Hace muchos años no existían los supermercados, pero tampoco se habían inventado los alimentos para pollos.
En los pueblos los pollos se compraban en el mercado. También pasaban por el frente de las casas unos señores que traían del campo una sarta de pollos y gallinas vendiéndolas a las amas de casa.
Los colores de esas aves eran generalmente de un rojo intenso o marrones, jaspeadas por negro. Muchas eran totalmente negras. Se alimentaban de maíz, yerba y gusanitos que iban buscando en la tierra.
En el día de hoy no se ven esas gallinas, son escasas y si aparecen cuestan un “ojo de la cara” traducido del buen dominicano, son carísimas.
Los pollos de antes han sido sustituidos por lo “pollos gringos” y que se compran en los supermercados. No tienen sabor y son enormes, que “a sigún dicen” son alimentados por hormonas y que también las malas lenguas comentan que no les den esos pollos a los varones porque corren el peligro de absorberlas y traer malas consecuencias.
Tengo muy gratos recuerdos de mi niñez. Comenzaré diciendo que para matar a los pollos y a las gallinas se seguía un ritual. Había que retorcerle cruelmente el pescuezo hasta que dejara de aletear. Luego se pasaba por agua caliente y se desplumaba, después de este proceso, se abría, se les retiraban las tripas y se limpiaba la molleja. Al pescuezo había que retirarle el galillo y por último antes de trocearla se le retiraba el “pichirrí”.
Cuando se procedía a cocinarlas había costumbres para los pequeños de la casa. Si traían huevos, a veces racimos, que solo era la yema bien amarilla, era para ellos, así como las patas que pertenecían por orden de edad siendo los más agraciados, los menores, que se comían durante el momento de la cocción.
Los niños de hoy no han podido disfrutar de tan lindas costumbres. Los pollos del supermercado son blancos, vienen sin pata ni pescuezo, por lo que no conocen esas partes, mucho menos lo que es la molleja. Ahora esas partes las venden en unas funditas que les llaman “pico y pala” y que son muy preciadas por la moda del colágeno y el temor sobre todo de las mujeres a envejecer y arrugarse. ¡Qué barbaridad!
Lo que es el “pico y pala” a mí me encanta, no para que no me salgan arrugas, porque ni las cremas ayudan cuando ya están, me gusta porque la parte de los pollos actuales que tiene mejor sabor es el pescuezo o “cocote”, como diría una amiga muy jocosa.
Creo que esa costumbre la heredé de mi mamá. Recuerdo una anécdota de ella y Norma nuestra ayudante de cerca de cuarenta años y que hace justamente un mes falleció dejando un gran vacío en nuestro corazón.
Nos encontrábamos en casa de mi hermana y al servir la comida solo le puso a mi mamá el pescuezo y las patas, mi mamá protestó, yo le dije a Norma que por qué había hecho eso y me dijo que a “la abuela” esa era la carne que le gustaba. Claro, pero como complemento y capricho.
Hay algo que al día de hoy me pregunto, ¿por qué no se comen el galillo, las uñas y el pichirrí de las gallinas?
En las familias de antes, cuando el compartir en la mesa era una costumbre y el momento de conversar y ponerse al día, cada cual tenía sus piezas de pollo preferida y si alguien osaba servírsela antes, era motivo de discordia.
Las gallinas y los pollos de antes al cocinarlos traían su propio color, a los de hoy hay que dárselo con azúcar quemada para que no se vean tan descoloridos.
El caldo de gallina criolla, revive muertos. Las gallinas de hoy saben a plumas mojadas.
¡Qué vivan esas gallinas de antes!
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