Con el paso del tiempo y la cantidad de mujeres sobrevivientes de violencia atendidas, la experiencia de las profesionales es que “cuando hemos escuchado un caso, ya los hemos escuchado todos”. Es una frase que suelo decir y esto tiene sentido por la base estructural de las violencias que vivimos las mujeres. Es esperable la repetición sabiendo, como ya lo sabemos, que se aprende en la cultura, que el marco social lo repite una y otra vez, que con el paso del tiempo solo se van actualizando, renovando y adquiriendo nuevas formas de acuerdo a las características sociales, educativas o económicas de quien la ejerce y quien la sufre. 

Cuando leemos, estudiamos o cuando nos enteramos por las noticias o por redes sociales de casos de mujeres de otros países y continentes, comprobamos una vez más que los mecanismos de control, de manipulación y el enfoque en debilitar y minar la autoestima de las mujeres se repite en todas las latitudes. De igual modo la respuesta general de las mujeres con pocas variantes, nos reitera que tanto hombres como mujeres somos entrenados en la cultura, en las escuelas, las iglesias, los clubes sociales, las universidades, en fin, en la vida para dar la respuesta esperada. Si una mujer osa denunciar o hacer pública la violencia que vive, solo basta ver las respuestas de las personas de la cultura, mujeres y hombres para observar claramente este entrenamiento social macro que recibimos desde tiempos inmemoriales hasta hoy.

Frente a la falta de políticas públicas que detengan estas respuestas; sistemas de justicia frágiles que desgastan a las mujeres y favorecen a los agresores; falta de oportunidades de desarrollo y sobrecarga de cuidados y responsabilidades familiares impuestas a las mujeres, es poca la probabilidad de que este espiral de reproducción de violencia se detenga.

Lo que vivimos cada día en el Centro de Atención a Sobrevivientes de Violencia es que en general, frente a esta similitud de la expresión de la violencia, lo que diferencia a un caso de otro son las condiciones y características del contexto de la mujer que está siendo violentada: si cuenta o no con apoyo familiar, si tiene un trabajo, acceso a la educación de sus hijos e hijas por un lado, y por otro, sus fortalezas personales, que será los que hará la diferencia. 

En este aspecto quiero detenerme, pues lo que termina salvando a las mujeres es su propia capacidad de enfrentar todo lo que se le viene encima. La posibilidad que tenga de, dolorosamente y en total abandono, seguir adelante, lo cual continua reforzando la glorificación del esfuerzo y el sacrificio que termina deteriorando su salud física, mental y emocional, colocándola en el papel de super heroína, o el gastado término de “guerrera” que la esclaviza igual y completa el circulo de lo que se espera de nosotras las mujeres en todo lo que tiene que ver con la familia, las relaciones y los hijos e hijas. 

La verdad es que no tendría que implicar que a ella se le vaya la vida por defenderse de un delito, por librarse de la muerte, por el derecho inalienable de vivir en paz, pero así pasa en la realidad para la mayoría de las mujeres.

Es por esto que los espacios que ofrecen acompañamiento a las mujeres que viven violencia requieren de una amplitud, igual a la dimensión de como la violencia les cambia la vida. Nosotras mismas que tenemos un modelo de atención integral hay casos en que nos quedamos cortas y con la ilusión de abarcar más, pues la violencia viene a unirse a las condiciones precarias que ya tenía la mujer y su familia en la mayoría de los casos. 

Cuando se trata de mujeres con educación y recursos económicos, la violencia es tan cruda que las deja muertas en vida, de manera que a las mujeres pobres se les asesina y a estas se les roba la posibilidad de renacer y se les confina a una cárcel de oro con barrotes a veces imposibles de saltar.

De manera que, con el paso del tiempo lo que penosamente comprobamos es que como país no estamos haciendo lo que corresponde para cambiar esta realidad que cada año nos arrebata la vida de cientos de mujeres. El trabajo no es solo contarlas y lamentarnos, nada se transformará mientras no asumamos la responsabilidad de cambiar la cultura a través de la educación; fortalecer el sistema de justicia con voluntad política e inversión económica; que el estado se haga cargo de cada mujer que entre a la ruta crítica al interponer una denuncia y que todas instituciones asuman la parte del pastel que les corresponde en la atención a las mujeres víctimas de violencia y sus familias.

Solange Inmaculada Alvarado Espaillat

Psicóloga y Terapeuta Familiar

Psicóloga y Terapeuta Familiar en su consultorio privado desde 1999. Directora del Centro de Atención a Sobrevivientes de Violencia de la Procuraduría Fiscal del Distrito Nacional. Autora de dos libros para la Procuraduria Fiscal del Distrito Nacional y una publicación personal: “Violencia contra la Mujer, Modelo de Intervención Integral” “Heroínas en Lienzos, Palabras y Sueños” "Guía Práctica para la Familia Actual, de mi consulta y mis vivencias"

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