"Robar libros no es un delito”. Roberto Bolaño
En uno de mis poemas menores, que estoy seguro de que no pasará de ser uno de tantos escritos que hacemos para emborronar cuartillas, digo que las coincidencias son infinitas. En otro de mis poemas, de no mayor mérito que el anterior, hablo de esa coincidencia trágica que puede ocurrir cuando buscando entre cachivaches encontramos un poemario y al abrirlo descubrimos – desprevenidos – unos subrayados nerviosos, dolorosos y cerramos sus páginas inmediatamente al saber que a alguien, sin querer, le tocamos una fibra de su corazón. Pero como suele ocurrir a veces, casualmente hoy he encontrado un breve y delicioso texto de Helene Hanff que profundiza, aún un poco más en el mismo sentido: ’Me encantan esos libros de segunda mano que se abren por aquella página que su anterior propietario leía más a menudo. El día en que me llegó el ejemplar de Hazlitt se abrió por una página en la que leí: «Detesto leer libros nuevos». Y saludé como a un camarada a quienquiera que lo hubiera poseído antes que yo".
Y así es como aparece esa curiosa coincidencia de la que hablé hace apenas unas líneas y si siguen el rastro de lo que narro se darán cuenta de por qué lo digo. Conozco bien los cuentos de Roberto Bolaño y alguno de sus ensayos en relación a sus contemporáneos, pero hay en mí una grave falta, un pecado capital que se me ha echado en cara por parte de ciertos amigos, todos ellos furibundos lectores, que siempre resurgía con fuerza y era puesto de relieve al final de cualquier diálogo sobre el autor. La pregunta aparecía una y otra vez, como espada de Damocles, sin poder evitarla — ¿tú has leído la novela Los detectives salvajes? Y yo, que no soy dado a presumir de erudición, siempre me he quedaba con la cara larga y sin saber por qué hendija escapar. Mucho más cuando en uno de esos encuentros, en los que se producen tertulias improvisadas, debemos ir con cuidado y sacar nuestra mejor artillería.

Existe en Roberto Bolaño una curiosa característica personal, que no es de mis preferidas, y es su condición de hurtador de libros. Para el autor, que se definía a sí mismo como un ladrón de ejemplares de librería, robarlos era, según sus palabras, una necesidad espiritual. Para mí, sin embargo, había en ello cierto alarde de supuesta "virtud " que yo contemplaba, dentro del mundo intelectual, como una pose, una forma de destacar en quienes lo practicaban, una muestra que marcaba diferencias solo reservadas a aquellos que amaban los libros por encima de todo lo demás. He de confesar que esa idea me resultó siempre molesta y en cierto modo pretenciosa, pero es verdad que me crie y fui educado por un padre muy estricto que jamás hubiera aceptado un acto de esa naturaleza en nombre de ninguna razón, por elevada que esta pareciera.
Y aquí viene esa caprichosa coincidencia del destino. Yo, que jamás robaría ni una carta mal colocada en un buzón, yo, que jamás me quedaría con nada que no fuera mío, la última vez que estuve en una librería me puse a buscar en sus estantes la novela Los detectives salvajes y me dejé llevar sin yo quererlo. Por mis manos pasaron por un buen rato, una edición de lujo de la misma y otra más corriente. Aún sin acabar de decidirme cual de ellas iba a comprar, en un momento dado y de un modo absolutamente inocente y no premeditado por mi parte, puse la de más bajo costo entre los pliegues de un saco que llevaba conmigo. Seguí después con mi tranquilo paseo entre los libros, olvidando por completo el detalle. Continúe caminando de estante en estante, disfrutando de las últimas curiosidades llegadas a la librería, pero en ningún momento me percaté ni recordé que Los detectives de Bolaño iban conmigo a todos los lados observando mi fechoría. Me olvidé por completo del libro y salí como si nada del establecimiento, eso sí sin pasar por caja y como un perfecto ladrón. Ninguna alarma sonó ni nadie me detuvo por mi error.
Sería un buen rato más tarde, cuando me detuve ya cerca de mi casa a comprar una botella de agua en una cafetería, el momento en el que descubrí que el espíritu del escritor se había adueñado de mí en aquella mañana. Lo cierto es que desde entonces no he sabido cómo devolver lo robado ni cómo lograr que se crea en mi inocencia y mi terrible despiste. Yo, que nunca había sustraído la menor cosa en mi vida, he acabado por robar la obra más célebre de un gran ratero de libros.
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