Tres fueron las revoluciones de la modernidad que contribuyeron a descentrar al ser humano y provocarle la terrible herida narcisista a su cosmovisión antropocéntrica preponderante hasta ese entonces: la Revolución Copernicana, completada por Galileo Galilei (1564-1642), que nos demostró que no somos el centro del universo; la teoría evolucionista de la selección natural de Charles Darwin (1809-1882), que destrozó por completo toda noción religiosa de la «Creación» divina y nuestro lugar privilegiado dentro de la misma; y la teoría psicoanalítica de Sigmund Freud (1856-1939), que nos descubrió que nuestra subjetividad no pertenece exclusivamente al ámbito de lo racional y consciente, sino que estamos a merced de nuestros deseos y pulsiones inconscientes.
Sin embargo, a menudo se deja fuera, en la historia oficial del pensamiento, una cuarta revolución filosófica que transformó para siempre nuestra autocomprensión de nuestro lugar en el cosmos: el pensamiento marxista, que desentrañó los mecanismos ideológicos en los cuales estamos inmiscuidos e inmiscuidas, debido a que, tal como reza Karl Marx (1818-1883), «no es la conciencia la que determina el ser, sino el ser social lo que determina la conciencia». Con esta enigmática frase, el revolucionario comunista pretende recordarnos que no somos entes aislados y totalmente independientes de la sociedad, sino que el contenido de nuestra conciencia viene determinado por las condiciones materiales de existencia en que existimos y sus acompañantes relaciones sociales de producción y reproducción de la vida material.
Luego, a finales del siglo XX, las ideas etiquetadas en los simplistas manuales de filosofía como «posmodernas» y «posestructuralistas» —encabezadas por pensadores de la talla de Michel Foucault (1926-1984), Jacques Derrida (1930-2004), Gilles Deleuze (1925-1995) y Jacques Lacan (1901-1981)—, influenciadas por los hallazgos antropológicos y semióticos de figuras como Claude Lévi-Strauss (1908-2009) y Charles Sanders Peirce (1839-1914), destruyeron aún más los cimientos de nuestra frágil cosmovisión antropocéntrica, mostrándonos lo determinantes que son los constructos lingüísticos y discursivos en los cuales estamos inmersos e inmersas y que configuran nuestra subjetividad.
Esta condición de descentramiento del sujeto fue prevista hace más de un siglo por el filósofo y filólogo Friedrich Nietzsche (1844-1900), quien sentenció que el auge de las ciencias y la técnica terminaría por privarnos de un piso fuerte sobre el cual pisar existencialmente y nos sumiría en el vacío y la desesperación nihilista al lograr explicar por completo el mundo exterior a nosotros y nosotras, así como nuestras más íntimas interioridades.
No obstante, el mayor genio filosófico de nuestros tiempos, el pensador contemporáneo Slavoj Žižek (n. 1949), quien, a partir de su primera obra publicada en lengua inglesa en el año 1989 —El sublime objeto de la ideología—, ha argumentado constante y persistentemente que nuestras ideologías no son meramente contenidos cognitivos alojados dentro de nuestros cráneos, sino que, además y, más importantemente, son reflejo de nuestras prácticas sociales, nos ha mostrado un camino más allá de todos estos determinismos que pretenden aprisionarnos en jaulas de estructuras sociales, económicas, políticas y culturales.
Para Žižek, la ideología es una fantasía inconsciente que estructura nuestra realidad. Estamos cada uno y una de nosotros y nosotras atrapados y atrapadas en las fantasías ideológicas que circulan en la sociedad y que nos predeterminan antes siquiera de nacer. Sin embargo, el filósofo esloveno ofrece una sutil vía de escapatoria a este dilema: la libertad hermenéutica de interpretar y subjetivar estas estructuras invisibles que conducen nuestras conductas. Esto quiere decir que, a pesar de que no elegimos las circunstancias que nos determinan, todos y todas podemos interrogar nuestros deseos —de los cuales emanan nuestras fantasías ideológicas— para expresarnos, muy paradójicamente, por medio de la servidumbre a una causa ideológica superior que oriente nuestras vidas.
Para este pensador y teórico, el capitalismo contemporáneo nos vende una fantasía ideológica de «libertad», la cual creemos porque carecemos del lenguaje necesario para articular nuestra falta de libertad. Por ejemplo, cuando navegamos las llamadas «redes sociales» y buscamos lo que nos gusta o interesa, creemos estar actuando autónomamente, pero en realidad operamos dentro de un marco preestablecido por el sistema sutil y totalitario de la dictadura algorítmica que rige nuestras vidas. Žižek añade, por lo tanto, que la auténtica libertad no consiste en carecer de reglas y constreñimientos que estructuren nuestra subjetividad, sino en navegar esas reglas y esos constreñimientos lingüísticos y sociales de manera tal que logremos dar expresión a nuestros deseos.
Pero, además, siguiendo la lectura que hace el psicoanalista francés Jacques Lacan del pensamiento del filósofo prusiano Immanuel Kant (1724-1804), Žižek enfatiza que, a diferencia de una cosmovisión religiosa en la cual el sujeto obedece los designios divinos de Dios, en un universo ateo somos cada uno y una de nosotros y nosotras responsables —no solo de cumplir nuestro deber por medio del imperativo categórico kantiano—, sino, incluso, de determinar cuál es nuestro deber. En otras palabras, si presuponemos la ausencia de un ser que oriente teleológicamente el mundo y nuestra existencia, no queda nada más que reconocer y asumir nuestro deber de elegir nuestro deber, evocando parcialmente los planteamientos y las formulaciones del existencialismo de corte sartreano.
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