Las elecciones de medio término de 2026 en Estados Unidos constituyen una prueba del grado en que la personalización del poder político, el deterioro de las condiciones económicas y la nacionalización del voto pueden transformar la desaprobación de un presidente en pérdidas electorales para su partido. Inclusive, más allá de Estados Unidos, el fenómeno plantea una pregunta sobre la capacidad de las élites políticas para conservar el apoyo popular cuando sus prioridades se distancian de las preocupaciones materiales de sus electores. Es por esto que estas elecciones, que se celebrarán el próximo 3 de noviembre en Estados Unidos, han generado un debate intenso dentro de las filas del Partido Republicano debido al cuestionamiento de la extensión de la influencia de su líder, el presidente Donald Trump, y un aura de triunfalismo adelantado en las filas demócratas.

Estas elecciones, en las que se espera renovar ambas cámaras del Congreso de los Estados Unidos, suceden precisamente a dos años de las próximas elecciones presidenciales, es decir, a mitad de camino entre una elección presidencial y la siguiente. Por eso, suelen ser entendidas como elecciones de referéndum, pues buscan, más que pasar página, analizar el estado actual del país en comparación con el estado en el que se encontraba dos años atrás.

Debido a la alta polarización, la baja tasa de aprobación del presidente Donald Trump (36% de aprobación) y su involucramiento en el respaldo de candidatos de su partido, estas elecciones, que debieran estar más focalizadas en los distritos y sus asuntos internos, se han magnificado hasta convertirse en un debate constante sobre asuntos nacionales. En definitiva, las elecciones se han nacionalizado. Un candidato a la Cámara de Representantes no solo debe responder sobre su posición en materia de asuntos distritales, sino que también debe fijar posición con relación a temas como política exterior, defensa, ideología e incluso sobre opiniones que un presidente emite de manera constante. Esto ha llevado inclusive a algunos candidatos republicanos a apartarse de la figura central de su partido para calmar las aguas y focalizar más sus puntos y esfuerzos alrededor de otros temas.

Es por esto que mi predicción para estas elecciones será de un ambiente muy polarizado, entre un sector que apoye las decisiones que ha tomado el mandatario y aquellos que estén opuestos de manera inequívoca a su forma de gobierno.

Siguiendo el modelo psicológico de votaciones racionales, mi hipótesis parte de la idea de que las elecciones nacionalizadas hacen que la percepción que los votantes tienen del presidente y de su partido tenga una mayor influencia sobre su decisión de voto. Debido a que una de las fuerzas con mayor influencia sobre la decisión de los votantes es el partidismo o identidad partidaria, considero que la fuerte oposición a la administración Trump podría unificar a aquellos que están fuertemente identificados con los demócratas, pero también a los independientes con inclinación demócrata e, inclusive, a algunos independientes y votantes con vínculos débiles con el Partido Republicano. La baja aprobación de Donald Trump podría debilitar el apoyo de estos votantes y reducir la capacidad de ciertos candidatos de depender únicamente de la identificación partidista republicana. Espero, por el contrario, que los republicanos con una identificación partidista fuerte sean los más propensos a permanecer con el candidato de su partido.

Hay algunos votantes que no eran tan republicanos que se han bajado del barco debido a la polarización. Esto es particularmente importante en un distrito competitivo, conocidos en inglés como swing states/districts, donde los votantes que no tienen una identificación partidista fuerte pueden determinar el resultado de la elección.

Además, las medidas subjetivas que utilizan los votantes para evaluar el desempeño de los gobiernos pueden hacer que estas elecciones funcionen como una especie de referéndum sobre la administración Trump. Las personas que evalúan negativamente las condiciones del país pueden asociar ese deterioro con el presidente y con el partido que controla el gobierno. En unas elecciones nacionalizadas, esa evaluación puede extenderse a los candidatos republicanos en los distritos, aunque estos no sean directamente responsables de todas las decisiones de la administración.

En este sentido, la elección puede convertirse en una combinación de evaluación retrospectiva y expectativa futura. Si los votantes consideran que los últimos dos años han dejado al país en una situación peor, pueden votar mirando hacia un candidato que represente un cambio. Naturalmente, en una elección entre los dos principales partidos, ese cambio estaría representado por el partido que se encuentra fuera del poder. Por lo tanto, la elección puede funcionar como un referéndum sobre los republicanos, pero también como un voto de confianza hacia los demócratas al mismo tiempo.

Hay un detalle muy importante a entender a la hora de estimar la cantidad de escaños que están comprometidos. Desde 1938, el partido del presidente ha perdido escaños en la Cámara en 20 de 22 elecciones de medio término. La desaprobación presidencial aumenta además las pérdidas esperadas del partido gobernante. Por tanto, hay una muy alta probabilidad de que la administración Trump pierda el apoyo que ha tenido en el Congreso, lo cual tendrá implicaciones, principalmente en su política exterior, de la cual ha gozado total independencia de decisión por manejar la mayoría en ambas cámaras.

