Asistimos en esta tercera década del siglo XXI a un predominio de liderazgos políticos que han logrado victorias electorales en base a discursos de deshumanización. Aunque el blanco de estas acciones son grupos determinados (migrantes, negros, eslavos, palestinos, mujeres, pobres, no-heterosexuales, judíos…) se deduce que el desprecio por cualquier grupo humano termina siendo una argumentación contra todo ser humano. La deshumanización aniquila la dignidad humana y coloca en su lugar el enriquecimiento de minorías y la concentración del poder en élites.

El liderazgo social y político tiene dos opciones, o dedica su atención a servir el bienestar de todos, o se convierte en una herramienta al servicio de un grupo de la sociedad y perjudicar al resto. Cuando desde el Estado, partidos políticos u organizaciones de la sociedad civil se promueve la marginación y discriminación de grupos de personas, llegando en algunos casos a prácticas de retaliación, sufrimiento y hasta el asesinato en masa, siempre es para beneficiar a grupos determinados. El odio contra unos siempre es para beneficio de otros, pero una vez se deshumaniza a grupos de personas se destruye la dignidad de todo ser humano como valor intrínseco y quienes son beneficiarios de dichas políticas lo son por su riqueza o su vinculación al poder, no por ser seres humanos.

Cuando Montesinos defiende a los aborígenes de nuestra isla frente a los castellanos explotadores que negaban la humanidad de los tainos para enriquecerse con su trabajo, les llama la atención de que los aborígenes tienen alma humana igual que ellos (los castellanos). Los dominicos en sus dos sermones van más allá y al dirigirse a sus compatriotas que son bautizados los increpan a cumplir con el Evangelio y por tanto que están obligados a amarlos como a ellos mismos. Esta línea argumentativa es la misma que desarrollaron los obispos dominicanos en su carta pastoral de enero del 1960 donde detallaban los derechos que tienen todos los seres humanos por su naturaleza misma y que la señal de identidad del cristiano es el mensaje de Cristo y no -deduzco yo- la palmita trujillista.

En la dictadura franquista la deshumanización tuvo como blanco a todos los que se oponían a la tiranía de Franco, denominándolos “rojos”, incluyendo socialistas, comunistas, anarquistas, liberales, republicanos, masones y judíos.  Una buena parte del liderazgo de la Iglesia Católica española “consagró” ese proceso de deshumanización con nombre propio: el nacionalcatolicismo. La influencia de ese movimiento se sintió en República Dominicana entre 1962 y 1963 en el activismo antidemocrático de laicos y clérigos contra el gobierno de Bosch.

En la Alemania nazi los discursos de deshumanización se convirtieron en acciones concretas contra judíos, eslavos, gitanos, pobres, enfermos, etc. Los campos de exterminio y la guerra de tierra arrasada en el frente este, con sus millones y millones de muertos, llevó la deshumanización a su objetivo último: el genocidio. Ocurrió en el proceso de la conquista de América por los europeos, ocurrió en la tiranía de Trujillo, durante la guerra civil española y la dictadura franquista, el régimen criminal nazi y ocurre hoy en Palestina. Siempre la deshumanización conduce al genocidio como expresión suprema.

El neoliberalismo económico que cobra fuerza a partir de los años 70 del siglo pasado ha sembrado el mundo de pobreza y marginación, empujando a procesos migratorios masivos, ya que nadie se muere de hambre quieto, y ha impulsado los discursos y proyectos políticos de extrema derecha. Si el neoliberalismo ha concentrado la riqueza en manos de pocos, la destrucción de la democracia que lidera actualmente la extrema derecha reducirá la voluntad política en los beneficiarios de ese modelo económico.

Si en la Alemania nazi, la España franquista o la República Dominicana trujillista la propaganda convencía a muchos de que dichos regímenes eran lo que más les beneficiaba, el uso de las redes sociales en la actualidad de parte de sociópatas de extrema derecha como Trump, Milei u Orbán son más efectivos y crean vastos procesos de alienación entre la población de sus sociedades que desarrollan discursos deshumanizantes contra grupos sociales mientras los dueños de los grandes capitales empobrecen a la inmensa mayoría.

La destrucción de la democracia es una consecuencia del neoliberalismo, ya que el capitalismo no necesita de la democracia para desarrollarse (como ingenuamente algunos piensan), ya que ha convivido ventajosamente con regímenes como la esclavitud o la dictaduras. Es indudable que la democracia representativa es producto del desarrollo de las sociedades capitalistas más avanzadas entre el siglo XVII y el XX, pero hoy día la República Popular China y Vietnam están dirigidos por Partidos Comunistas y sus economías son capitalistas, semejante a la dictadura de Pinochet o como fueron en décadas pasadas Corea del Sur o los llamados tigres asiáticos.

Quienes quieran hoy defender la democracia y el Estado de derecho deben enfrentar indudablemente a la extrema derecha y sus discursos deshumanizantes, pero su blanco esencial debe ser el neoliberalismo. No basta con etiquetas de izquierda, socialdemócratas o liberales para fortalecer la democracia, si asumen la economía neoliberal están disolviendo la construcción de sociedades para el bien de todos y estimulando los discursos y las prácticas deshumanizantes.

David Álvarez Martín

Filósofo

Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Profesor de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). Especialista en filosofía política, ética y filosofía latinoamericana.

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