La mejor definición del tiempo la tiene la amistad, el amor, la familia, estarse tranquilo y el viajar. Las peores cuando son de utilería. ¿Cómo así? Algo es de utilería cuando se usa y se usa y al final hay que botarla o dejarla en un rincón del lugar donde se vive, mentalmente o materialmente. El término tiene mucho acierto en los espectáculos de toda índole. Sus orígenes: el circo, el teatro, y alcanzó la perfección en el mundo cinematográfico… ¿pero acaso el amor, la amistad, la familia, el viajar se tienen como de utilería en la vida? Quizás sea el acto de prestidigitación que más usamos en nuestras vidas ante todo aquello que se sueña y se piensa realizar. Muchas veces somos de utilería hasta para con nosotros mismos y, si lo somos para nosotros mismos, lo somos para todas las cosas, gente o circunstancia.

La utilería está reservada para determinada labor (dije el espectáculo, cine, teatro, etc.), pero la hemos llevado a todas las manifestaciones de nuestras vidas, como se diría en el lenguaje jurídico, públicas y privadas. Consciente o inconscientemente, a todo lo que está a nuestro alrededor lo tratamos como de utilería; a veces alcanza a la religiosidad, como la creemos y la practicamos.

Lo que es de utilería se puede romper, dejarlo a un lado para volver a recogerlo, arreglarlo. También porque se puede comprar otro o encontrarlo donde se venden objetos usados o nuevos (esta última, la primera fase de los objetos de utilería).

Si nuestras relaciones y creencias están afectadas con el término de utilería es que son desechables. Lo desechable no es de utilería, es de un solo uso, ¿o quién sabe? Lo de utilería tiene más de un uso. Yo, como persona, me considero de utilería, ¿y usted?

Si convertimos, conscientemente, todas nuestras relaciones humanas y afectos en utilería, vamos hacia la perfección de lo desechable. Aunque no se crea, hay oficios y profesiones liberales de utilería. Las cosas que tienen su origen en el servicio que prestan y que pasan a ser de utilería cuando nuestras relaciones con ellas son porque las necesitamos por la mitad, o como cobramos al darlas como servicio. ¿Puede ser un ser humano de utilería? Sí, como se deja de ser de utilería por la causa que sea; pero ya está viciado. Es posible que una vez que alguien se deja «usar» de utilería deje de serlo. Ser de utilería lo decide cada quien de acuerdo a sus intereses creados en el tipo de relación humana en que se ve envuelto, de la dependencia que crea con la cosa o el objeto. Si vemos la amistad, el amor como un servicio que hay que darse a cambio de «algo», que uno decide dar y que el otro está en la «obligación» —y aun se niegue— también de dar, se constituyen en un «harén» de utilería a nuestro servicio; lo mismo pasa con la familia, las profesiones liberales, cuando no las deslindamos de la esencia que debe acompañar a esos servicios y dependencias, que no todo debe ser para beneficio cien por ciento.

Nuestro tiempo ha evolucionado a todo ser de utilería. Años de utilería, meses, semanas y días de utilería. Salud de utilería, gobiernos de utilería, sueños de utilería, despertares de utilería, guerras de utilería, buenas voluntades de utilería, amores y amantes de utilería. Esperanzas de utilería. Nuestras vidas, como las planeamos y las concebimos, solos o acompañados, de utilería; nuestra relación con Dios y eso la «deshumaniza», no, ya ese concepto no está de moda; como todo tiene un valor, digamos de mercancía, de utilería. Todo tiene un valor en el mercado personal o colectivo. También nuestro goce lo tratamos como de utilería, lo hacemos por hacer; por costumbre, con el asombro de la instantánea que al momento nos tiramos y después contemplamos sin ninguna emoción desbordante. Cada quien tiene un «museo de cosas» que están en el rango de utilería en la realidad en que nos desenvolvemos. Con esa manera de proceder y comportarnos, a nada sólido y permanente, como lo propone la vida, alcanzamos, y están condenados a no significar nada para la vida íntima que más importa, que podría consistir en extraer de ella la meditación y la consecuente realización de que nada se hizo por hacer, sino para completar o despertar nuestro ser más valorable, que es la parte que le pertenece al otro y a las circunstancias que a veces somos nosotros mismos; que es: nada se haga sin una necesidad para crecer y vivir de verdad, dándole el valor que cada cosa o alguien tiene en nuestras vidas.

Cada tiempo es extraño respecto al anterior y así va la vida, en que cada quien sea diferente y enriquecedor respecto a lo que considera importante para seguir siendo lo que se es, de utilería.

Amable Mejia

Abogado y escritor

Amable Mejía, 1959. Abogado y escritor. Oriundo de Mons. Nouel, Bonao. Autor de novelas, cuentos y poesía.

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