Para comprender, discernir e interpretar la historia es esencial ordenar las ideas según el contexto natural y cultural en que se ha desarrollado un pueblo. Así se ubican su identidad, su memoria y el rumbo que da esperanza al porvenir. Si cada nación esclareciera los procesos de su pasado y estudiara las causas que los dirigieron o forzaron, daría el primer paso, y el más eficaz, hacia una memoria colectiva que necesita atender y esclarecer el pasado si quiere asegurar su porvenir.

En las tierras conquistadas por los españoles, que eufemísticamente se dicen descubiertas, se destaca una isla de las Antillas Mayores, la Española. Por giros del destino la ocupan dos naciones diametralmente opuestas en cultura e idioma: la República Dominicana, con 48.670 km², y Haití, con 27.750. En ella los conflictos fronterizos siempre han estado latentes; basta recordar la ocupación francesa de las tierras de la frontera entre 1697 y 1777.

Lo que ha causado estupefacción y complicado nuestra realidad histórica es el surgimiento, al occidente, de un pueblo que emergió de la esclavitud para convertirse en 1804 en el segundo país de América en lograr su independencia, pero el primero en liberar a una raza maltratada y humillada por las potencias de la época. Haití, la tierra de altas montañas y escabrosos senderos, magnifica a sus héroes, Dessalines y Pétion, con un sentido de identidad mayor que el nuestro, y en su escudo una bandera proclama «L’Union fait la force» («La unión hace la fuerza»). La mayoría de los dominicanos no conoce su propia historia, y menos aún la de Haití.

Indignación

Escribí en 2008, cuando las tormentas sacaron a flote la miseria espantosa de ese pueblo, que las escenas de gente «matándose» por algo que comer causaban pena y vergüenza, pero, más que eso, indignación. Hoy esa indignación tiene cifras nuevas. Según Naciones Unidas, en lo que va de 2026 la violencia de las bandas ha matado en Haití a unas 5.700 personas, y más de un millón y medio vive desplazado de sus hogares. Las elecciones, aplazadas una y otra vez desde el asesinato del presidente Jovenel Moïse en 2021, están convocadas ahora para el 13 de diciembre, y el propio gobierno admite que dependen de la seguridad. La Fuerza de Supresión de Pandillas autorizada por el Consejo de Seguridad acaba de ser renovada por seis meses sin haber logrado contener a las bandas.

Del abismo habló la hermana Marcella Catozza cuando hombres armados con ametralladoras, pistolas y machetes asaltaron su orfanato, el Kay Pè Giuss, y se llevaron cuanto encontraron: «Haití va hacia el abismo, aquí no se construye un futuro diferente».

Mantengo lo que escribí entonces: la responsabilidad es compartida. Los intelectuales y la clase dominante haitiana tienen la primera parte. «Unos presumen de seres superiores por la herencia fortuita de su cultura; los otros se dan a la petulancia, amparados en su dominio económico». El historiador haitiano Justin Chrysostome Dorsainvil dijo de Septimus Rameau, sobrino del presidente Michel Domingue y dueño del gobierno entre 1874 y 1876, que era de una vanidad tan grande que solo tenía fe en sí mismo. La cultura esmerada de unos pocos, los grupos privilegiados y la erudición nunca han favorecido los vientos de progreso en Haití.

Los dominicanos tenemos nuestra parte, porque hemos utilizado a ese pueblo para suplir las deficiencias del nuestro, en trabajos mal pagados, con el despropósito de obtener cuestionables beneficios de una mano de obra barata. Y la comunidad internacional tiene la suya, porque no ha sido capaz de aplicar una política coherente que dé a ese país la paz que merece.

Es de bien nacidos ser agradecidos

Leí con estupor, tras el paso del huracán Matthew, que la élite haitiana rechazaba la ayuda dominicana por considerarla una «invasión» de alimentos que haría a Haití dependiente de la República Dominicana. Esos «intelectuales» alegaban que los dominicanos enviábamos la ayuda «aprovechando la situación para deshacerse de sus productos, buenos o malos». El empresario Jean Robert Argant alertaba para que Haití no dependiera en el plano alimentario de los dominicanos. Parecían olvidar que la mayoría de los productos que consumen los haitianos son dominicanos, que sus compatriotas trabajan libremente aquí, se curan en nuestros hospitales y cruzan la frontera, ida y vuelta, todos los días, porque en su país no hay modo de vida decente.

Haití ni siquiera puede considerarse un Estado nación, porque ese concepto es un todo. Además de una unidad territorial, es una organización política donde deben imperar el orden y la seguridad. La llamada República de Haití no es capaz de garantizar a sus ciudadanos una vida digna. De eso nos hemos encargado los dominicanos.

La patria que gime

La patria, la tierra paterna a la que estamos ligados en lo afectivo, cultural e histórico, gime de dolor. La causa no es que estemos siendo «ocupados» pacíficamente por una población haitiana que cree tener derecho a reclamar su espacio territorial, sino la desidia de los ciudadanos de la parte oriental, carentes de sentido de la dignidad nacional. A ella se suma la irresponsabilidad de los gobiernos de turno ante una migración descontrolada por falta de una política adecuada; diría, más bien, por falta de conciencia del problema. Solo en los siete primeros meses de este año, la Dirección General de Migración deportó a 250.429 haitianos, más de mil por día. Deportar sin una política es vaciar con un cubo un barco que hace agua.

