Quien practica comunicación responsable cuenta ahora con un excelente soporte para lo que hace. Ahora tenemos una especie de "santo y seña" para "separar el grano de la paja".
Esto resulta valiosísimo en tiempos en que cualquiera dice cualquier cosa, mucha gente cree sin verificar y no pocos ayudan a replicar soberanos disparates, perversas mentiras y otras formas de hacer daño.
Recordemos que vivimos tiempos de "cualquierización" de la comunicación. Hoy, una falsedad puede nacer en un teléfono, vestirse de indignación, circular con apariencia de noticia y alcanzar miles de personas antes de que los hechos sean comprobados. Para colmo de males, la IA agrava el desafío: produce textos, imágenes, voces y videos capaces de engañar. En ese escenario, la libertad de expresión sufre de urgencia por ética, criterio y sentido humano.
Como mandada a hacer para nosotros, la encíclica Magnifica Humanitas, del papa León XIV, arroja luz para "separar el grano de la paja". El texto advierte que la humanidad enfrenta una elección histórica: levantar una nueva Torre de Babel, basada en la autosuficiencia técnica, el lucro y el control, o reconstruir los vínculos de fraternidad que sostienen la vida común.
Para esa reconstrucción, la encíclica propone "el camino de Nehemías". "En él reconozco una parábola luminosa de nuestra vocación a ser, en el tiempo de la transformación digital, no espectadores resignados a las fracturas sociales y culturales, ni simples comentaristas de las ruinas, sino mujeres y hombres que entran en las obras de la historia", dice León XIV. Y para ello llama por su nombre a laboratorios de investigación, empresas tecnológicas, escuelas, medios de comunicación, instituciones y comunidades locales.
El papa está "dando jalones de orejas" a quien, dizque comunicando, se dedica a publicar sin verificar, difundir rumores, descontextualizar declaraciones o dañar la honra ajena, y todo a cambio del clic que ayuda a monetizar.
Magnifica Humanitas recuerda que la dignidad humana no depende de la eficiencia, la popularidad ni el rendimiento. Es una dignidad anterior a cualquier algoritmo, encuesta o tendencia. Esa afirmación obliga a revisar cómo comunicamos. Ninguna persona debe ser reducida a dato explotable, blanco de linchamiento digital o instrumento de propaganda. En comunicación, el primer límite ético debe ser siempre la dignidad del otro.
Uno de los aportes más fuertes de la encíclica es presentar la verdad como bien común. No pertenece a un partido, gobierno, medio, iglesia o plataforma. Es la condición que permite deliberar, confiar y decidir. Sin una mínima verdad compartida, la sociedad cae en sospecha permanente y termina rendida ante el miedo.
Hay quien habla de disposiciones legales. Y eso sería un avance, pero muy mínimo. Está muy bien el derecho a la rectificación, el secreto profesional y la moderación justa de plataformas, pero de poco sirven después del daño hecho. El verdadero sentido se logra con una cultura comunicacional orientada a la verdad, la responsabilidad y la confianza pública. Y eso implica alimentar el sentido crítico de las audiencias para que puedan "coger y dejar".
La desinformación no se combate solo con sanciones. Se combate con comunicadores que verifiquen, funcionarios que transparenten, medios que no vendan su credibilidad, plataformas que rindan cuentas y ciudadanos que rechacen contenidos movidos únicamente por rabia, prejuicio o conveniencia.
De ahí la importancia de una ecología de la comunicación. Esa idea obliga a mirar el ecosistema completo: medios, redes, algoritmos, datos personales, escuelas, familias y comunidades. No basta pedir responsabilidad individual si las plataformas premian el escándalo y la mentira rentable.
Esa ecología exige transparencia algorítmica, protección de datos, rendición de cuentas tecnológica y fortalecimiento del periodismo serio. También exige bajar el volumen de la agresión, resistir el insulto y recuperar el lenguaje como puente, rechazando a quienes lo usan como fábrica de enemigos.
Para ello, la tarea educativa es decisiva. Necesitamos más personas capaces de contrastar fuentes, distinguir hechos de opiniones, detectar manipulaciones emocionales y decidir cuándo usar la tecnología y cuándo tomar distancia.
Magnifica Humanitas nos ofrece una valiosísima advertencia que refuerza el sentido crítico: el sistema digital está diseñado para capturar atención, acelerar emociones y reducir la reflexión. Como se puede notar, en esta encíclica tenemos un excelente soporte para hacer comunicación responsable.
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