Con Gaza en el corazón. NO A LA GUERRA

Diariamente miramos todo lo que nos importa y también lo que no es importante para nosotros. Cosas, personas, hechos, situaciones, los movimientos y todo lo que no está en nuestra línea de intereses y preocupaciones lo ignoramos selectivamente.

Toda esa información irrelevante es ignorada y este proceso se realiza diariamente con miles y miles de imágenes y sonidos, es decir, los estímulos constantes de la vida diaria que no son de nuestro interés y que no nos importan.

Vemos diariamente imágenes agradables y otras muy desagradables, casi insoportables.

Porque somos selectivos en la información visual, ¿dónde y bajo qué mecanismo se dirige nuestra atención, nuestro interés? La información seleccionada va siempre relacionada y en función de nuestras necesidades y preocupaciones; el perímetro ocular siempre va a buscar eso que pensamos inconscientemente: si tenemos hambre vemos comida, si tenemos sed vemos imágenes de agua o bebidas refrescantes…, es un mecanismo automático y normalmente no somos conscientes de ello.

Pero la vida está rodeada de ruido visual y con este mecanismo de clasificación cerebral inconsciente va a funcionar como autoprotección toda la información, ya que es imposible de asimilar. Este mecanismo de autoprotección se realiza en el cerebro en el denominado sistema reticular ascendente, que es una estructura con forma de maraña o red neuronal ubicada en el tronco encefálico y que actúa como una especie de enchufe o interruptor principal: es nuestro clasificador biológico. Así es como toda la información a la que estamos expuestos diariamente se clasifica en dos grupos —relevante e irrelevante— en función de nuestros intereses y nuestras necesidades.

Solo el simple ejercicio de pensar en la cantidad de estímulos, colores, imágenes, sonidos, caras, personas, objetos de todo tipo a los que diariamente somos expuestos es realmente una verdadera locura, es una cantidad prácticamente infinita.

Por este motivo, cuando existe un desequilibrio mental o emocional o un estado de fragilidad, la tendencia es aislarnos, dado que la capacidad de nuestro mecanismo selectivo de la información no está funcionando adecuadamente y esto nos hace tener un gran desasosiego, nos potencia el miedo, la ansiedad y normalmente son un detonante del desequilibrio.

La cotidianidad y la vida en general están unidas a los estímulos visuales de cada día y, aunque no lo creas, esto se puede convertir en una amenaza.

Las dos situaciones que son detonantes silenciosas del desequilibrio son lo antagónico al ruido visual y, en otro orden, el vacío: la incertidumbre es terriblemente insoportable para nuestro cerebro.

Hemos planteado dos situaciones totalmente antagónicas que producen desequilibrio y que muchas veces pasan desapercibidas y actúan de forma acumulativa; situaciones que son cotidianas y que actúan como factor de desequilibrio silencioso.

El motivo de esta reflexión: nunca debemos mantenernos al margen, los intereses colectivos y globales siempre van a terminar afectando nuestra vida porque todos estamos, de una u otra manera, conviviendo en un mismo espacio.

El ver y no querer mirar no siempre es posible. No deberíamos ser indiferentes al dolor ajeno porque en algún momento puede ser también nuestro dolor.

Vemos casos que muchas veces no queremos mirar, donde el abandono institucional es un escándalo, donde la justicia y la reparación avanzan de manera tan lenta que prácticamente es una revictimización permanente que se convierte en maltrato. Esto es en nuestro entorno más cercano…

En nuestro mundo lejano, fuera de nuestras fronteras, estamos viendo y mirando a la vez cómo todo lo que se acordó mundialmente sobre códigos éticos y morales de convivencia está siendo cada día pisoteado, masacrado. Podríamos decir que nos encontramos en la era de la incertidumbre más profunda e insoportable.

Donde un poder está permanentemente amenazando con destruir una civilización, y esto lo vemos, pero no queremos mirarlo.

Clara Melanie Zaglul Zaiter

Doctora en Psiquiatría

Resido en Madrid de forma permanente desde 1999. Actualmente trabajo como Médica en la Consejería de Asuntos Sociales y Familia (COMUNIDAD AUTONOMA DE MADRID). Formada como Médica en UNIBE promoción 1996. Doctorada en Psiquiatría por la Universidad Complutense de Madrid 2001. Alumna del Doctor Juan José López Ibor y Juan Coullaut Jáuregui. Desde la Psiquiatría paso al estudio de la Demencia y el Deterioro Cognitivo Precoz. Experiencia profesional en el área de Demencias sector asistencial en grandes dependiente para las actividades básicas de la vida diaria por más de 20 años.

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