En mi casa había un espejo que perteneció a mi padre. Después de su muerte, mi hija menor lo conservó como recuerdo de su abuelo. Era un espejo sencillo, colgado de un clavo con una tira negra. Cualquiera podía verlo como un objeto antiguo. Para ella era otra cosa. Le hablaba de unas manos conocidas, de una presencia que ya no estaba físicamente y de una parte de su propia historia.
Con el tiempo, el espejo pareció ir mudándose dentro de la casa. No recuerdo cuándo dejó la pared ni cómo terminó sobre una cama, en la habitación que usamos para trabajar. Un día lo encontré allí y lo coloqué sobre unos libros, cerca de la computadora. Había también una pequeña pizarra apoyada en el mismo lugar. El movimiento del teclado fue desplazando todo muy lentamente, sin llamar mi atención, hasta que el espejo y la pizarra cayeron. El golpe despertó a mi esposa. Cuando miré al suelo, vi el cristal hecho pedazos.
Me quedé inmóvil por unos segundos. Su valor no estaba en el cristal ni en la tira negra que lo sostenía, sino en la historia que mi hija reconocía cada vez que lo miraba. Por eso me dolió de una manera distinta.
Los espejos rotos arrastran supersticiones antiguas. Todavía hay quienes los relacionan con la mala suerte o con una desgracia por venir. Quizás por haber escuchado esas historias desde niño, sentí por un instante una inquietud difícil de explicar. Fue apenas un sobresalto, pero estuvo ahí.
Entonces acudí a mi fe, como hago cuando necesito poner en orden lo que siento. La Biblia no atribuye a los objetos el poder de dirigir nuestra vida. El Salmo 115 habla de cosas fabricadas por manos humanas que tienen ojos y no ven, oídos y no oyen. Un espejo, con el cristal intacto o hecho pedazos, no conoce el futuro. Tampoco puede alterar los designios del Creador.
Eso no quiere decir que una experiencia cotidiana no pueda enseñarnos algo. La fe también nos ayuda a encontrar sentido en lo que vivimos, pero no debemos convertir cada accidente en una amenaza escondida. Aquella caída tenía una explicación muy sencilla. Lo que pedía de mí no era temor, sino sensibilidad ante lo que ese espejo representaba para mi hija.
El cristal se había hecho pedazos. La memoria de mi padre seguía intacta.
Algunos objetos cambian con los años. Un día sirven para lo que fueron hechos y, sin que sepamos exactamente cuándo, comienzan a guardar recuerdos. Una taza deja de ser solo una taza cuando perteneció a la madre que ya no está. Lo mismo ocurre con una Biblia anotada, una fotografía gastada o una herramienta que alguien usó durante toda su vida. Su precio importa poco. La familia ve en ellos una huella.
En muchas casas se conservan cosas así. A veces pasan años dentro de una gaveta hasta que alguien pregunta de quién eran. Entonces aparece una historia. Los mayores recuerdan; los jóvenes escuchan algo que no vivieron. De esa manera, un objeto modesto ayuda a enlazar dos generaciones.
Pero el objeto no cuenta la historia por sí solo. Alguien tiene que sentarse y hablar. Tiene que decir quién fue el abuelo, cómo trataba a la gente, qué amaba y qué aprendimos de él. También conviene hablar de sus limitaciones. Recordar con amor no exige convertir en personas perfectas a quienes ya no están.
Ahora comprendo mejor por qué duele tanto perder una pertenencia heredada. La razón sabe que la persona amada no vive dentro de una cosa. El corazón, sin embargo, reconoce allí algo familiar. Cuando esa señal visible desaparece, la pérdida antigua vuelve a tocarnos. Eso no es falta de fe. Es parte del duelo.
Jesús lloró frente a la tumba de Lázaro. Juan lo dice en un versículo muy breve, pero suficiente para recordarnos que el dolor no es una vergüenza espiritual. La esperanza cristiana no obliga a fingir indiferencia. Nos permite llorar y, al mismo tiempo, confiar en que nada puede separarnos del amor de Dios, como afirma Romanos 8:38-39.
Mi hija no conservaba aquel espejo porque necesitara verse en él. Lo hacía porque allí encontraba un recuerdo de su abuelo. Decirle que bastaba colocar otro cristal habría sido responder a la función del objeto y no a la pérdida. Un cristal nuevo volvería a reflejar su rostro, pero no tendría la historia del que perteneció a su abuelo.
Todavía podemos reunir los fragmentos y llevarlos a un vidriero. Tal vez, después de examinarlos, encuentre una parte que pueda recortar y pulir para hacer un espejo más pequeño. No sabemos si será posible, pero vale la pena intentarlo. Aunque pierda tamaño, conservaría algo del espejo que perteneció a su abuelo. Y si no puede restaurarse, buscaremos con mi hija otra manera de guardar uno de sus fragmentos y la historia que lleva consigo.
La memoria familiar necesita más que objetos. Deuteronomio 6:6-7 habla de repetir a los hijos las palabras recibidas y hacerlas presentes en la vida diaria. Allí la memoria es una responsabilidad. Lo heredado permanece cuando se cuenta, se enseña y se encarna. Si la historia queda encerrada en una pieza antigua, corre el riesgo de desaparecer con ella.
Aquella caída terminó dejándome una pregunta: ¿qué quedará de nosotros en la memoria de nuestros hijos? Quizás conserven una fotografía, una carta o alguna pertenencia pequeña. Pero esas cosas solo tendrán sentido si los remiten a una vida que los amó y les dejó algo bueno para continuar.
También aprendí que debemos preguntar antes de mover o desechar ciertos objetos de la casa. Lo que para mí parece común puede guardar un mundo para otra persona. Cada miembro de la familia recuerda a su manera, y esa diferencia merece respeto.
Mientras recogía con cuidado los pedazos de cristal, miré de nuevo aquel lugar vacío. El espejo ya no podía devolver ningún rostro. Sin embargo, mi padre seguía presente en lo que enseñó, en las historias que contamos y en el amor de su nieta. Nada de eso cayó al suelo.
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