En algunas familias se educa a los hijos de forma muy diferente a las hijas, de tal forma que al varón podría incentivársele la violencia, promiscuidad sexual, rebeldías y el no llorar. Al decirle que sea fuerte y no llore, hace que cuando el joven reprima sus sentimientos se sienta ser: “un hombre”.
Bajo esa influencia, recuerdo que de niño era muy raro que yo llorara, las pocas veces que de niño lloraba lo hacía por rabia o tristeza. Curiosamente ya siendo mayor, noto que mis lágrimas surgen con mayor facilidad, pero usualmente por razones diferentes, normalmente por alegría o ante un acto noble.
Tradicionalmente, se ha relacionado más a la mujer con el llanto y muchos consideran que es por razones biológicas.
Llorar conlleva lagrimación, gestos faciales, sonidos característicos y relajación, en este proceso se liberan endorfinas, oxitocinas y prolactinas, lo que tiende a mejorar el dolor, ansiedad y favorecer relaciones sociales. Es un proceso diferente al producido por irritación ocular (por humo, cebolla o gas lacrimógeno).
Tiene un impacto a nivel de la salud mental, produciendo regulación emocional, sanación de traumas, favorece empatía e impide que el dolor emocional se convierta en enfermedades físicas.
A nivel físico, produce disminución del estrés fisiológico especialmente porque las lágrimas tienen un alto contenido de cortisol (la hormona del estrés), lo que tiende a regularizar la tensión arterial y la frecuencia cardíaca. Las lágrimas además eliminan algo de citoquinas proinflamatorias que podrían contribuir a la mejoría física.
Al producir endorfinas (substancia endógena similar a la morfina) y oxitocina, disminuye el dolor. Produce un efecto parasimpático que se traduce en una sensación de relajación importante (después de llorar, suele sentirse cierto alivio).
Hay un tipo de lagrimación basal cuya función es simplemente proteger al ojo manteniéndolo húmedo, que no presenta esos niveles de cortisol que mencionamos. A manera de ejemplo, un paciente en coma requiere que se le cierren manualmente los párpados, o en su defecto, que se utilice frecuentemente gotas humectante para lubricar los ojos, de otra forma, se dañarían las córneas.
El no poder llorar puede ser consecuencia de alexitimia (dificultad para conectar y reconocer sus emociones), fuerte represión emocional o también depresión severa no reconocida. Esa desconexión emocional es más frecuente en hombres, siendo más notorio en las culturas machistas, quienes ante las experiencias desagradables preferirán la rabia, el silencio o la conducta evitativa. Las consecuencias podrían ser: afectación de la calidad de vida, mayor tendencia a consumo de alcohol y otras substancias, dificultad para relaciones humanas de calidad (a nivel de pareja, parental o en la amistad). La dificultad para canalizar las emociones, pueden provocar un impacto corporal o somatización, produciendo desde dolores diversos hasta patologías físicas y mentales de todo tipo.
Por otro lado, un llanto frecuente o constante, podría hablar de depresión, ansiedad o algún trastorno afectivo. Por lo que, llorar en exceso no quiere decir que la persona sea muy saludable.
Los jóvenes actuales manifiestan creencias menos rígidas sobre su virilidad, fortaleza o masculinidad, y las chicas presentan menos la idea de su fragilidad por su condición femenina, lo que ha contribuido a disminuir la brecha entre géneros.
El concepto de que “los hombres no lloran” es fruto de un estereotipo cultural que ha limitado la manifestación emocional del varón, provocando severas consecuencias en su salud y calidad de vida, al punto, que a menudo se ha descrito a la mujer como el verdadero sexo fuerte, especialmente en la actualidad, en que hemos visto que la fuerza bruta no es el verdadero potencial humano.
Ciertamente ese patrón sexista que predominó durante siglos en casi todas las culturas está en declive, la mujer no ha dejado de llorar, pero ha estado demostrando que su sensibilidad no solo no la hace inferior al hombre, sino que en ocasiones hace que sea superior. Por otro lado, el machismo y la homofobia es menos evidente entre los jóvenes actuales.
Aunque solemos considerar que el llorar es un signo de debilidad, a menudo es lo que puede permitir la resiliencia o la resistencia que necesitamos para seguir adelante pese a todo.
Nacimos con glándulas lacrimales y todo lo que traemos en nuestro “diseño”, tiene alguna razón y función. Nuestra ignorancia nos lleva a creer que no importa prescindir de algún órgano o función, pero cualquier función natural que suprimamos podría tener consecuencias.
Así, una “buena llorada” podría ser la oportunidad de recuperar tu vida.
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