En las últimas semanas, la agenda de la opinión pública dominicana ha estado dominada por la declaración de intenciones de Santiago Matías, un outsider del sistema de partidos e influencer de las redes digitales —mejor conocido como "Alofoke"—, de presentarse como candidato presidencial en las elecciones de 2028.

Como era de esperarse, no tardó en surgir una diversidad de opiniones: para algunos resultaba una aberración; para otros, una locura y un signo del deterioro moral e institucional de la sociedad dominicana. Sin embargo, en la mayoría de los casos se entiende que el fenómeno está relacionado con el aumento de la brecha social y el desencanto político de la juventud dominicana, y que el incremento de la popularidad política —real o virtual— de Alofoke es una expresión tanto de la desconfianza hacia la democracia neoliberal dominicana como de la manipulación política impulsada por las plataformas digitales.

Sin dejar de reconocer la importancia de esas variables y el sentido y la pertinencia de las diversas interpretaciones, sostendremos varias conjeturas. Primera, que el fenómeno Alofoke —es decir, la creciente popularidad mediática de un influencer en la política dominicana— no se produce en el vacío, sino que está relacionado con el auge del neopopulismo como consecuencia del malestar de la democracia neoliberal en la región y en la República Dominicana.

Segunda, que el fenómeno Alofoke no se puede interpretar desde una perspectiva moral de una sociedad buena y justa o de la ciencia política tradicional —es decir, desde la decisión racional, contractualista e institucionalista—, sino desde una perspectiva posracional o posmoderna. Y tercera conjetura, para un próximo artículo: que las experiencias de neopopulismo en América Latina no son homogéneas, sino diversas y diferenciadas. Por tanto, no podemos generalizar ni meter en el mismo cajón al caso dominicano, porque son países con historia, tradiciones y contextos sociopolíticos diferenciados.

En ese sentido, en esta primera entrega proponemos, en primer lugar, un acercamiento a la definición y la lógica del neopopulismo —o el populismo contemporáneo— a partir de la sociología posmoderna de las emociones, la identidad y la influencia de la cultura mediática.

Qué es el neopopulismo

Sin lugar a dudas, el neopopulismo ha pasado a constituirse como el fenómeno político más relevante de las últimas décadas. Se caracteriza por la representación del pueblo en oposición a las élites y la oligarquía. Sin embargo, el populismo tiene una larga historia. Sus orígenes se remontan a la Rusia de 1870-1880, en un movimiento intelectual y de clase media, crítico de la modernidad, que veía en el campesinado al sujeto de salvación de la sociedad.

En el siglo XIX, se desarrolla en Estados Unidos el Partido del Pueblo, partidario de las luchas del pueblo contra los capitalistas y hacendados. En Francia, en los años treinta del siglo XX, surge como un movimiento literario. Y particularmente en América Latina, a mediados del siglo XX, se manifiesta con experiencias políticas como las de Gaitán en Colombia y Perón en Argentina, caracterizadas por la capacidad de movilizar al pueblo y a los trabajadores en oposición al poder de la élite empresarial y la oligarquía latifundista.

Sin embargo, hay que destacar que el populismo —como movimiento, ideología y discurso— no es homogéneo, sino que se presenta de forma diferenciada. Es un tipo ideal, capaz de adaptarse al contexto, la época y las condiciones específicas de cada sociedad. En ese sentido, hablamos de neopopulismo para referirnos a esta forma política autoritaria, no democrática, que emerge específicamente en el contexto del descontento de la democracia neoliberal contemporánea.

La lógica del neopopulismo

El neopopulismo —de extrema izquierda o de extrema derecha— puede entenderse en tres instancias: como movimiento social, como forma de liderazgo y como discurso político que moviliza a la sociedad a partir del significante "pueblo", entendido como una categoría política abstracta que representa el interés general. En ese sentido, se establece una estrecha relación entre el movimiento, el discurso, el líder y la representación legítima del pueblo como actor político. El líder es el pueblo, representa al pueblo y habla en nombre del pueblo.

De manera que el nuevo discurso neopopulista moviliza al "pueblo", a los sectores populares y a la clase media, a partir de los sentimientos de pertenencia a la identidad nacional, en oposición al peligro que representan las élites, los extranjeros y las ideologías progresistas que —según ese discurso— destruyen su identidad y sus creencias religiosas y morales tradicionales.

De esta forma, el discurso neopopulista no convoca la racionalidad —la crítica, la reflexividad individual y el reconocimiento de los otros: el extraño, el extranjero, la sociedad civil, el empresariado como interlocutor válido—, sino todo lo contrario: apela al fanatismo de las pasiones y la identidad tribal. No busca dar respuestas racionales y consensuadas a los problemas sociales del presente y del futuro, sino que responde a las crisis y debilidades constitutivas de la democracia neoliberal, mirando siempre hacia atrás: hacia la restauración del mito o la comunidad "perdida", mediante el autoritarismo, el nacionalismo, el conservadurismo y el antagonismo entre amigos/enemigos, bueno/malo, élite/pueblo.

En ese sentido, el neopopulismo, desde la perspectiva de la sociología posmoderna francesa, puede interpretarse como parte de la transfiguración que ha experimentado la política contemporánea (M. Maffesoli). Lo que actualmente está movilizando a la población, a las multitudes, a las masas y a los grupos sociales populares no son los discursos oficiales y racionales, ni los datos sobre el crecimiento macroeconómico del PIB, sino los discursos mediáticos que impactan la vida cotidiana y apelan a la subjetividad (M. Foucault), a la seducción (J. Baudrillard), al deseo (Guattari), al consumo (G. Lipovetsky), la diversión y el espectáculo en los grupos sociales (G. Debord).

El líder neopopulista no propone un programa político, porque no busca persuadir racionalmente a sus seguidores: busca seducir, manipular, mediante imágenes, gestos, performer, irreverencia calculada frente a las élites políticas tradicionales: el insulto directo, la ruptura de protocolo, la búsqueda de culpables, y construir un enemigo, porque eso le permite abandonar los argumentos que demanda un discurso racional.

El discurso y el líder neopopulista apelan a las emociones de miedo hacia el extranjero, a la inseguridad ciudadana y al deterioro moral e institucional para movilizar a la población, en particular a la clase media baja y a los sectores populares, y se presentan a sí mismos como los representantes del pueblo y su "salvador". Construyen un imaginario del "pueblo-uno", un significante ideológico "flotante" o "vacío" —según la categoría de Ernesto Laclau— que borra la diversidad de las clases sociales, el género, la generación, las etnias y la complejidad de la sociedad. Ahí radica el éxito del movimiento, el líder y el discurso neopopulista en la región latinoamericana, como trataremos en el próximo artículo.

Wilson Castillo

Sociólogo, profesor.

Wilson Castillo es un sociólogo dominicano, investigador y docente universitario, reconocido por sus aportes al estudio de la sociedad dominicana, particularmente en las áreas de teoría social, sociología política, cultural y, su impacto en la juventud dominicana. Es egresado de la Escuela de Sociología de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), institución en la que también ha desarrollado una destacada trayectoria como profesor e investigador.

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