Podría entenderse que la inteligencia se mide por la preocupación por el otro y la sabiduría por sí mismo, o que terminan siendo ambas penas a la vez.

Se diría que la excesiva preocupación por sí mismo de estos tiempos es de sabio o de inteligencia, y aun así eso estaría por verse; lo mismo cuando se pretende ser uno y otro en estado de "pureza".

Un precepto clásico de la sociología resalta que el hombre nace bueno y la sociedad lo pervierte. Con esto, quizás, y la referencia anterior, se quiere decir que el hombre es sabio desde su nacimiento y que, al buscar la manera de sobrevivir, lo hace inteligente; que la inteligencia es una forma de dar un toque diferente a cómo miramos y transformamos nuestro entorno, heredado de nuestros mayores, en el orden de lo tecnológico, científico y todo lo que se fragua en un laboratorio, incluyendo un tipo de fe religiosa. No se debe obviar que todo esto es palabrería, galimatías para llamar la atención tanto de la inteligencia como de la sabiduría que, en esencia, es el fin de estas líneas que no tienen ninguna predeterminación o pretensión, a no ser que cada quien despierte un chin de sí mismo (sabiduría) y se cuide hasta donde le sea posible (inteligencia), pero ¿cuándo no ha sido así desde los albores de la humanidad consciente, paso a paso?

Aparentemente, cuando todos los aprendizajes se reducen a un solo término —cuidarse—, y ese cuidarse tiene que ver con la sabiduría y la inteligencia acumulada por la humanidad de la que se tiene memoria o no, da mucho qué pensar, aunque tampoco se llega muy lejos. Es como caer dentro de un pozo: en principio hacemos todo lo posible por salir y después nos resignamos, y aparece, como por arte de magia, la forma de salir, sea por el buen samaritano o por algo de adentro que nos iluminó y no era nuestra hora.

El optimismo de hojalata con fe es el que está de moda; pues bien, asumámoslo, no hay de otra. Quien sea que esté tocando a la puerta —el calentamiento global, las guerras, comernos unos a los otros y otras tantas maneras de destrucción—, que espere. Esta última palabra pesa tanto en los hombros cuando asedia cada paso que no se entiende como avanzar sino como estancamiento. Es como podría calificarse este tiempo. Cuando el ojo del huracán se haya desplazado de esperar lo peor…, lo que llevaría a pensar, o se está pensando, sería en reconstruir y olvidar. Pues ante lo inmenso todos somos iguales, para el buen o mal proceder de la vida, inteligencia y sabiduría. Su equilibrio, si no es vital, es bueno considerarlo.

Cuando la condición de ser humano se niega a sí mismo a pensar en el otro y solo en sí mismo, está en la vía contraria de la peor manera. ¿Neutro? El fin siempre debe ser el cuidar, el velar por el otro a partir de sí mismo, no el de la imagen que refleja el espejo, sino el del que está al lado con su sombra, tanto a la luz de una vela como ante los rayos del sol o la luz fluorescente. En esencia, todo es el otro y sí mismo, por más que se quiera pensar lo contrario. El otro es la mano que nos hace falta, la que pertenece a la "evolución" del hombre. Hay que pensarse en estos tiempos como un cuento sin final feliz, dado que la característica del cuento no es el final feliz sino lo paradójico: "De pronto se dio cuenta de su proceder y de seguir de terco les acarrearías…"

La vida podría acercarse a la forma abierta o cerrada de una novela, y a otras tantas maneras de terminarla. Con un principio y un final abierto, donde entran y salen los personajes, todos revestidos de la aurora del sueño, pero dentro de su discurrir se constituye en un cuento bien o mal contado, que va a depender de quien la escriba. Al cuento se le valora por su final sorpresa. Nuestro planeta, con lo del calentamiento global, guerras inminentes, la libre determinación de los pueblos y el mesianismo de pueblos bendecidos por Dios, anda detrás del final sorpresa de este mundo cuadrado, y no hay que señalar culpables por un exceso de inteligencia quizás mal aplicada, más que mal aplicada, desaprensiva.

Amable Mejia

Abogado y escritor

Amable Mejía, 1959. Abogado y escritor. Oriundo de Mons. Nouel, Bonao. Autor de novelas, cuentos y poesía.

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