Anoche asistí a la puesta en escena de Las Siete Palabras en la Iglesia Regina Angelorum. Más que un acto litúrgico o una representación escénica, fue una experiencia profundamente inmersiva, de esas que no solo se observan, sino que se atraviesan.
La atmósfera, cuidadosamente construida, logró desde el inicio lo que pocas propuestas consiguen: suspender al espectador en un estado de recogimiento real. No había artificio innecesario; había intención. Y esa intención se tradujo en una vivencia emocional que nos colocó, sin resistencia, frente al drama esencial de la crucifixión.
Las siete palabras de Jesucristo en la cruz constituyen uno de los núcleos más densos del pensamiento cristiano. No son únicamente frases finales; son una síntesis de la condición humana elevada a su máxima expresión espiritual.
“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”: el perdón incluso frente a la injusticia.
“Hoy estarás conmigo en el paraíso”: la promesa que redime sin condiciones.
“Mujer, he ahí tu hijo… hijo, he ahí tu madre”: el amor que reorganiza la humanidad en medio del dolor.
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”: la expresión más humana de la fe cuando se quiebra.
“Tengo sed”: no solo sed física, sino sed de justicia, de compasión, de sentido.
“Todo está consumado”: la misión cumplida, incluso en la entrega total.
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”: la confianza absoluta en el instante final.
Uno de los momentos más sobrecogedores de la noche fue, sin duda, la interpretación de “Tengo sed”. La pieza musical que acompañó esta escena alcanzó una intensidad poco común. No se trataba únicamente de representar el sufrimiento físico, sino de evidenciar una sed más profunda: sed de justicia, de compasión, de humanidad.
El gesto del guardia, al ofrecer el vinagre en la boca de Cristo, lejos de ser un detalle anecdótico, se convirtió en un símbolo contundente: la respuesta amarga del mundo frente al dolor del inocente. Fue un instante de esos que no se olvidan, porque no se quedan en la escena, sino que interpelan directamente al espectador.
El mérito de esta puesta recae, en la dirección de Luis Marcell Ricart, quien, una vez más, logra construir una experiencia escénica coherente, sensible y profundamente respetuosa del contenido espiritual que aborda. Su mirada no busca impresionar desde lo espectacular, sino conmover desde lo esencial.
A esto se suma el trabajo de iluminación de Ariel Ramos, cuyas luces no solo acompañaron la escena, sino que la elevaron. La ambientación lograda fue clave para sostener la intensidad emocional de la obra, creando transiciones sutiles y atmósferas que envolvían al espectador en cada momento.
El resultado es una propuesta que trasciende lo religioso para situarse en el terreno de lo humano. Porque las siete palabras no pertenecen únicamente a la fe; pertenecen a la conciencia.
En tiempos donde el ruido domina, experiencias como esta invitan al silencio. Y en ese silencio, inevitablemente, surge la pregunta: ¿qué hacemos nosotros con nuestras propias palabras cuando enfrentamos el dolor, la injusticia o la pérdida?
Las Siete Palabras se presentará nuevamente hoy, miércoles 1 de abril, gracias a la colaboración de la Orden de Malta, el Ministerio de Turismo y el Ministerio de Cultura y el Arzobispado de Santo Domingo. Las siete palabras es, sin duda, una experiencia que nadie debería perderse,
Porque al final, no son las palabras de Cristo las que estremecen…
son las nuestras, cuando descubrimos que aún no sabemos pronunciarlas.
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