La idea de que las sociedades deben ser gobernadas por expertos cual si fuera una entidad bancaria o una empresa tecnológica, resulta atractiva. ¿Por qué no dejar en manos de un individuo competente la toma de decisiones sin las trabas de tediosos procesos burocráticos ni la necesidad de deliberar con personas inexpertas?
Asimismo, puesto que el futuro del CEO o director general está conectado con la productividad de la empresa, se espera que gestione los recursos con eficiencia y honestidad.
Pero la realidad es más compleja de lo que sostienen los enemigos de la democracia, quienes tienden a idealizar el funcionamiento de las empresas y a exagerar los defectos de la democracia. La crisis financiera de 2007-2008 nos muestra que individuos competentes pueden incurrir en graves irresponsabilidades. Existen personas dispuestas a correr grandes riesgos, sea por ambición, temeridad, competitividad o un proyecto mal concebido.
La ilusión de la infalibilidad de los gestores eficaces nutre a los autores iliberales. En realidad, no son originales en este aspecto, aunque nos hablen de directores generales de empresas tecnológicas. Se adscriben a la tradición platónica de buscar a un gobernante ideal. Por consiguiente, preguntan: ¿quiénes deben gobernar?
Sin embargo, no importa el modelo de gobernante que hayamos concebido, al final, cualquier ideal de gobernabilidad será refutado por la realidad. Sabiendo que la condición humana es falible y que no tenemos razones para diseñar ningún modelo que excluya el error humano, ¿no es más razonable pensar qué haríamos cuando surja la situación indeseada?
Eso es lo que pensó el filósofo liberal Karl Popper, quien nos propuso dar un giro a la cuestión platónica preguntando: ¿cómo podemos enmendar los errores provocados por nuestros gobernantes? Y en caso de ser necesario, ¿cómo podemos revocarlos? Más importante que buscar gobernantes ideales incompatibles con la condición humana, es más factible saber qué procedimientos hallar para minimizar los errores de los malos gobernantes.
Es en la respuesta a estas preguntas donde la democracia liberal supera a cualquier otra forma de gobierno, sea una monarquía premoderna o un reinado cibernético. Porque en la democracia los gobernantes tienen mayor probabilidad de ser supervisados por instancias independientes y los errores tienen más posibilidad de salir a la luz pública que en un régimen unipersonal.
Además, los asuntos de la vida pública, como el problema de qué tipo de vida queremos elegir y cuáles valores tendremos como referentes de nuestra convivencia, no son cuestiones de expertos. Por el contrario, son los problemas vitales que trascienden cualquier experticia y cuya respuesta define lo que somos y queremos ser.
Por ello, la democracia es la forma más eficaz, pues asume correctamente que los asuntos de las polis nos pertenecen a todos. Aunque solo gobiernen unos pocos, como proclama la sentencia parafraseada de Tucídides, en boca de Pericles: "todos estamos llamados a juzgar una política".
Compartir esta nota