Cada vez que un político, un comentarista o un vocero de los sectores más conservadores utiliza la expresión “inmigrantes ilegales”, no está describiendo una realidad jurídica; está reproduciendo un lenguaje cargado de desprecio, diseñado para criminalizar a millones de personas cuyo único “delito” ha sido cruzar una frontera en busca de trabajo, seguridad o una vida digna.

Las personas no son ilegales. Ningún ser humano puede ser ilegal.

En el ámbito migratorio existen inmigrantes documentados e inmigrantes indocumentados. La diferencia radica en la posesión o ausencia de determinados documentos exigidos por un Estado. La condición administrativa de una persona no puede convertirse en una categoría moral que justifique la discriminación, el odio o la exclusión.

Sin embargo, los sectores elitistas y xenófobos han impuesto deliberadamente el término “ilegal” porque saben que las palabras construyen percepciones. Cuando llaman “ilegales” a los inmigrantes buscan asociarlos con la delincuencia, la amenaza y el peligro. Es una operación ideológica destinada a deshumanizar a quienes producen riqueza con su trabajo en los campos, las fábricas, la construcción, los restaurantes y los servicios que sostienen gran parte de la economía estadounidense.

La hipocresía es aún más evidente cuando se observa la historia. Muchos de los territorios que hoy forman parte de Estados Unidos pertenecieron durante siglos a pueblos indígenas, a México y a otras comunidades que habitaban esas tierras mucho antes de la expansión territorial estadounidense. ¿Cómo puede llamarse “ilegal” a quienes tienen raíces históricas, culturales y familiares anteriores a muchas de las fronteras actuales?

Las fronteras cambiaron.  Los pueblos permanecieron.

Cuando un descendiente de mexicanos vive en Texas, California, Arizona o Nuevo México, habita territorios que durante generaciones estuvieron vinculados a la cultura y historia mexicana. Cuando los pueblos originarios cruzan líneas trazadas por gobiernos, no están invadiendo tierras ajenas; muchas veces están transitando por espacios que sus antepasados recorrieron mucho antes de que existieran los Estados Unidos.

Por eso la lucha por los derechos de los inmigrantes no es simplemente una batalla administrativa. Es una lucha por la dignidad humana. Es una lucha contra la criminalización de la pobreza. Es una lucha contra quienes pretenden dividir a los trabajadores entre “nativos” y “extranjeros” para ocultar las verdaderas desigualdades producidas por un sistema económico que concentra la riqueza en pocas manos.

La historia de Estados Unidos está escrita por generaciones de inmigrantes. Irlandeses, italianos, judíos, chinos, latinoamericanos, africanos, árabes y asiáticos que han contribuido con su trabajo, su cultura y sus sacrificios a construir la nación. Pretender ahora que millones de seres humanos son “ilegales” constituye una negación de esa propia historia.

Frente a la retórica del odio debemos responder con firmeza: no existen inmigrantes ilegales. Existen seres humanos con derechos inalienables. Existen trabajadores que merecen respeto. Existen familias que buscan oportunidades. Existen pueblos que reclaman justicia.

Y mientras haya quienes intenten reducir a hombre, mujeres y niños a la condición de “ilegales”, habrá también quienes levanten la voz para recordar una verdad elemental: la dignidad humana no necesita pasaporte para existir.

Julio Disla

Escritor y militante

Julio Disla: el militante de la palabra, el poeta del pensamiento crítico. Voy por la vida con una pluma que combate, un teclado que documenta y una mirada que no se conforma con lo superficial. Soy el arquitecto de textos que cuestionan al capital, al racismo, a los muros — y a toda forma de dominación que intente maquillar su rostro con promesas democráticas. He hecho del ensayo un arma, del artículo un escenario de lucha, y del poema una bandera. Cuando escribo, se siente la influencia de Marx, la voz serena pero firme de José Pepe Mujica, el reclamo por justicia social, y la pedagogía que busca educar a otros con ideas y datos. Fundador de utopías posibles, intento rehacer la historia desde la izquierda que se reinventa, que no teme nombrar el neoliberalismo por su nombre, y que encuentra en cada injusticia una oportunidad para escribir, denunciar, proponer. Lo técnico y lo emotivo coexisten en mi estilo como militante de una misma causa. Soy, sin duda, un constructor de puentes entre la teoría y la calle.

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