Nos gusta creer que los chistes son inofensivos, pero no todos flotan en el aire sin consecuencias. Cuando la broma apunta a un grupo históricamente tratado como inferior, el humor deja de ser neutro.
Los chistes funcionan como un detector de actitudes. Cuando alguien bromea con “cambiar” a una mujer de 60 años por una de 30, como si fuera mercancía con fecha de caducidad, no habla solo de preferencias personales: reproduce una idea arraigada, que el valor de la mujer depende de su juventud, su apariencia y su disponibilidad; que es intercambiable y medible en términos de rendimiento.
El humor tiene una ventaja poderosa: permite decir en tono ligero lo que sería inaceptable afirmar de manera directa. Lo que sonaría brutal como opinión seria entra suavizado como chiste. Y entonces aparece la frase “es solo una broma”, que funciona como escudo: desactiva la crítica y hace que cuestionar parezca exagerado. Pero cuando un comentario sexista no se confronta, el mensaje que se instala es claro: esto es normal, esto se puede decir.
No hace falta que todos estén de acuerdo; basta con que nadie diga nada. El silencio también comunica. Cuando se vuelve costumbre, el prejuicio se convierte en paisaje. Así, el humor no solo refleja valores: los consolida. La desigualdad se trivializa, pero se siente, especialmente en la forma en que se mira —o se descarta— a una mujer que envejece, mientras al hombre se le celebra la experiencia.
Si quien lo dice es un comunicador con micrófono y audiencia, el impacto es aún mayor. No es una charla privada, sino un mensaje que modela el discurso público. Cuando no se problematiza, refuerza la narrativa según la cual, en las mujeres, juventud equivale a valor y madurez equivale a descarte. Eso no es solo humor; es una jerarquía simbólica en circulación.
Además, el humor sexista opera de manera acumulativa. Chiste tras chiste, va normalizando actitudes que sostienen la desigualdad. Cuando se repiten bromas sobre mujeres interesadas, superficiales o “caducas”, esas ideas dejan de parecer absurdas y empiezan a sentirse naturales. Y lo que se percibe como natural rara vez se cuestiona.
Por eso conviene detenerse antes de repetir que “es solo un chiste”. Porque no siempre lo es. Reír no es un acto inocente cuando lo que se valida es una jerarquía. El humor puede ser liberador, pero también puede convertirse en un vehículo elegante para perpetuar prejuicios. Y en ese terreno, la risa no es neutral: es una forma de tomar posición y, a veces, también de opresión.
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