John Dewey en su clásico libro de Educación y Democracia advierte que si queremos desarrollar la personalidad de los sujetos hay que prestar atención a eso de “único” que hay en ellos. Sobre esta originalidad de la persona refiere: “este no sería un individuo si no hubiera algo inconmensurable en él. Su opuesto es lo mediocre, el promedio. Siempre que se desarrolle una cualidad distintiva se produce la distinción de la personalidad y con ella una mayor promesa para un servicio social que va más allá de proporcionar comodidades materiales. Pues ¿Cómo puede haber una sociedad realmente digna de ser servida si no está constituida por individuos de cualidades personales significativas? (Dewey,2002, p. 109)” De este modo me es dado interpretar, que, si en un proceso educativo se elimina o esteriliza esta búsqueda de originalidad, hay un alto peligro de caer en la violencia. Ahora bien, ¿por qué esta interpretación?
La violencia es un concepto complejo que necesita ser analizado y comprendido a fondo. Según Johan Galtung “la violencia está presente cuando los seres humanos son influenciados de tal manera que sus realizaciones efectivas, somáticas y mentales, están por debajo de sus realizaciones potenciales” (2003) Es decir, las circunstancias del contexto pueden condicionar que una persona no pueda desarrollar en todo su potencial de originalidad. La persona entonces es víctima de algún tipo de violencia, ya sea provocada por causas fácilmente identificables o profundamente invisibles. La violencia, por tanto: es el conjunto de actitudes, comportamientos o procedimientos que contribuyen a privar a un ser humano o a un grupo de ellos de condiciones que le son esenciales para desarrollarse. Según Galtung pueden ser de tres tipos íntimamente relacionados.
La violencia directa (comportamiento) la define como manifestaciones agresivas que se exteriorizan de manera evidente y destructiva. Son reacciones visibles (conductas o acciones): física, verbal, etc. Responden a situaciones que pueden llegar a ser destructivas e incluso mortales. Las realiza intencionalmente un emisor (persona, grupo o comunidad), las sufre un ser vivo herido física o mentalmente. Lo más visible de la violencia directa (no único) es la expresión física. Causa daños físicos o psicológicos reconocibles.
La violencia estructural (controles) se origina por el conjunto de instancias sociales que rodean las personas: cargos, organizaciones, jerarquías, instituciones. Tal violencia afecta de forma sistémica desde el entramado de leyes, organismos, corporaciones que controlan la satisfacción de necesidades en comunidades bloqueando desarrollos dignos: supervivencia, bienestar, derechos, progreso. En general, puede explicarse debido a enfrentamientos entre grupos de poder, donde la posibilidad del uso de recursos es limitada (Shanka & Thuo, 2017). Todo deviene en sutiles abusos de autoridad, o en una situación evidente de injusticia social donde estructuras oficiales defienden estas “respuestas”: reparto insuficiente de recursos, desigualdad en la renta de personas, dificultad de acceso a servicios sociales, red sanitaria deficiente, etc. (Fisas, 1998; Jares, 2000, Galtung, 2003).
La violencia cultural (actitudes) hace referencia a estilos de pensamientos y vidas, que se legitiman a través del arte, la religión, la ciencia, el derecho etc. Ella posibilita aprobar posturas extremas, irreflexivas en temas religiosos, económicos, de género… Incluye entramados de principios y valores incorporados desde la socialización y que los sujetos refuerzan al aceptar normas. Estereotipos, prejuicios y discriminación pueden llegar a ser formas de violencia cultural insertadas en la vida cotidiana (Gil Colomer, R.1997). Una cultura acrítica prepara la pasividad con estructuras injustas (Núñez Portes, Acosta García, Michelin Matos, 2016): unas razas son “más inteligentes”, algunos oficios son para hombres y otros para mujeres, son más pobres porque trabajan menos, etc.
Tales violencias simbólicas, que hemos apreciado en el párrafo anterior, se expresan a través de diversos medios: representaciones, ideologías, cultos patrios, lenguaje, leyes, medios de comunicación, educación. Ella “fundamenta” a las dos formas anteriores: la violencia directa y la estructural. Ofrece justificaciones para que los seres humanos sean bloqueados, se destruyan o sean recompensados por replicarla. Los patrones culturales indicados permiten responder a comportamientos incompresibles, por ello me pregunto: ¿por qué las personas optan por la violencia, aunque sus posibilidades de lograr una victoria sean escasas? ¿Por qué el poder puede hacer uso de violencia amplia, planificada o legalizada? ¿Por qué se unen los individuos a algunas fórmulas de violencia?
Las respuestas a estas preguntas tienen trasfondo cultural, educativo (Galtung, 2006) que se necesitan superar; implicaría cuestionar formas de expresión o ideales comunes. Y por eso en ocasiones los conflictos y violencias no son resueltos en el sistema escolar, sino que incluso lo desestabilizan (Shanka & Thuo, 2017).
Apoyados en este último concepto de violencia cultural o simbólica, enseñar a pensar desde una ideología puede resultar violento, no porque las ideologías sean negativas por sí mismas, sino porque pueden llegar a condicionar y limitar el desarrollo original de la persona que se quiere educar. Las violencias en esos procesos educativos serían más culturales, simbólicas, cognitivas. Se pudieran identificar 6 procesos significativamente violentos en la educación ideológica:
- Porque sustituye el pensamiento por la adhesión
Cuando se enseña desde una ideología cerrada, no se invita a pensar, sino a adherirse.
El estudiante aprende qué pensar, no cómo pensar. Esto es violento porque anula la autonomía intelectual, que es un derecho humano básico.
- Porque reduce la complejidad de la realidad
Las ideologías tienden a ofrecer respuestas simples a problemas complejos. En educación, esto implica: eliminar matices, negar contradicciones, imponer esquemas, descalificar otras miradas. Se ejerce violencia epistemológica al imponer una sola interpretación como “la correcta”.
- Porque reflexionar no es lo mismo que dar crédito
Recapacitar implica: dudar, contrastar, revisar, enriquecer la opinión. La ideología, en cambio, exige: coherencia rígida, fidelidad, repetición. Imponer convicciones bajo el nombre de “principios esenciales” es una forma de engaño pedagógico.
- Porque convierte el desacuerdo en error o amenaza
Desde una ideología, pensar distinto suele interpretarse como: ignorancia, desviación, traición, peligro. El aula deja de ser un espacio de diálogo y se convierte en un espacio de control del juicio.
- Porque coloniza la conciencia del estudiante
Enseñar desde una ideología implica ocupar el lugar de la conciencia del otro: decidir qué valores son verdaderos, qué preguntas se pueden hacer, qué conclusiones son aceptables. Esto es una forma de violencia simbólica profunda, porque invade el espacio de identidad del sujeto.
- Porque contradice el sentido ético de la educación
Educar no es formar militantes, sino formar personas capaces de juicio crítico. Cuando la educación se vuelve ideológica se usa al estudiante como medio, no como fin. Éticamente, eso es una forma de instrumentalización de la subjetividad y las acciones de los educandos.
Enseñar desde una ideología puede ser violento si pretende domesticar el pensar en lugar de liberarlo. La educación auténtica no entrega respuestas cerradas, sino que abre a preguntas; se aleja de imponer conclusiones, ofrece instrumentos para reflexionar; se niega a reproducir identidades; reconoce la originalidad digna de cada estudiante.
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