados para un mundo donde el crédito ya no pasa necesariamente por los bancos?

El cambio global: por qué los bancos ya no dominan el crédito

Tras la crisis financiera de 2008, el sistema bancario internacional entró en una fase de regulación más estricta. Requisitos de capital más elevados, controles prudenciales más severos y mayores exigencias de cumplimiento redujeron la capacidad —y en muchos casos la disposición— de los bancos para asumir riesgos, especialmente en segmentos como el crédito a medianas empresas, los proyectos de infraestructura o el financiamiento de largo plazo.

A esto se han sumado factores más recientes: tasas de interés volátiles, mayores costos tecnológicos, cambios geopolíticos y una creciente aversión al riesgo. El resultado es claro: los bancos se han vuelto más selectivos, más conservadores y, en muchos casos, menos ágiles para responder a las necesidades de financiamiento de la economía real.

Pero el crédito no desapareció. Simplemente encontró otros canales.

Private credit, fintech y capital alternativo: oportunidades y riesgos

En el espacio que han ido dejando los bancos ha crecido con fuerza un ecosistema diverso de financiamiento alternativo. Por un lado, los fondos de private credit comenzaron a prestar directamente a empresas sin intermediación bancaria, diseñando estructuras a la medida de cada proyecto y asumiendo riesgos que los bancos prefieren evitar. Hoy, este ecosistema moviliza más de 1,9 billones de dólares a nivel global (datos de 2026) y ha mantenido un crecimiento sostenido de doble dígito durante más de una década.

Al mismo tiempo, las fintech de crédito utilizan tecnología, datos y modelos alternativos de evaluación para financiar a pequeñas empresas, emprendedores o consumidores que históricamente han tenido un acceso limitado al sistema financiero tradicional. A esto se suma el papel creciente de grandes inversionistas institucionales —como aseguradoras y fondos de pensiones— que buscan rendimientos estables a largo plazo y encuentran en el crédito directo una alternativa a los bonos tradicionales.

Este nuevo ecosistema ha ampliado de manera significativa el acceso al financiamiento y ha introducido una mayor flexibilidad en la forma en que se asigna el capital. Sin embargo, también conlleva riesgos importantes. La menor estandarización y transparencia de muchos de estos instrumentos dificulta su supervisión, y la creciente interconexión entre actores no bancarios puede generar vulnerabilidades sistémicas poco visibles. A ello se suma un riesgo clave que a menudo se subestima: la falta de liquidez. En muchos esquemas de financiamiento alternativo, el capital queda comprometido por largos periodos, lo que significa que los inversionistas no siempre pueden retirar su dinero de forma inmediata, especialmente en contextos de estrés financiero.

América Latina y el rezago institucional

Mientras estas transformaciones avanzan con rapidez en Estados Unidos, Europa y algunas economías asiáticas, América Latina se mueve con mayor lentitud. No por falta de capital global interesado en la región, sino por debilidades institucionales persistentes: marcos regulatorios incompletos, mercados de capital poco profundos y una dependencia histórica del crédito bancario.

En muchos países latinoamericanos, el financiamiento sigue siendo costoso, concentrado y de corto plazo, lo que limita la inversión productiva y la innovación. Paradójicamente, esto ocurre en un momento en el que existe abundante liquidez internacional dispuesta a financiar proyectos en mercados emergentes, siempre que existan reglas claras, seguridad jurídica y mecanismos financieros adecuados.

