Hay maestros que dejan huellas en sus estudiantes, y hay estudiantes que dejan huellas en sus maestros; Adela, para mí, fue una de ellas. Era una de esas jóvenes a las que la vida parecía habérselo dado todo: juventud, belleza, inteligencia y, sobre todo, nobleza. La grandeza de espíritu, la empatía con la que abordaba todas sus relaciones sociales, la generosidad, la lealtad y la discreción fueron valores que ella, a su corta edad, tenía muy claros.
Esas virtudes, que suelen consolidarse, sobre todo en la adultez, ya ella las tenía en plena adolescencia, y las anteponía sobre todas sus ventajas sociales. Fui su maestra desde que Adela tenía 14 años, en octavo grado, hasta sus 18, cuando completó su bachillerato; por ello puedo decir que Adela siempre fue esencialmente Adela.
Poseedora de un sentido crítico bastante incisivo, me parece que, voluntariamente, sobreponía una mirada sensible a la hora de juzgar y de actuar. Nunca fue competitiva; jamás intentó subestimar ni opacar a nadie académicamente.
Los maestros de escuela tenemos frente a nosotros cada mañana a un grupo de jóvenes expuestos a las mismas lecturas y recibiendo las mismas preguntas; la experiencia nos permite saber distinguir a los de respuestas rápidas de los aplicados. Adela pertenecía al primer grupo.
A mí siempre me trató con distinción y respeto, incluso cuando yo incurría en los desatinos propios de una joven maestra en formación. Le agradaba mi materia porque tenía una gran sensibilidad por la lectura, las letras y el arte en general. Era una lectora independiente; tengo la impresión de que leía más libros por placer que por cumplir asignaciones académicas.
Después de su partida, me enteré por su madre, que también se había dedicado al magisterio. Tuve la oportunidad de interactuar con su padre, quien también imparte docencia, y creo entender que Adela tuvo el privilegio de contar con buenos ejemplos; esto me provocó mucha satisfacción.
La recuerdo con sus largos cabellos, su sonrisa y su particular sentido del humor diciéndome: «Hey líder». Guardo en mi memoria gratos recuerdos compartidos con ella y, aunque parezca una gran exageración, «cuento con ella» como un ángel que está en el cielo y que, desde allá, es capaz de posar sobre mí su mirada comprensiva y compasiva.
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