La menstruación no es un mero proceso biológico aislado. Es, ante todo, una conversación que el cuerpo mantiene con nosotras a través del pulso hormonal. En ese diálogo queda registrada la vida que llevamos: el sueño que recortamos, el estrés que sostenemos y las exigencias que normalizamos. Durante un siglo, la ciencia ha descifrado cómo las hormonas regulan el ciclo; el paso pendiente es asumir que esas mismas hormonas responden al cansancio, a la sobrecarga y a un ritmo que rara vez concede tregua.

La medicina actual sabe identificar alteraciones en la regularidad, el sangrado o el dolor. Pero esa mirada, siendo necesaria, resulta incompleta si no va acompañada de otra pregunta: ¿cómo vive esta mujer? Atendemos la biología, pero ignoramos la biografía. No es casualidad que muchas mujeres recuerden cambios en su período durante una etapa de ansiedad, un duelo o la pandemia. El ciclo no se desregula porque sí; se desregula porque el cuerpo, acorralado, deja de poder ocultar sus límites.

Sin embargo, la interpretación de esas señales siempre ha estado mediada por la cultura. Desde la primera regla, a muchas niñas no se les enseña a escuchar su cuerpo, sino a ocultarlo. La primera lección sobre la menstruación rara vez habla de salud; habla de discreción y, en demasiadas ocasiones, de vergüenza. En ese silencio se cuela un mandato implícito: el dolor menstrual no es un síntoma que merezca atención, sino una carga intrínseca a la feminidad. Aprender a ser mujer, en ese contexto, ha significado también aprender a tolerar el malestar sin quejarse y a desconfiar de unos ciclos que, culturalmente, se han etiquetado como una debilidad o una molestia.

Esa mirada distorsionada tiene consecuencias. Cuando el ciclo se altera por estrés laboral o por una sobrecarga emocional, tendemos a pensar que nuestro cuerpo falla, en lugar de preguntarnos qué está fallando en nuestra forma de vida. Hemos interiorizado la idea de que debemos funcionar como máquinas, y cualquier irregularidad se vive como un defecto personal, no como una respuesta lógica a un entorno agotador.

Invertir en investigación menstrual desde una perspectiva integral no es solo una cuestión científica; es una cuestión de equidad. Significa reconocer que la salud de las mujeres no puede desgajarse de su contexto. Quizá entonces dejemos de tratar el ciclo como un problema a silenciar o a corregir, y empecemos a entenderlo como lo que siempre fue: un termómetro fiable de cómo estamos viviendo. Porque el cuerpo no se equivoca; simplemente se cansa de no ser escuchado.

Lilliam Fondeur

Médica

Obstetrician / Gineco-Obstetra/ Experta en Infertilidad / Conferencista / Educadora Sexual /Derechos de las Mujeres. Especializada en la ginecología con énfasis defensa de los derechos de las mujeres. En 1999, obtuve mi especialidad de Gineco-Obstetra. Estudié Mujeres y Salud en la Universidad Complutense de Madrid 2014. Los medios de comunicación se han convertido en la tribuna por excelencia para la difusión de mi mensaje hacia la promoción de los derechos de las mujeres, dentro de ellos los derechos reproductivos y sexuales. Publico la columna “Mujeres y Salud” en el periódico El Nacional, y en adición, más de diez periódicos digitales nacionales e internacionales difunden mis artículos.Participo en el programa radial “Sólo para mujeres”, y en la Cadena de Noticias “SIN” con la sección “La Consulta “. Autora del Libro “Las Hijas de Nadie” y de más de 10 publicaciones médicas. He sido directora de la Dirección Materno Infantil y Adolescentes del Ministerio de Salud 2014-2016.

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