Las estadísticas son más que porcentajes, y esto es especialmente cierto en el caso de las estadísticas demográficas. Detrás de cada cifra hay historias que merecen ser leídas e interpretadas. Los números no solo describen cantidades de hombres, mujeres, género y estructura de edades; también revelan las condiciones de vida, las desigualdades sociales, las aspiraciones colectivas y las transformaciones que experimenta una sociedad a lo largo del tiempo. Por eso, cuando observamos los datos de población rural y urbana de la República Dominicana, debemos mirar más allá de las cantidades y los porcentajes y preguntarnos qué nos dicen sobre la vida de la gente.

El censo de 1920 nos describe una sociedad predominantemente rural, en la que la vida cotidiana transcurría entre los campos, los pequeños poblados y las comunidades agrícolas. La tierra constituía una fuente fundamental de sustento, y las familias numerosas y la comunidad eran los principales espacios de convivencia, trabajo y socialización.

Vivir en el campo significaba, para muchas familias, enfrentar condiciones materiales difíciles. En las comunidades no había energía eléctrica, en la mayoría no había transporte vehicular, ni acceso a sistemas de acueducto. Conseguir agua para cocinar, lavar y atender las necesidades del hogar podía exigir largas caminatas o depender de pozos, ríos y otras fuentes disponibles. La iluminación nocturna era con lámparas de gas, queroseno o medios más rudimentarios. Las distancias, la precariedad de los caminos y las limitaciones de los servicios públicos hacían más compleja la vida cotidiana.

Sin embargo, la pobreza material no anulaba la riqueza de las relaciones humanas. En aquellas comunidades existían formas de solidaridad que ayudaban a enfrentar las dificultades. La colaboración entre vecinos, el trabajo compartido, el intercambio de alimentos y la ayuda mutua constituían recursos esenciales para la supervivencia. Cuando una familia atravesaba una enfermedad, una cosecha difícil la comunidad podía convertirse en su principal red de apoyo.

La familia era también una unidad fundamental de producción y reproducción social. Los hogares numerosos eran frecuentes en un contexto de fecundidad elevada y de acceso limitado a los servicios de salud. Las comadronas y las personas mayores, en general, tenían conocimientos sobre las medicinas a base de hierbas. Tener muchos hijos formaba parte de una realidad condicionada por las costumbres, las expectativas familiares, las necesidades de trabajo y las posibilidades concretas de cada hogar. En general, pocas muchachas salían del espacio doméstico.

No obstante, las familias grandes también implicaban mayores responsabilidades de alimentación, cuidado y educación, especialmente para las mujeres, sobre quienes recaía buena parte del trabajo doméstico, productivo  y reproductivo.

La migración del campo a las ciudades comenzó a adquirir una importancia creciente. Las oportunidades de empleo, la expansión de las actividades comerciales e industriales, la búsqueda de educación para los hijos y las expectativas de mejores condiciones de vida impulsaron a numerosas familias a abandonar sus comunidades de origen. A ello se sumaron las transformaciones de la economía rural, las desigualdades en el acceso a los servicios públicos y las dificultades para sostenerse mediante la producción agrícola.

Los censos nacionales permiten observar la magnitud de ese cambio. En 1920, la República Dominicana tenía 894,665 habitantes, de los cuales el 83.4 % residía en zonas rurales y apenas el 16.6 % en zonas urbanas. En 1950, la proporción urbana había aumentado al 23.8 %, mientras que la rural descendió al 76.2 %. Para 1970, el 39.7 % de la población vivía en áreas urbanas. Finalmente, en el censo de 1981 ocurrió un acontecimiento decisivo: por primera vez, la población urbana superó a la rural, al representar el 52 % del total, frente al 48 % que permanecía en el campo.

En el censo de 1993, la población urbana representaba el 56.1 % y la rural, el 43.9 %. En el censo de 2002, el 63.6 % residía en el espacio urbano; en 2010, el porcentaje urbano alcanzó el 74.4 %.

Es bueno considerar que definición censal dominicana ha utilizado fundamentalmente un criterio político-administrativo: se considera población urbana a la que reside en las cabeceras de los municipios y distritos municipales, mientras que la población que reside fuera de esas cabeceras se clasifica como rural.

La división político-administrativa ha sido desbordada por el crecimiento horizontal de los centros urbanos, que han llegado a integrar secciones y parajes. La definición de lo urbano también merece una mirada crítica. No basta con saber cuántas personas residían en las ciudades y cuántas permanecían en el campo; es necesario comprender qué significaba vivir en cada uno de esos espacios.

Este desplazamiento no debe interpretarse únicamente como un cambio de residencia. También expresa una profunda transformación de la sociedad dominicana: el tránsito de una estructura predominantemente campesina hacia otra cada vez más urbana, con nuevas relaciones económicas, familiares y culturales.

La urbanización abrió oportunidades, pero también produjo desafíos. Muchas personas que llegaron a las ciudades encontraron dificultades para acceder a viviendas dignas, empleos estables, agua potable, transporte y servicios básicos. En ocasiones, las carencias que habían dejado atrás en el campo reaparecieron bajo otras formas en los barrios periféricos.

Por eso, mirar las estadísticas con sentido crítico implica reconocer tanto las condiciones materiales que empujaron a la población rural a emigrar como los vínculos comunitarios que quedaron atrás. No se trata de idealizar la vida campesina, marcada también por la pobreza, las desigualdades y las limitaciones educativas, sino de comprender integralmente sus contradicciones.

Las estadísticas son, en definitiva, una puerta de entrada a la memoria colectiva. Nos permiten reconstruir cómo vivían nuestros abuelos, por qué tantas familias dejaron sus campos y de qué manera se fue configurando el país que conocemos hoy. Cada porcentaje contiene una historia de necesidades, sacrificios, esperanzas y decisiones humanas.

Leer los números es importante; comprender las vidas que representan es indispensable. Porque detrás de cada transformación demográfica hay personas que buscan vivir mejor, familias que reinventan su futuro y comunidades que cambian para siempre.

Flady F. Cordero

Investigador

Flady F. Cordero es un investigador con más de 30 años de experiencia en desarrollo social y gobernanza, con un enfoque sociocrítico y participativo. Ha trabajado para organismos como USAID, BID, FAO, PNUD y FUPAP en evaluaciones y diagnósticos en República Dominicana, Centro América y Haití. Mantiene una colaboración sostenida con la investigadora Tahira Vargas García en estudios etnográficos y de impacto social. Ha realizado, también evaluaciones a Sur Futuro, Alianza ONG, Funda sur, Fundasep, entre otras

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