Joaquín Balaguer lo advirtió en La isla al revés: «Haití sigue constituyendo un peligro en proporciones casi inconmensurables para nuestro país desde otro punto de vista. La penetración a través de las fronteras terrestres amenaza con la desintegración de sus valores morales y étnicos a la familia dominicana… Es posible, pues, que ese peligro, si no se detiene a tiempo, facilite al cabo la absorción por Haití de la República Dominicana». La solución no es fácil, ni consiste en discutir quién es más nacionalista. Es un problema de conciencia.

El humanismo cristiano, que busca «mejorar la vida humana misma» y hacer posible que todos vivan en la tierra «como hombres libres», comprendiendo «la igualdad esencial que hay entre los seres humanos, manifestada en el respeto y en la fraternidad», nos obliga a mirar al haitiano como hermano. Y nos obliga también a defender la casa común que es la patria.

Predicción o premonición

En el libro del Génesis (49,1), Jacob reúne a sus hijos y les dice: «Reúnanse, que les voy a contar lo que les va a suceder en el futuro». Eso pretendo, sin ocultar el desenfado ante la impotencia de carecer de la fuerza necesaria para producir un cambio de mentalidad sobre la migración haitiana. Confieso que no me ha influido ninguna corriente de pensamiento: escribo por una preocupación social e histórica.

Ante este panorama sombrío, el recurso idóneo para examinar las consecuencias de la irresponsabilidad de los gobiernos de turno es la predicción social. Como diría Alvin Toffler, aun sin ser científica ni estar exenta de subjetivismo, apunta a un shock del futuro por los costos personales y sociales que traerá la penetración fría y calculada de una gran parte de la población haitiana en territorio dominicano. Esa mirada se sustenta en hechos pasados y presentes. Del pasado, el sangriento degüello de Moca de 1805, que Iván Carvajal describió en Tribuna Mocana. Del presente, los guetos y la penetración cultural de una lengua como el creol, con flujos migratorios continuos que alterarán nuestra identidad.

Parafraseando a Bruno Rosario Candelier, la extraña quietud de nuestro pueblo le impide tomar conciencia de que algo grande ocurrirá. Jean Price-Mars, en La República de Haití y la República Dominicana, se refería al soldado haitiano de la guerra de independencia y a la integridad e indivisibilidad del territorio insular como sostén de la independencia haitiana. Sin ser profeta de desgracias, veía el horizonte ensombrecido por nubes grávidas de tormenta.

Es tiempo de que los gobiernos dominicanos entiendan dos cosas. La primera, que estaremos condenados a unir nuestro destino con el de Haití, subsidiándolo, mientras no contribuyamos seriamente a su desarrollo. La segunda, que hay que preservar la dignidad, que en buen dominicano se dice así: «Quien mucho se abaja, mucho se le ve».

Si el lema de los haitianos es que la unión hace la fuerza, el nuestro es «Dios, Patria y Libertad». Mientras tengamos el signo de la cruz como protección, la isla no se perderá. Ojalá no sea muy tarde para recordarlo.

Juan Francisco Puello Herrera

Abogado

Juan Francisco Puello Herrera es abogado egresado de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU) en 1972, donde fue Decano de la Facultad de Derecho, profesor de Derecho Civil y director de los Consultorios Jurídicos. Cuenta con una vasta experiencia de más de 52 años de ejercicio profesional, representando a empresas nacionales e internacionales en numerosos negocios transaccionales y litigios, principalmente sobre asuntos civiles, comerciales, laborales e inmobiliarios, así como en el manejo de acuerdos, negociación y conciliación, notaría y derecho societario. Es considerado un referente nacional en derecho corporativo, resolución alternativa de conflictos y derecho deportivo. Realizó la Maestría en Ciencias Religiosas (1991-1995) en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), Post Grado en Especialización en Derecho Constitucional de la República Dominicana (2010) y Maestría en Derecho Constitucional Público (2011-2012) en la Universidad Castilla-La Mancha; Diplomado en Derecho Procesal Penal y Constitucional en la Universidad de San José Costa Rica (2007) y Diplomado en Arbitraje Comercial Internacional (2009) en la Cámara de Comercio de Bogotá. Es Doctor en Derecho (PhD) por la Universidad Externado de Colombia en convenio con la PUCMM. Fue profesor de Derecho Comercial de la Universidad APEC y UNIBE. Actualmente labora para la PUCMM, donde imparte Sociedades Comerciales en la Maestría de Negocios Corporativos y Resolución Alternativa de Conflictos a nivel de licenciatura. Desde 2007 hasta 2015 fue coordinador de la Maestría en Negocios Corporativos en la PUCMM, y desde 2015 hasta 2021 fue miembro del Comité de Ciencias Jurídicas de Postgrado. Es miembro del Consejo Directivo de la Escuela Nacional de la Judicatura y Comisionado de la Confederación de Béisbol Profesional del Caribe (CBPC). Es un reputado Árbitro y Mediador del Centro de Resolución Alternativa de Controversias de la Cámara de Comercio y Producción de Santo Domingo (CCPSD). Ha recibido reconocimientos como la Medalla de Honor al Mérito de la Cámara de Comercio y Producción de Santo Domingo por su contribución al desarrollo y fortalecimiento del Arbitraje Comercial Internacional y Comercial en la República Dominicana, el reconocimiento de la Universidad APEC por su contribución a la formación profesional, y la Medalla al Mérito de la Comisión Interamericana de Arbitraje Comercial (octubre, 2013). Es autor de diversos libros y de más de un centenar de artículos de interés jurídico. Es miembro de número de la Academia de Ciencias y del Colegio de Abogados de la República Dominicana, así como del Colegio Dominicano de Notarios.

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