Ante los cercanos JCCRD es lógico suponer que con triunfos dominicanos individuales o de equipos habrá tumultuosas celebraciones por esos triunfos. En contraste, en La palabra encadenada, Balaguer señala que en 1948, al regresar al país el equipo dominicano que fue campeón en béisbol en los JCC de Nicaragua, se celebraron masivas y espontáneas manifestaciones en honor de ese equipo, ampliamente reseñadas, a todo despliegue, con fotos y reportajes en el único periódico existente. Ante ese despliegue de admiración expresada espontáneamente, Trujillo prohibió realizaciones de nuevas manifestaciones de regocijo y que se ofrecieran nuevos aplausos a los atletas por ese triunfo deportivo, pues él entendía que las únicas expresiones de admiración debían ser las realizadas encomiando a su persona y al régimen que encabezaba. Ante esa enfermiza manifestación de megalomanía dictatorial puede asegurarse, sin riesgo de equivocación, que ahora, viviendo en democracia, todos los triunfos de nuestros valiosos deportistas en los JCCRD se celebrarán con espontáneas y masivas manifestaciones de júbilo ciudadano reconociendo a los atletas victoriosos, sin que los gobernantes las prohiban y sin pretender monopolizar para ellos mismos los méritos y triunfos logrados por nuestros valiosos atletas aficionados en los campos deportivos, siendo ellos quienes dedican todo su tiempo a entrenarse y prepararse concienzudamente para competir airosamente, en nombre de nuestra nación y sus conciudadanos, sin recibir a cambio ningún emolumento o retribución material que no sea el reconocimiento unánime, espontáneo y bien merecido de todos quienes tenemos el orgullo de proclamarnos como dominicanos, gracias a que Duarte concibió que en nuestro territorio habría de existir una república libre e independiente. Estos atletas aficionados no remunerados económicamente unen sus méritos y logros a los inigualables méritos reconocidos mundialmente por nuestros jugadores profesionales de béisbol.

Después de comentar la vinculación entre deporte y megalomanía de Trujillo, abordo un asunto poco conocido: la primera vez que se hizo referencia a la práctica de lidia de gallos en el Nuevo Continente fue cuando un cronista reportó como primicia que, específicamente, fue en nuestro territorio donde, primero que en otras partes del mundo, se acostumbraba realizar esta lucha zoológica. Por eso, Bosch, erudito, viajando a México en 1963 en visita de Estado, entregó al presidente López Mateos un simbólico regalo oficial que incluía un par de gallos de pelea. Desde la Colonia esta afición creció continuamente y, comenzando el siglo XX, constituía aquí la actividad lúdica por excelencia, convirtiéndose en parte de la psique del ser dominicano manifestada en múltiples formas, incluyendo la política, puesto que seguidores de los dos caudillos fundamentales, Horacio Vásquez y Juan Isidro Jimenes —horacistas y jimenistas— se identificaban orgullosamente al tener como símbolo las figuras de dos gallos: bolos y rabuses. El gallo simbolizaba valentía, arrojo, virilidad, masculinidad.

La hegemonía de la lidia de gallos como actividad lúdica por excelencia comenzó a declinar con la Intervención Americana de 1916 en RD, pues en esa época los americanos iniciaron aquí la práctica del béisbol, convirtiéndose prontamente ese deporte, hasta hoy, en la principal atracción lúdica de casi todos los dominicanos, desplazando la lidia de gallos de esa primigenia posición. Ante ese relevante hecho social, Trujillo, con olfato político, pretendió capitalizar para él la amplia aceptación del béisbol, comparada a la que anteriormente había tenido la lidia de gallos y, finalizando la década de los treinta del pasado siglo, con el propósito citado organizó el emblemático Torneo Presidente Trujillo con la participación de estelares jugadores americanos de color que no podían jugar en Grandes Ligas porque existía segregación racial, superada contratándose a Jackie Robinson.

Más recientemente, incorporándose RD al béisbol organizado, Trujillo construyó un majestuoso estadio en Santo Domingo; fiel a su megalomanía, lo llamó Estadio Trujillo, y el de Santiago fue nombrado Estadio Radhamés, honrando a un hijo. El 5 de junio, onomástico de Ramfis, su primogénito e hijo predilecto, se consagró Día del Deporte.

Todo lo reseñado sirve de válido fundamento para expresar que, si Trujillo estuviera gobernando, es altamente probable que su megalomanía lo induciría a inventar y aplicar triquiñuelas intentando capitalizar para él los muy probables logros y triunfos ligados a la celebración de los cercanos JCCRD, a los cuales el actual gobierno ha otorgado, para su éxito, oportuno, efectivo y entusiasta apoyo organizativo y financiero.

Eulogio Santaella

Ingeniero

Ingeniero. Fue administrador del Consejo Estatal del Azúcar y embajador en Washington. Profesor universitario. Empresario.

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