Porque: “Antes de ser un gran líder tienes que ser un gran ser humano”.
Nadie es libre si no es dueño
de sí mismo. Epicteto.
Si observamos con detenimiento la vida que llevamos, podemos notar cómo, con el paso del tiempo, nuestro comportamiento ha sido moldeado por creencias e historias transmitidas de generación en generación. Muchas de esas versiones nos encapsulan ideológica y mentalmente, porque responden a lo que determinados poderes han decidido presentar como verdadero o falso. Lo más preocupante es que, con frecuencia, esas historias han sido escritas por amanuenses interesados en complacer los egos y conveniencias de su época.
Quizás con algún dejo de rebeldía, vivimos en un continuo cuestionamiento de hechos y creencias que, a nuestro parecer, se parecen mucho a aquellos relatos que en su momento fueron catalogados como mitos, pero que hoy, por conveniencia, muchos nos presentan como si fueran realidades. Esto incluye incluso a dioses, vírgenes, santos y héroes.
Pero, por esa misma historia podemos colegir que la vida es una continua repetición de hechos, donde solo cambian el tiempo y los protagonistas, quizás queriendo decir como dice el populacho, que no hay nada nuevo sobre la tierra, solo combinaciones de cosas y hechos que terminan teniendo los mismos genes ya conocidos.
Esa manipulación histórica no solo afecta la forma en que recordamos el pasado; también condiciona la manera en que entendemos el presente político. Por eso, al hablar de democracia, no basta con defender sus virtudes: también debemos examinar cómo puede ser deformada cuando el ciudadano vota sin conciencia crítica y el poder utiliza esa debilidad a su favor.
Es posible que por eso hoy me sienta cercano a Sócrates cuando se refería a la democracia. No tengo duda de sus bondades, sobre todo si se compara con otras formas de gobierno; sin embargo, también reconozco las flaquezas que el filósofo advertía: la posibilidad de que cualquiera llegue al mando sin reunir las condiciones necesarias para ejercerlo. El tiempo parece haberle dado la razón, especialmente cuando advertía que la democracia podía derivar con facilidad en demagogia y populismo. Quien lo dude, que mire nuestro propio espejo como nación.
La democracia proclama que todos somos iguales ante la ley, pero también permite votar a ciudadanos que, muchas veces, desconocen el verdadero poder de ese derecho. Cuando el voto se entrega por pequeñas dádivas ofrecidas por políticos interesados en explotarlo, deja de ser una herramienta de libertad y se convierte en un instrumento de manipulación.
Esa es una de las razones por las que nuestro Estado crece sin control, como la verdolaga. Personas incapaces cobran sueldos como recompensa por haber dado un voto; la deuda interna y externa aumenta de manera absurda y abusiva; y su pago quedará como herencia para generaciones que quizá nunca entiendan por qué viven en malas condiciones ni por qué trabajan como bueyes para saldar una deuda de la que no recibieron beneficio alguno. Ese Estado, carcomido por un clientelismo voraz, ha terminado normalizando la desviación de las cosas y la forma correcta de ejecutarlas.
Por todo eso decimos que hemos sido utilizados, desde hace siglos, por seres endiabladamente perversos: los mismos que se han encargado de hacer escribir la historia según lo que sus poderes o sus fortunas han podido imponer, aunque esta última dependa de la primera.
Esto ocurre porque quienes escriben la historia, si solo escuchan una campana o reciben determinadas opiniones, dejan de escribir historia y comienzan a fabricar cuentos, fábulas o mitos. En ese caso, el relato termina hecho a conveniencia tanto de quien escribe como de quien paga. ¡Sí, señor!
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