El turista acaba de aterrizar. Mientras espera su equipaje, confirma desde el teléfono el apartamento donde se hospedará. Unos minutos después solicita el vehículo que lo llevará hasta allí. Durante el trayecto reserva una excursión para el día siguiente, busca un restaurante cercano y consulta cuáles playas recomiendan otros viajeros. Cuando finalmente llega a su destino, buena parte de sus vacaciones ya está organizada sin haber hablado con una agencia de viajes, un recepcionista de hotel o un taxista.

Esa escena, hoy completamente cotidiana, refleja hasta qué punto ha cambiado la industria turística en apenas quince años. Primero fueron los vuelos de bajo costo. Después Internet transformó la manera de reservar hoteles. Más tarde llegaron Uber, Airbnb, Booking y otras plataformas que modificaron prácticamente cada etapa del viaje. Hoy la inteligencia artificial comienza a planificar itinerarios completos en cuestión de segundos. Cada una resolvió un problema distinto; juntas redefinieron la forma de viajar.

Las primeras reacciones fueron previsibles. Cuando Uber comenzó a operar, miles de taxistas salieron a las calles convencidos de que defendían una actividad amenazada por una competencia imposible. Los gobiernos respondieron con regulaciones, prohibiciones y litigios judiciales. Poco después ocurrió algo similar con Airbnb. Lo que comenzó como una nueva forma de aprovechar habitaciones o viviendas disponibles terminó alterando el mercado del alojamiento turístico y, en numerosos destinos, también el acceso a la vivienda.

Sin embargo, ni el transporte ni el alojamiento volvieron a ser los mismos. No porque las plataformas derrotaran a las industrias tradicionales, sino porque cambiaron las expectativas del consumidor. Saber cuánto costará un trayecto antes de iniciarlo, reservar un apartamento desde cualquier lugar del mundo o planificar un viaje completo desde un teléfono móvil dejó de ser un lujo para convertirse en un estándar. Y con ello llegó el verdadero punto de inflexión: durante años el debate se planteó como una confrontación entre quienes defendían la innovación y quienes intentaban detenerla.

Ninguna innovación llega gratis. La verdadera pregunta es otra: ¿qué costos estamos dispuestos a asumir para disfrutar de los beneficios que ofrece cada transformación tecnológica? Uber hizo más eficiente la movilidad urbana, pero obligó a replantear un modelo tradicional de transporte. Airbnb y otras plataformas de alquiler turístico ampliaron la oferta de alojamiento y permitieron que miles de pequeños propietarios participaran del mercado turístico, aunque también incrementaron la presión sobre la vivienda en numerosos destinos. Booking facilitó la comparación entre hoteles, pero fortaleció la dependencia de plataformas globales.

Los beneficios suelen ser inmediatos. Los costos aparecen después y, casi siempre, recaen sobre personas distintas de quienes recibieron las ventajas.

Pocos lugares permiten observar esa realidad con tanta claridad como República Dominicana. El turismo representa uno de los principales motores de su economía y ha contribuido durante décadas al crecimiento, la inversión y el empleo. Precisamente por esa importancia, cualquier transformación en la forma en que los viajeros reservan alojamiento, se desplazan o consumen servicios termina afectando mucho más que a hoteles, apartamentos o restaurantes. También modifica el mercado de la vivienda, el transporte, el comercio, la planificación urbana y, en última instancia, la calidad de vida de quienes residen allí.

El debate actual sobre Airbnb y otras plataformas de alquiler turístico demuestra que la discusión ya no consiste en decidir si estas tecnologías llegaron para quedarse. Esa respuesta ya la dio el mercado. La verdadera cuestión es cómo administrar sus beneficios sin trasladar de manera desproporcionada sus costos a quienes viven de forma permanente en los destinos turísticos.

Al fin y al cabo, el turismo siempre ha sido un intercambio. El visitante llega buscando descanso, experiencias y recuerdos. El residente ofrece trabajo, servicios y conocimiento del destino. Uno disfruta durante unos días; el otro procura obtener de esa actividad el sustento para todo un año. Mientras ambos perciban que ese intercambio resulta beneficioso, el modelo funciona. Cuando alguno comienza a sentir que paga un precio desproporcionado, aparecen las tensiones.

No podemos devolver la industria turística a lo que era hace treinta años. Ni hace veinte. Probablemente tampoco a lo que era hace diez. El mercado cambió, cambiaron las preferencias de los viajeros y seguirán cambiando. Pretender detener esa transformación sería tan inútil como intentar detener Internet.

Lo que sí podemos hacer es aprender a gobernarla mejor. No para controlar el progreso, sino para encauzarlo, asegurando que esos avances continúen generando prosperidad sin comprometer aquello que hace valiosos nuestros destinos: el bienestar de quienes viven en ellos, las oportunidades de las próximas generaciones y la preservación de un patrimonio natural y cultural que ninguna aplicación podrá reemplazar.

El turismo seguirá evolucionando. Llegarán nuevas plataformas, nuevos modelos de negocio y nuevas formas de viajar. El desafío ya no consiste en decidir si aceptamos esos cambios, sino en asegurarnos de que los beneficios del progreso no terminen ocultando costos que, al final, solo recaigan sobre quienes hacen posible que otros disfruten del viaje.

Pedro Tocuyo

Pedro José Tocuyo es periodista, publicista y estratega en comunicación. Colabora con organizaciones de la industria turística en proyectos de comunicación y mercadeo, experiencia que enriquece su mirada como columnista de política, economía, sociedad y tecnología en medios internacionales.

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