El caso dominicano: un ecosistema financiero aún bancocéntrico

La República Dominicana cuenta con un sistema financiero estable y bien capitalizado, pero marcadamente bancocéntrico. Los cinco principales bancos concentran alrededor del 80 % de los activos del sistema financiero, y la mayor parte del crédito a empresas y hogares sigue canalizándose a través de bancos comerciales. Aunque se han registrado avances en fintech y en la regulación de operaciones garantizadas, los mercados de capital permanecen poco profundos y los mecanismos de financiamiento no bancario a gran escala son aún limitados. Esta estructura tiene consecuencias claras: muchas pequeñas y medianas empresas (pymes) enfrentan dificultades para acceder a financiamiento de mediano y largo plazo, con una brecha estimada cercana al 19 % del PIB (según IDP Invest); los proyectos de infraestructura, energía o innovación dependen en exceso del Estado, de organismos multilaterales o de financiamiento externo tradicional; y sectores con alto potencial de crecimiento, como la tecnología, la agroindustria moderna o la economía creativa, permanecen subfinanciados.

Mientras tanto, actores internacionales de private credit, fondos de impacto y plataformas financieras tecnológicas observan el país con interés, pero suelen encontrar barreras regulatorias, incertidumbre jurídica o la ausencia de vehículos locales capaces de canalizar ese capital de forma eficiente y transparente.

Tres lecciones para la política pública y la regulación

La primera gran lección es que diversificar las fuentes de financiamiento no es solo un asunto financiero, sino una política de desarrollo. Un país que depende casi exclusivamente del crédito bancario se vuelve más vulnerable a ciclos económicos adversos y limita su capacidad de financiar proyectos estratégicos a largo plazo. Fortalecer los mercados de capital, habilitar esquemas de crédito privado bien regulados y promover instrumentos de coinversión entre el sector público y privado permitiría reducir esa dependencia sin aumentar la deuda pública.

La segunda lección es que regular no significa prohibir ni frenar la innovación financiera. Ignorar el crecimiento del financiamiento alternativo no lo detiene; simplemente traslada esas actividades a zonas grises. Un marco normativo claro para fintech, fondos privados y nuevos intermediarios financieros permitiría atraer inversión, mejorar la supervisión y proteger tanto al sistema financiero como a los usuarios, sin sofocar el dinamismo del mercado.

Finalmente, cualquier transformación del sistema financiero debe estar alineada con una visión productiva clara del país. Si la República Dominicana aspira a avanzar en innovación, transición energética, inclusión financiera o modernización productiva, su arquitectura financiera —bancaria y no bancaria— debe diseñarse para financiar esas prioridades. El crédito no es un fin en sí mismo, sino una herramienta estratégica para el desarrollo.

Un debate impostergable

El mundo financiero ya cambió. La República Dominicana aún está a tiempo de decidir cómo insertarse en esta nueva realidad. Persistir en un modelo excesivamente centrado en los bancos puede limitar el crecimiento, la innovación y la resiliencia económica del país.

La pregunta, entonces, no es si el capital seguirá moviéndose fuera de los bancos. Eso ya está ocurriendo. La verdadera cuestión es si el país será capaz de encauzar ese nuevo flujo de financiamiento hacia un desarrollo más productivo, inclusivo y sostenible, o si se limitará a observar —de forma pasiva— una transformación que otros ya están aprovechando.

Armand Toonen

Director Ejecutivo del Holland House Caribbean. Consejero Independiente

Armand Toonen, PDEng MSc CPIM MBA, es actualmente Director Ejecutivo del Holland House Caribbean, Consejero Independiente e inversionista. Armand tiene treinta años de experiencia en multinacionales de clase mundial que operan en servicios financieros, telecomunicaciones y alta tecnología en Europa, América y Asia. En la Republica Dominicana trabajo como Vicepresidente en Orange, AGL, Banco Santa Cruz y Altice. Historial comprobado como CEO, CCO, CMO, COO, CSO y consultor. Experiencia en “growth hacking” mediante redefinición de estrategias, transformación (digital), fusiones y adquisiciones y creación de equipos de alto rendimiento. Armand tiene un doctorado y varias maestrías en administración de empresas, ingeniería industrial y logística. Se preparó entre otros en Harvard Business School y Hemingway para el rol de consejero. Ex miembro del Programa de Liderazgo Global de Vodafone.

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