Con mucho detenimiento siempre leo y releo las entregas de mis estimados amigos y amigas acerca de tema en boga: la transformación del sistema educativo. En su última entrega, Radhamés Mejía insiste en que lo fundamental, los aprendizajes, debe colocarse en el primer lugar de la cuestión.

Por esa razón, él insiste en que pensar sobre la nueva ley de educación que el país necesita debe orientar su mirada hacia una educación de calidad y pensar cómo traducirla activamente en algo más exigente: el derecho efectivo de aprender, y de aprender, durante toda la vida. Es el mandato de la Constitución.

No puedo obviar mi total acuerdo con lo señalado, sobre todo, cuando la tendencia “política” al hablar de “transformación de la educación” se subsume, principalmente, en el cambio de la superestructura que, a final de cuentas, es la que mueve los recursos y no, en la infraestructura, que son las escuelas y los estudiantes, el último eslabón de la cadena.

Sin menospreciar a nadie ni nada, lo anterior me trajo a la memoria el artículo publicado en el Heraldo de Aragón el 27 de noviembre del 2023 por Irene Vallejo en que abordaba la diferencia semántica y algo más allá de lo semántico, entre Maestros y ministros, que les animo a leer en (7) Irene Vallejo – Más y menos: las etimologías de “maestros” y… | Facebook o en Maestros y ministros reunidos con Irene Vallejo – Diario Libre

Sin embargo, y volviendo sobre el tema, prefiero hacerme una pregunta previa partiendo del presupuesto básico de que la educación de calidad no es una cuestión discutible, sino una condición necesaria y pertinente. Esa cuestión hace alusión al país que queremos hacer posible y con ello, a los ciudadanos responsables de su construcción.

Un Sistema Educativo Nacional adquiere sentido cuando deja de ser solamente un conjunto de escuelas, currículos, docentes, materiales didácticos, normas, estructuras, institutos y presupuestos, y se convierte en un proyecto de construcción de sociedad.

Habiendo abordado ese tema es cuando entonces, y sólo entonces, debemos preguntarnos qué ciudadano, con cuáles instituciones y forma de relacionarse, cuáles capacidades y habilidades son necesarias, y por tanto, cuáles valores cohesionarían y soportarían el país anhelado y, en consecuencia, la educación que debemos construir.

Esta relación podría expresarse de esta manera: el país que aspiramos → el ciudadano que necesitamos → la educación que debemos ofrecer → la sociedad que hacemos posible. Como se puede ver, esto supone una relación dialéctica entre la educación que es producto de una sociedad determinada – con sus desigualdades, valores, instituciones, economía y cultura- , al mismo tiempo con la capacidad de reproducirla o transformarla.

La sociedad que se perfilaba hacia el 2010 cuando se formuló la Estrategia Nacional de Desarrollo 2010-2030, ¿sigue siendo la misma que hoy anhelamos con todos los cambios que el mundo ha experimentado desde entonces? Si fuera así, deberíamos de nuevo releerla y confirmar su pertinencia.

Mientras tanto, propongo cinco grandes propósitos que pudieran ayudarnos a avanzar en el tema en cuestión:

  1. Un propósito ético y ciudadano. La educación que aspiramos debe contribuir a formar personas capaces de vivir con otras (uno de los pilares de Delors): reconociendo su dignidad y la del otro; asumiendo responsabilidades, resolviendo conflictos sin acudir a la violencia, participando democráticamente y comprometiéndose con el bien común y el bienestar de todos. No es suficiente “formar recursos humanos para el trabajo”.
  2. Un propósito de desarrollo humano. La educación debe hacer posible que las personas puedan construir una vida digna y que consideren valiosa. Recordemos con Amartya Sen: educar no consiste únicamente en transmitir conocimientos, sino en desarrollar capacidades y libertades reales (un segundo pilar de Delors).
  3. Un propósito de cohesión y justicia social. Un sistema educativo adquiere legitimidad cuando contribuye a disminuir, y no a reproducir, las desigualdades de origen. Ello nos obliga a preguntarnos algo incómodo: ¿ofrecemos realmente las mismas posibilidades educativas a un niño y una niña pobre que a otros nacidos en condiciones privilegiadas? Siempre iniciaba mis conversaciones con esta cuestión: No hay peor situación que una niña o un niño pobre estudie en una escuela pobremente gestionada. (Un tercer pilar de Delors).
  4. Un propósito económico y productivo. La educación debe relacionarse estrechamente con el modelo de desarrollo del país: productividad, ciencia, tecnología, innovación, emprendimiento y trabajo. Sin embargo, esta relación no puede reducir ni a la escuela ni a la universidad en solo proveedoras de manos de obra. El ciudadano es mucho más que un trabajador y el desarrollo es también, mucho más, que crecimiento económico.
  5. Un propósito cultural y de futuro. La educación debe cumplir con la misión de crear y mantener la memoria colectiva y la identidad, al mismo tiempo que enseñar a cuestionarlas y recrearlas. Debe prepararnos para un mundo en construcción que aún no existe de manera plena: inteligencia artificial, transformación del empleo, crisis ambiental, envejecimiento demográfico, nuevas formas de ciudadanía y convivencia. (Un cuarto pilar de Delors).

De esta manera, no es posible diseñar seriamente una transformación educativa sin una visión de país, si antes no establecemos las relaciones explícitas y necesarias entre el país que aspiramos y la educación que lo hará posible. ¿Cómo queremos que sea la República Dominicana dentro de 20 o 30 años y qué tipo de ciudadano y ser humano, debe contribuir a construirla? Esta es una pregunta inevitable para hablar de transformación del sistema educativo nacional.

Julio Leonardo Valeirón Ureña

Psicólogo y educador

Psicólogo-educador y maestro de generaciones en psicología. Comprometido con el desarrollo de una educación de Calidad en el país y la Región.

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