El desempeño e injerencia de Trump, más allá de las fronteras nacionales ha perjudicado aún más a los republicanos. Un buen contraste del otro lado del charco es Pedro Sánchez Independientemente de sus hazañas o desaciertos en el ejercicio del poder, ha demostrado ser un político sagaz, capaz de desenvolverse aun en medio de los peores escándalos de corrupción y nepotismo en su gobierno de coalición de izquierdas, como también en medio de una ingobernabilidad e inclusive masiva ola de inmigración ilegal, como pudimos ver recientemente en Ceuta. Pedro Sánchez ha sabido hacer de la política un arte complejo. Y ahora con las próximas elecciones que ha convocado de manera adelantada, busca salvar a su partido del colapso total al cual todas las encuestadoras le habían pronosticado. Para intentar salvar el barco del hundimiento en medio del mar, mejor lo hunde lo más cercano a la orilla, aun comprometiendo así su destino individual. Y lo hace también en el momento exacto en el que la derecha, en todo el mundo, está perdiendo fuerza, y además de manera muy repentina, como podemos observar en la tasa de aprobación de los presidentes de derechas en América.

Donald Trump ha hecho todo lo contrario. Su megalomanía cínica lo ha llevado a él y a todos sus allegados a un callejón sin salida. Se ha creído el dueño del mundo. Y ahora, todos los candidatos republicanos a los que ha respaldado, han sido perjudicados por su imagen. Va a sepultar a su partido. Similar a lo que sucedió con la izquierda y los demócratas hace poco tiempo, que fueron los autores de su propio desastre, con la proliferación de la izquierda woke y el alejamiento a las bases populares, además de un desentendimiento de la palabra con la acción (las bases populares dejaron de creer en discursos que pintaban una realidad que no existía), la izquierda le otorgó el poder a nivel mundial a la derecha por ineptitud. De la misma manera, comenzando ahora con la derecha, pareciera que están haciendo todo lo posible para dejarle el camino cada vez más fácil a la izquierda. Una izquierda demócrata que ha aprendido de sus errores y se ha sensibilizado. Alejado de la cultura woke, y acercándose a las bases populares y mayoritarias con un grito unísono de rebelión y rabia, por el alto costo de la vida, la vivienda, la especulación de los mercados, la amenaza laboral que representa la IA, el desempleo, la arbitrariedad de los señores tecno feudales con los data centers, los sistemas de vigilancia masiva que han tenido que desistir en casi todas las ciudades de EEUU, los costos médicos, la inflación rampante, el precio de la gasolina, la guerra en Irán, la invasión e injerencia en Venezuela y LATAM, el insider trading, la corrupción administrativa de Trump, la gestión fronteriza, las mentiras constantes de su presidente y su desfachatez, incredulidad, chistes de mal gusto y su acercamiento y protección sin deferencias a los billonarios de su círculo íntimo.

Parece un factor común que los grupos hegemónicos en este siglo están perdiendo o hasta cediendo el poder por ineptitud y por alejarse de las mayorías. La izquierda cuando hizo de las minorías sociales su foco, y la derecha cuando está haciendo de las minorías empresariales y oligárquicas su foco y única preocupación. Se les olvida que quienes los votan y los mantienen son los que viven en el piso de abajo, que son más, son más fuertes pues son motivados por la rabia, y cada vez con menos que perder. Ayer lo vimos en Brasil, donde el candidato pro-Trump perdió las elecciones contra todo pronóstico de las mayores firmas de encuestas del mundo. Aunque esto también está bajo la lupa, si realmente estas encuestas arrojan datos verdaderos o son utilizadas para transformar la opinión y percepción pública. Flavio Bolsonaro, quien se desplomó tras los debates con Lula y la salida a la luz pública de la verificada manipulación de las redes sociales de Lula por parte de Meta (Whatsapp, Instagram y Facebook). Quien comete durante los debates, el atrevimiento de llamar, a un hombre, obrero metalúrgico, quien perdió, a sus 17 años un dedo trabajando horas extras, “nueve dedos”. Quién medios brasileños revelaron que enfrenta una nueva investigación delitos de lavado de dinero, y cuya única propuesta política era la sumisión total a Estados Unidos y su amigo Trump, y la liberación de su padre de la cárcel, nos demostró ayer que el poder político de Trump, a nivel mundial, se ha desplomado. Asociarse con nombres como Trump o Milei, es sinónimo de aversión, por la demagogia política que han ejercido, y por los malos resultados que presentan de manera doméstica. Si algo se repite en la historia y en la política de manera inequívoca, es que los que tienen el poder siempre es el pueblo, que naturalmente son más que los que los gobiernan. Y cuando estos se hartan, y se vuelven a dar cuenta que son los verdaderos poseedores del poder, deciden tirar de la soga. Y la fuerza con la que tiran de esta, depende exclusivamente de la gravedad de su ira. Debemos seguir prestando atención cercana a los fenómenos y revueltas juveniles que hoy acontecen alrededor del mundo, como la revuelta estudiantil que sacó del gobierno a Aleksandar Vučić en Serbia. Y las 177 protestas que en 38 días se realizaron en 12 países de Europa, dirigidas por jóvenes que están dispuestos a plantarle cara al neofascismo liberal que hormiguean por todo el mundo y los algoritmos que ponen en peligro la democracia.

Amadeus Belliard

Estudiante de economía

Amadeus Belliard. Columnista de Acento y comentarista de televisión sobre economía, finanzas y política. Autor del libro Ermitaño de la montaña (2022). Estudia Economía y Ciencias Políticas en la Universidad de Pittsburgh y posee un Certificado en Negocios Internacionales de la Universidad Pompeu Fabra. Preside el capítulo de ALPFA (Asociación de Latinos Profesionales en América) de su universidad.

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