Tercera y última entrega sobre las condiciones sociales del neopopulismo, Alofoque y las amenazas a la democracia dominicana. En la primera entrega examinamos los supuestos teóricos del neopopulismo de derecha radical en América Latina y, en la segunda, las condiciones sociales de su desarrollo, tomando como ejemplos los casos de Argentina, El Salvador y Colombia, cuyos liderazgos y discursos emergieron de crisis estructurales y escándalos políticos muy distintos entre sí.

En esta tercera entrega, concluimos destacando tres ideas principales: primero, que el neopopulismo no es una esencia, sino un tipo ideal que se manifiesta a partir de diferentes rasgos, según el contexto espacio-temporal. Segundo, que las amenazas neopopulistas a la democracia dominicana no dependen de una réplica mecánica de los casos latinoamericanos como han señalados algunos, sino de condiciones históricas, estructurales y culturales propias del país; y tercero, que la creciente popularidad mediática de Alofoke es un síntoma, un signo del malestar de la sociedad, pero no constituye, hasta ahora, una amenaza neopopulista para la democracia dominicana.

Rasgos del nuevo populismo latinoamericano

A diferencia del populismo clásico de mediados del siglo XX (Perón, Vargas), el nuevo populismo latinoamericano presenta cuatro rasgos distintivos: primero, un vínculo directo entre el líder y "el pueblo", sostenido por el discurso mesiánico del pueblo-víctima y el líder-salvador; segundo, una estrategia discursiva mediática a través del uso intensivo de plataformas digitales como Twitter/X, TikTok, Facebook y WhatsApp, cuya función es producir euforia, jubilo, exaltación y conectar con las masas; tercero, una ruptura frente al establishment político: "la casta", "la partidocracia", "las élites corruptas", construyendo un otro como enemigo y, cuarto, un liderazgo mediático, basado en la confrontación y los insultos que radicalizan las diferencias entre amigos/enemigos.

Las amenazas neopopulistas a la democracia dominicana

En sociedades complejas como la nuestra, el error más común al comparar procesos políticos es asumir que las mismas condiciones sociales —inflación económica, desconfianza democrática, deterioro institucional, polarización cultural— producen los mismos resultados en cualquier contexto. Los tres casos revisados muestran, por el contrario, que cada movimiento neopopulista capitalizó una crisis distinta: Milei emergió de una hiperinflación superior al 140% anual y un empobrecimiento generalizado; Bukele, de un colapso de la seguridad con tasas de homicidio comparables a zonas de guerra y un bipartidismo desprestigiado por décadas; y De la Espriella, de una combinación de desgaste fiscal, expansión de grupos armados ilegales y polarización ideológica entre derecha e izquierda.

Ninguna de estas condiciones extremas está presente en la República Dominicana de hoy. Pese a las denuncias de las grandes deficiencias de la inversión pública, la inflación, el déficit de desarrollo humano y la enorme desigualdad social, la economía dominicana apuntalada por la remesa, la industria turística, la zona franca y el auge de los servicios, acumula más de tres décadas con un crecimiento promedio de entre 4.5% y 5% anual, por encima del promedio regional.

Desde mediados de los noventa, a pesar de los escándalos políticos de corrupción, los privilegios de la clase política, la división de los partidos, la abstención electoral y los déficits de confianza en la Junta Central Electoral, en el país, por varias razones, se ha consolidado una democracia representativa que ha garantizado la sucesión electoral y la reproducción del sistema de partidos tradicional.

Sin embargo, hay que reconocer que la democracia dominicana enfrenta también dos problemas susceptibles de ser capitalizados por la política neopopulista. El primero es la pérdida de capital social: el auge de un individualismo utilitarista de una clase media meritocrática que solo se moviliza por dinero, junto con el deterioro de la capacidad cívica de asociación y movilización de la ciudadanía, relacionado con el clientelismo de los partidos políticos.

El segundo es, el predominio de una cultura mediática —producto de la revolución de la comunicación, internet, las plataformas digitales y la inteligencia artificial— que organiza sistemáticamente la confrontación y la polarización ideológica, mediante una deliberada política de descrédito, mentiras, odios y miedos hacia quienes se identifican con los valores progresistas de la Ilustración, la igualdad, el multiculturalismo, los derechos humanos y la democracia liberal.

En este contexto de individualización, de pérdida de capital social y polarización cultural de la sociedad dominicana, la tentación neopopulista adquiere sentido como un llamado identitario a la tribu, a la reconfiguración del nacionalismo como comunitarismo, de un imaginario del nosotros frente a los otros: los extraños, los extranjeros, que se presentan como los culpables y enemigos.

El fenómeno Alofoke: un outsider mediático sin trayectoria política

Por tanto, conviene detenerse en el personaje de Santiago Matías, conocido como Alofoke. Su trayectoria es la de un empresario mediático: en 2006 fundó el conglomerado Alofoke Music Group, dedicado a la música urbana latina, y desde entonces ha construido un sistema de radio, streaming y producción de contenidos con notable arraigo en la cultura urbana de los sectores populares.

Algunos analistas dominicanos han comparado a Alofoke con Milei, Bukele y De la Espriella como parte del hartazgo de la población con la clase política convencional, como una ola de figuras que llegaron a la política sin vínculos con estructuras partidarias tradicionales ni experiencia política previa. Otros, lo relacionan -de forma unidimensional- con el protagonismo de Trump en la región. Como también, como un síntoma, un signo, del "populismo mediático en el país", donde —como advirtieron Debord, Baudrillard y Habermas— la discusión racional y deliberativa en la esfera pública ha sido sustituida por la lógica estética del entretenimiento, la diversión, la simulación y el performer, propio del mundo del espectáculo.

Ciertamente, la popularidad de Alofoque está relacionada con la cultura mediática y el mundo del espectáculo, sin embargo, es necesario distinguir dos cosas: una es la degradación de la calidad deliberativa de la política como consecuencia del auge del “populismo mediático” —un fenómeno mundial— y otras son, las condiciones sociales que hagan posible su reconocimiento como líder político.

En ese sentido, hasta el momento no hay evidencia de que Alofoke pueda articular una oferta política que logre el reconocimiento del “pueblo”, “las masas” o los sectores populares. Su proyecto político, asumiendo que existe, se ha limitado a performers mediáticos y una retórica de enfrentamientos, disputas y diatribas contra sus supuestos adversarios y enemigos políticos.

Por tanto, todavía está por verse si Alofoke será capaz de convertir su capital mediático en capital político, si podrá realizar el “crossover”, la transición, del campo mediático del espectáculo, a las luchas de intereses, de negociación y compromisos propias del campo político.

Wilson Castillo

Sociólogo, profesor.

Wilson Castillo es un sociólogo dominicano, investigador y docente universitario, reconocido por sus aportes al estudio de la sociedad dominicana, particularmente en las áreas de teoría social, sociología política, cultural y, su impacto en la juventud dominicana. Es egresado de la Escuela de Sociología de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), institución en la que también ha desarrollado una destacada trayectoria como profesor e investigador.

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