En las recientes semanas los despachos de guerra abordan incrementos en cifras de muertes y múltiples ataques a centrales eléctricas e infraestructuras energéticas como estrategias militares y políticas empleadas por los países involucrados en estos conflictos.
En otros casos incluyen bloqueos marítimos y decomiso de buques petroleros que han impedido la generación energética, como en el caso de EE. UU.-Cuba, con ello procurando más miseria a la población y una protesta generalizada que lleve a cambios en el gobierno.
Pero, distinto a lo contemporáneo, Puerto Rico muestra archivos históricos donde igualmente se han registrado ataques a infraestructuras energéticas en el marco de estrategias huelguísticas e incluso en medio de negociaciones sindicales. Tal vez ello, en la estrategia del combate sindical, pudo haber derivado en los nuevos usos. Algunos ataques en Puerto Rico generaron la movilización de efectivos de la Guardia Nacional e incluso con pedidos de incremento de envíos de soldados regulares.
Igualmente se generaron conflictos internos con encuentros de efectivos de la Guardia Nacional con oficiales, ya que algunos se negaron a usar sus armas contra sus compatriotas puertorriqueños. El caso de la huelga UTIER-AEE, la otrora empresa gubernamental a cargo de la generación y distribución del servicio, no fue el único que nuestra historia registra con movilización militar. Tal vez la más numerosa fue la llamada contra la insurrección de los nacionalistas a principios de la década de 1950. Interesantes datos que llaman la atención a investigarse en invitación a próximos títulos históricos.
Las estrategias militares y políticas en los modernos conflictos procuran paralizar la infraestructura esencial y desmantelar la capacidad del adversario para generar y distribuir energía, lo que afecta directamente el funcionamiento de hospitales, sistemas de transporte, suministro de agua y comunicaciones.
Procuran agregar un ataque a la moral y la resistencia civil, pues al cortar la luz y la calefacción se busca generar pánico, incomodidad extrema y desesperación en la población civil para presionar a sus gobiernos a rendirse o cambiar sus políticas.
Además, la destrucción de centrales térmicas, nucleares, de petróleo o gas desestabilizan la economía, aumentan los precios de la energía y llevan de rodillas la capacidad industrial del país atacado.
En conflictos recientes, líderes políticos han amenazado con destruir la red eléctrica como una medida drástica de represalia para obligar a la reapertura de rutas comerciales clave como el estrecho de Ormuz.
Hay que agregar que estos ataques procuran desactivar la defensa militar, ya que la red eléctrica suministra energía a las instalaciones militares. Al destruir las plantas de energía, se dificulta el funcionamiento de los modernos y sofisticados sistemas estratégicos de defensa.
Es por ello que atacar estos centros resulta en una táctica de guerra híbrida que combina el daño militar con el impacto económico y humanitario para lograr una ventaja rápida sobre el enemigo.
Con ello, indispensable resulta un llamamiento a la cordura y, más importante, a la paz, ya que aquellas estrategias, en un nuevo mundo, igual nos afectan nuestras vidas y nuestra paz, incluso en nuestro propio Puerto Rico.
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