“Todas las familias felices se parecen entre sí; cada familia infeliz lo es a su manera”.

Una novela que comienza de este modo impone su atención en el escenario de las letras. Tolstói no abre con un personaje ni con una escena, abre con una proposición que se presenta como evidencia. No introduce un conflicto, establece un marco. Desde la primera línea, el lector no entra en una historia, entra en un orden.

Conviene detenerse en la forma. La frase es breve, simétrica, casi sentenciosa. Primero la afirmación general, luego la excepción multiplicada; primero la regla, después la dispersión. La felicidad aparece como algo reconocible, repetible, sujeto a condiciones estables; mientras que la infelicidad, en cambio, se fragmenta, se vuelve singular, se desordena. No hay lirismo ni consuelo, hay clasificación moral. Tolstói no define qué es una familia feliz, tampoco explica por qué fracasan las otras. No lo necesita. La fuerza de la frase reside en su tono de verdad incuestionable, de saber compartido que no exige demostración. Suena a sentido común, y ahí radica su poder. El orden moral se presenta como descripción del mundo, no como mandato; se enuncia lo que “es,” aunque en esa afirmación quede ya insinuado lo que se espera que sea.

Ese gesto no es casual. Anna Karenina aparece entre 1875 y 1877, en una Rusia que todavía confía en la familia como núcleo de legitimación moral, como espacio donde el individuo se justifica ante la sociedad. El matrimonio, la reputación, la continuidad doméstica funcionan como ejes de estabilidad en un mundo que empieza a mostrar fisuras. Tolstói escribe desde ese centro, no para celebrarlo sin reservas, sino para ponerlo a prueba con una paciencia casi cruel. La frase inicial anuncia ese programa; la felicidad se parece a sí misma porque responde a una forma, a un acuerdo tácito entre deber, costumbre y reconocimiento social. La infelicidad no tiene molde único porque surge allí donde esa forma falla. No es una exaltación de la diferencia, es el registro de una ruptura. Cada familia infeliz lo es a su manera porque cada una quiebra por el punto exacto en que el orden deja de sostenerla.

Este inicio dialoga con una tradición literaria que, hacia finales del siglo XIX, comienza a interrogar la moral heredada sin renunciar todavía a su peso. Mientras Gustave Flaubert había llevado la impersonalidad narrativa hasta convertirla en método, Tolstói elige otro camino: no borra la moral, la formula. No disimula el juicio, lo presenta como estructura. En el mismo horizonte, Ivan Turgéniev había explorado el choque entre generaciones y Fiódor Dostoievski se adentraba en los abismos de la conciencia.

Sin embargo, la novela rusa de ese momento no persigue exactamente el mismo objetivo que la francesa o la inglesa. En Europa occidental, el realismo se orienta hacia la observación social, la disección psicológica, la crítica de las instituciones. En Rusia, la pregunta es más amplia y más peligrosa: no se trata solo de describir la sociedad, sino de interrogar su fundamento moral. La novela se convierte en un espacio donde se disputa el sentido mismo de la vida buena. Tolstói no analiza únicamente comportamientos, examina la legitimidad de los valores que los sostienen. Por eso su frase inaugural no es un recurso estilístico, es una declaración de territorio.

La frase no juzga a los personajes, pero los encuadra. No los condena, pero fija el terreno sobre el que serán medidos. Si todas las familias felices se parecen, la felicidad exige obediencia a una forma. Si cada familia infeliz lo es a su manera, el dolor se convierte en el archivo íntimo de aquello que la forma no pudo contener. Tolstói no necesita más que una frase para dejar planteado ese dilema. El resto de la novela se encargará de vivirlo.

Ramón A. Lantigua

Abogado

Abogado, docente y especialista en mercados regulados. Egresado de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña; Postgrado en Derecho Procesal Civil, de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, y Maestría en Derecho de la Universidad de Tulane, en la ciudad de Nueva Orleans.

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