“La verdadera Utopía es cuando la situación está tan sin solución, sin manera de resolverla dentro de los límites de lo posible, que por el puro impulso de supervivencia tienes que inventar un nuevo espacio. La Utopía no es una especie de imaginación libre. La Utopía es una cuestión de urgencia más profunda. Estás obligado a imaginarla como la única salida, y esto es lo que necesitamos hoy”. (Slavoj Žižek)

El 4 de julio de 1776, el segundo Congreso Continental en Filadelfia proclamó la independencia de los Estados Unidos de Norteamérica, desencadenando una larga serie de acontecimientos históricos que sacudirían y transformarían al mundo para siempre. Podría considerarse, desde un punto de vista genealógico, que con el documento de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica —redactado en gran medida por el revolucionario Thomas Jefferson (1743-1826), quien más adelante sería el tercer presidente de la recién nacida nación— se da inicio formal a la democracia moderna.

Pero, no obstante, no debemos olvidar que quienes proclamaron esta revolucionaria separación de Gran Bretaña eran en su mayoría pertenecientes a la clase social de los esclavistas descendientes de los ingleses que habían arribado al territorio que bautizaron como “Norteamérica” a someter y exterminar a los pueblos originarios de tal lugar. Es decir, que la famosa Declaración de Independencia dejó fuera de su ideal democrático, no solo a los esclavos afrodescendientes y los pueblos originarios, sino también a las mujeres, a las niñas, niños y adolescentes, a los colonos que no eran grandes hacendados, etc. Pero el verdadero valor de tal documento reside en que consiste en ser uno de los principales textos fundacionales en la historia humana en establecer el derecho de los pueblos a derrocar a sus gobiernos si éstos se tornaban en detrimento de su bienestar y sus intereses.

Sin embargo, la participación de Francia —que perseguía debilitar a su archirrival Inglaterra a toda costa— en la guerra revolucionaria norteamericana, dirigida por el general George Washington (1732-1799), posteriormente primer presidente de los Estados Unidos, endeudó tanto a aquel Estado europeo, que terminó contribuyendo a la hambruna y el malestar del pueblo francés, lo cual incidió en el estallido de su propia revolución democrático-burguesa y antimonárquica. A su vez, la Revolución Francesa encendió la mecha de la subsiguiente Revolución Haitiana, cuando los esclavos de Saint-Domingue se inspiraron a emanciparse en su tierra tal como lo habían intentado los franceses en la suya.

Así que podemos apreciar cómo la democracia moderna es el resultado de un complejísimo, tumultuoso y sangriento proceso de luchas por parte de la burguesía emergente y sus aliados, que se beneficiaron con la conquista y colonización de “América”, y que se fue profundizando y radicalizando con el tiempo, a medida que las demandas populares obligaban a tal profundización. Pero, este sublime sueño de la burguesía no tardó en convertirse en la peor pesadilla para sus nuevos súbditos: la clase proletaria de las y los obreros asalariados.

A lo largo del siglo XX, las luchas de clases y geopolíticas fueron transformando el mundo, hasta que, con el colapso del bloque mal llamado “socialista” entre los años 1989 y 1991, emergió un nuevo ordenamiento mundial que los teóricos neomarxistas Michael Hardt (n. 1960) y Antonio Negri (1933-2023) denominaron —en su trilogía Imperio (2000), Multitud (2004) y Commonwealth (2009)— “Imperio”: un orden poscolonial y posimperialista consistente en una red descentralizada de poder que integraba a estados-nación, corporaciones multinacionales y organismos internacionales. Este nuevo “Imperio” operaba sin centro único, pero se dedicaba a gestionar y controlar los flujos globales de capital, mercancías y personas.

Bajo estas nuevas condiciones, sostienen Hardt y Negri, la fuerza productiva y cara obversa del “Imperio” sería la “Multitud”, aquella constelación de trabajadores manuales e intelectuales, migrantes, precarios y activistas, responsables de crear la riqueza social, a la cual ellos denominan “el común”. En este nuevo mundo, la contradicción principal consistiría en aquella entre la libre circulación de información y capital y la restricción al movimiento de personas, por medio de fronteras nacionales, leyes de inmigración y muros. Frente a esta realidad, Hardt y Negri proponen el derecho a la ciudadanía global, basado en los siguientes factores:

  1. El derecho a la libre circulación y residencia: En un mundo globalizado, la condición misma de humanidad es portadora de un derecho natural a moverse a través de las fronteras, a residir donde se elija y a trabajar donde se desee.
  2. El derecho a reclamar “el común”: Esta ciudadanía global no implicaría solamente el derecho a moverse, sino además el derecho a participar en la producción y el disfrute de lo que los autores denominan “el común”, es decir, los bienes comunes naturales, como el agua y el aire, así como los bienes comunes sociales, como el conocimiento, la cultura y la información. De tal modo que la ciudadanía global propuesta por Hardt y Negri se basaría en la producción misma de la “Multitud” y no en la pertenencia pasiva a una nación.
  3. El derecho de reclamo contra los estados-nación: Sería una herramienta política para desafiar el sistema de la ciudadanía nacional en contra de la jerarquía y la exclusión global. Por ende, la ciudadanía global sería igualitaria y no excluyente, contrario a la ciudadanía nacional, que por definición separa a ciudadanos de no ciudadanos.

Sin embargo, es importante recalcar que, para Hardt y Negri, esta ciudadanía global no es otorgada por Estado alguno, sino que ha de ser construida por la acción política de la “Multitud”. Tampoco es un derecho abstracto, sino que se halla ligado a la participación material en la creación de riqueza social.

Hoy en día, cuando las fuerzas del “Imperio” colapsan sobre sí mismas, arrastrando al mundo hacia situaciones cada vez mayores de riesgo, tales como el cambio climático, los neofascismos ultranacionalistas y las conflagraciones bélicas interimperialistas, este derecho a la ciudadanía global actúa como la promesa incumplida del proyecto democrático inicial por el cual la burguesía derramó ya tanta sangre en el pasado. Ahora, frente al peligro de la extinción masiva, nos urge —como dirían los propios Hardt y Negri— transformar todos nuestros pueblos en multitudes.

Gabriel Andrés Baquero

Filósofo

Gabriel Andrés Baquero (n. 1992, Santo Domingo, República Dominicana) es filósofo y escritor. Licenciado en Humanidades y Filosofía por el Instituto Superior Pedro Francisco Bonó (2018) y Magíster en Estudios Caribeños por la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (2022), se dedica a la investigación y reflexión sobre temas culturales, históricos y políticos.

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