Muchos analistas han alabado el discurso del primer ministro canadiense, Mark Carney, en Davos, por reconocer públicamente el fin del orden internacional liberal, regido durante ocho décadas por la hegemonía estadounidense, y el regreso de los imperios, que sustituyen la ficción de un mundo normado por reglas por la pura, cruda y dura ley de la selva o estado de naturaleza global.
El consenso general es que Carney ha dicho una verdad. Y una verdad que todos conocíamos, pero no reconocíamos. ¿Cuál verdad? Lo dice el propio primer mandatario canadiense: “Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera. Que las reglas comerciales se aplicaban de manera asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con rigor variable según la identidad del acusado o de la víctima”.
Se trata, sin embargo, como el propio Carney reconoce, de una media verdad. Y es que, en palabras de Josué Fiallo, “denunciar la impotencia del derecho no equivale a autorizar su demolición. La respuesta al mal funcionamiento de un hospital no es incendiarlo; es exigir que funcione, reformarlo, dotarlo de recursos y responsabilizar a quienes lo administran mal”. En otras palabras, que el ser de la realidad internacional no sea como debe ser no significa que debamos prescindir del deber ser. Hay que luchar para que la norma se vuelva normal y para que la facticidad responda a la validez.
Carney sostiene, junto con Vaclav Havel, que hay que “vivir en la verdad”, “dejar de invocar el ‘orden internacional basado en normas’ como si siguiera funcionando tal como se anuncia” y “llamar al sistema por lo que es: un período en el que los más poderosos persiguen sus intereses usando la integración económica como un arma de coerción”.
La política de la verdad de Havel y Carney es todo lo opuesto a la política de la mentira de Trump. Bien lo dice Fernando Mires, sobre los hombros de Hannah Arendt, “la mentira, para Trump, es un arma y puede usarse cuando es puesta al servicio de ‘su’ verdad, si esa supuesta verdad quiere ser alcanzada”.
Ahora bien, que Trump y muchos de los actores de su régimen sean mentirosos no significa que no puedan ser francos, o sea, que digan lo que piensan sin tapujos, filtros ni dobleces. Para muestra un botón. Como bien revela Arnaud Bertrand, la Estrategia de Defensa Nacional 2026 describe a Taiwán como una sección de su "Primera Cadena de Islas", una mera fortificación militar, solo útil como defensa de primera línea de Estados Unidos, al extremo de que, como afirmó en 2023 Elbridge Colby, “si estallara una guerra, Estados Unidos debería bombardear Taiwán y destruir su industria […] para evitar que cayera en manos de la República Popular China”.
Hay que dar una calurosa bienvenida a esta política de la franqueza, no tanto porque revele verdades sino porque podemos resistir con la verdad a las mentiras franca y descarnadamente comunicadas. Y es que, lo dice Rubén Amón, lo que Carney ha demostrado es que “pensar con claridad también es una forma de acción. En tiempos de embestida imperial, cuando la fuerza vuelve a hablar sin disimulo, esa claridad quizá sea lo más parecido a una brújula”.
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