"El ser humano moderno es, por tanto, la consecuencia de una vida enferma, débil y despreciable". —Friedrich Nietzsche—.
He visto con horror, como la mayoría de los que hemos tenido acceso a la cacería de la que fuese objeto Deivi Carlos Abreu, quien se desempeñaba como conductor de un camión recolector de desechos en la Hidalga de los Treinta Caballeros. Dejó esta tierra frente a la mirada inmisericorde del ojo reproductor de imágenes de un smartphone. Sentí su miedo, su angustia y desesperación, quizá rabia o compasión, mientras luchaba sin ayuda por una oportunidad, que la vida y los que fueron testigos de su deceso no les hicieron posible.
Llevo un largo camino recorrido, tratando sin que nadie escuche mi ruego, de hacer llegar a los poderes legalmente establecidos, un mensaje que se diluye en el espacio mientras ellos navegan irresponsablemente en las turbias aguas de las "redes sociales" y al costado… la agonía de una generación de compatriotas presos del desorden promovido como regla en una sociedad permisiva y evasiva. Una que, devorando como gusanos las normas sociales, se pierden entre los views y los likes de las plataformas por donde corre como agua el pus y se esparce sin control la carroña.
Este hecho, alarmante, es el contraste resultante de un conjunto ciudadano que valida, "a-sigún", eventos de igual trascendencia, pero ignora la colateralidad derivada de la expansión de la viralidad virtual como elemento vinculante entre la violencia expuesta en las redes sociales y la materialización de la misma frente a la oportunidad que supone la consumación del odio acumulado, al coincidir la coyuntura y la conducta instalada por vía del veneno sistémico, vertido como cianuro en las comunidades digitales.
Deivi, quien deja en las garras de la miseria cinco hijos, ya había perecido mucho antes de la desgarradora tragedia que enluta a quienes le sobreviven. Como él, deambulan por las arterias de la vulgaridad creativa los destinos de cientos de personas que deben pagar el costo de la dejadez del Estado, que aparta la vista y esconde la cara, por miedo a la presión que ejercen los nuevos paradigmas de la cultura de rapiña que moldea nuestra juventud y transgrede los límites de la convivencia.
Con esa misma quietud, ha permitido la instalación de un modelo comunicacional cuyos lazos con la obtención de los dividendos que generan la utilidad neta como resultado final de las transacciones comerciales con: "…es el todo está permitido". Íntimamente vinculado a la difamación e injuria, el insulto, la degradación discursiva, la exaltación de lo soez, la normalización de lo prosaico y la intimidación como arma frente al derecho a la justa defensa de la víctima. Un eje transversal al comportamiento social y al modelo de conducta actual de los dominicanos.
La muerte de Deivi no responde a un simple hecho violento o al fragor de una discusión que concluye como muchas, en tragedia. Este hecho enfrenta al Estado con dos variables sociales: el auge del influencerismo promotor del mediatismo monetizado, que degrada las normas de convivencia con la excusa execrable de la libre expresión. Y, la escasa vigilancia desde las instituciones públicas destinadas al control como herramienta vital del espacio común, que dejan en manos del nuevo arquetipo la reconfiguración de la cultura como dominio de las ideas y el reduccionismo del pensamiento crítico.
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