La conversación pública contemporánea circula con intensidad, pero con escasa profundidad. Se desplaza rápido, se enciende con facilidad y se apaga sin dejar huella. No se trata de desinterés ni de frivolidad social, sino del resultado de una forma específica de organización de la atención colectiva. En un entorno saturado de estímulos, lo que logra imponerse no es necesariamente lo más relevante, sino aquello que provoca una reacción inmediata. La esfera pública, así configurada, tiende a privilegiar episodios sobre procesos, escenas fragmentadas antes que trayectorias y gestos que, poco a poco, sustituyen a las estructuras.

En ese marco, ciertos fenómenos marginales adquieren una visibilidad desproporcionada. No porque expresen el núcleo de los problemas sociales, sino porque condensan rasgos altamente compatibles con el régimen comunicacional dominante. Son llamativos, disruptivos, fáciles de consumir y rápidos de juzgar. Activan sorpresa, incomodidad o indignación sin exigir contexto ni análisis sostenido. Su importancia no reside tanto en lo que representan como en la función que cumplen dentro de una conversación pública cada vez más orientada a la reacción que a la comprensión.

Es en este punto donde algunos fenómenos culturales se vuelven especialmente elocuentes. No por su peso social, que suele ser limitado, sino por su capacidad de operar como condensadores de atención. Funcionan como objetos simbólicos que concentran mirada, emoción y juicio en lapsos breves, facilitan tomas de posición inmediatas y respuestas afectivas claras, y reducen la complejidad del mundo a escenas fácilmente compartibles. Frente a debates estructurales que requieren tiempo, información y paciencia, ofrecen narrativas cerradas que se agotan en sí mismas.

Este desplazamiento no ocurre por ingenuidad ni por manipulación directa. Ocurre porque la atención humana no se distribuye de manera neutra. Aquello que provoca activación emocional tiende a ocupar el primer plano de la conciencia y desplaza información que exige esfuerzo sostenido, incluso cuando esta última resulta más decisiva para la vida material de las personas. Lejos de actuar como una distorsión externa del juicio, la emoción organiza internamente las relevancias y orienta qué merece atención inmediata y qué puede esperar.

En contextos marcados por incertidumbre persistente, fragilidad institucional y presión cotidiana, esta dinámica se intensifica. La capacidad de proyectar a largo plazo se debilita por sobrecarga y la atención se vuelve más reactiva, menos dispuesta a sostener procesos complejos. La conversación pública adopta entonces un ritmo acelerado, en el que la respuesta inmediata se impone sobre la evaluación paciente y la continuidad se vuelve difícil de mantener.

Desde la experiencia subjetiva, el mundo comienza a presentarse como una sucesión de acontecimientos intensos y breves, más que como una trama de procesos. Cada controversia se vive como urgente mientras dura y como irrelevante cuando es reemplazada. El tiempo se fragmenta y la memoria colectiva se vuelve frágil. No hay cinismo ni mala fe en este movimiento. Hay una sensación de arrastre, una vivencia persistente de estar reaccionando a algo que irrumpe con fuerza, sin espacio suficiente para la elaboración.

En este escenario, ciertos fenómenos culturales funcionan como superficies de proyección particularmente eficaces. No porque alguien los diseñe deliberadamente como distracción, sino porque encajan con precisión en un sistema que premia la excitación breve y penaliza la complejidad sostenida. Son lo suficientemente extraños para captar atención, lo suficientemente simples para circular sin mediación y lo suficientemente inocuos para no exigir transformaciones institucionales. No alteran estructuras, pero sí operan como episodios intensos dentro de una narrativa pública que carece de continuidad.

En la República Dominicana, este patrón resulta reconocible sin necesidad de señalar casos concretos. Debates estructurales sobre reformas, gestión pública o responsabilidades institucionales emergen, ocupan momentáneamente el centro y luego se diluyen en una sucesión de controversias virales que absorben energía emocional sin producir sedimentación. La participación es alta, la reacción es intensa y el agotamiento llega rápido. El problema no es la apatía, sino la dificultad para sostener la atención más allá del ciclo estímulo-respuesta.

Esta dinámica tiene consecuencias claras. La información se consume, pero rara vez se integra. Sin repetición, sin continuidad y sin anclaje temporal, no hay consolidación de memoria ni aprendizaje colectivo. En la esfera pública, esto implica que sin persistencia atencional no hay transformación posible. La emoción se expresa, pero no se traduce en cambio estructural, y la conciencia se activa sin llegar a organizarse.

Es en este punto, cuando el mecanismo ya resulta visible, donde algunos ejemplos concretos permiten reconocerlo con mayor nitidez. Fenómenos culturales recientes, de alcance limitado pero alta capacidad de activación emocional, han funcionado como verdaderos condensadores de atención. Entre ellos, el therianismo no aparece como una rareza cultural que deba ser ridiculizada ni como una identidad que deba ser validada o refutada, sino como un caso ilustrativo de cómo ciertos objetos simbólicos concentran mirada, emoción y juicio en lapsos breves. Su rendimiento simbólico es alto porque permite una toma de posición instantánea, habilita respuestas afectivas claras y reduce la complejidad del mundo a una escena fácilmente compartible. Frente a debates estructurales que requieren tiempo, información y paciencia, ofrece una narrativa cerrada que se agota en sí misma.

Reducir este tipo de fenómenos a una discusión identitaria o clínica resulta, por ello, insuficiente. No se trata de evaluar la legitimidad de experiencias subjetivas ni de convertirlas en chivo expiatorio. Se trata de reconocer que funcionan como indicadores de una esfera pública vulnerable a la sustitución cognitiva, donde lo anecdótico puede desplazar a lo decisivo sin resistencia significativa. No son la causa del problema, sino uno de sus reflejos más nítidos.

La cuestión de fondo no es qué tema ocupa la agenda en un momento dado, sino cómo se organiza la atención compartida y qué condiciones permiten que esa atención se convierta en comprensión, memoria y acción sostenida. Recuperar esa capacidad no exige exaltación moral ni retórica acusatoria. Exige reconocer los límites de nuestra atención, diseñar conversaciones públicas menos dependientes del impacto inmediato y más orientadas a la continuidad, y aceptar que pensar cansa más que reaccionar, aunque sea justamente ese esfuerzo el que permite transformar más que la simple indignación.

Leído con esta lente, el therianismo no aparece como una amenaza ni como un síntoma alarmante. Aparece como un indicador sutil, un punto donde se vuelve visible la fragilidad de nuestra atención común y la facilidad con la que puede ser desplazada sin coerción ni ocultamiento. No dice tanto sobre aquello que miramos, sino sobre la dificultad creciente de sostener la mirada. Comprenderlo conduce, entonces, a una exigencia más sobria y más difícil. Recuperar la capacidad de permanecer, de seguir procesos y de mirar con paciencia aquello que, precisamente por no ser espectacular, resulta decisivo.

Referencias

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Pedro Ramírez Slaibe

Médico

Dr. Pedro Ramírez Slaibe Médico Especialista en Medicina Familiar y en Gerencia de Servicios de Salud, docente, consultor en salud y seguridad social y en evaluación de tecnologías sanitarias.

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