La historia de mamá, María Cristina Torres Suárez Vda. Báez —a quien todos llamaban cariñosamente doña Mery— se enlaza con la memoria de aquel ataúd que narré en La breve historia de un ataúd, pero esta vez quiero detenerme en la vida que siguió después de la ausencia definitiva de Rafael Báez. Ella se convirtió en viuda oficialmente a principios de los años 70, cuando recibió el documento que confirmaba lo que ya intuía desde 1965: su esposo, combatiente de la Guerra Patria Constitucionalista, había sido declarado muerto tras su desaparición. Ese papel selló el inicio de una fuerza de esas que no se heredan y que salen de lo más profundo de un ser.
Doña Mery encontró en la costura una trinchera de resistencia y un sustento. Su máquina de coser, instalada entre la sala y el comedor de nuestra casa en la calle 17 esquina 16 (Padre Castellanos con Eduardo Brito, Santo Domingo), se transformó en protagonista de nuestro hogar. Allí, entre hilos y telas, confeccionaba pedidos de sus clientes del barrio. Y camisas a la medida, su especialidad y su orgullo, que cosía para mí, su primogénito. Esas camisas nuevecitas resaltaban con elegancia frente a los pantalones gastados y los zapatos remendados. ¿Será que ella quería recordarnos que la dignidad debía existir aun en tiempos de escasez?
Mientras yo lavaba carros en nuestro garaje de vehículos públicos para aportar uno o dos pesos diarios (casi siempre terminaba a medianoche), ella organizaba la economía doméstica con orden admirable. Cada mañana preparaba el café, recibía el dinero y entregaba al sereno su parte correspondiente de los pagos de estacionamientos. Luego, se sentaba frente a la máquina de coser, midiendo y cortando piezas sobre la mesa del comedor, que servía de taller improvisado. Su labor era constante, silenciosa, ejemplificadora: cada puntada era un acto de resistencia contra el hambre que nos había golpeado entre 1965 y 1968, cuando apenas alcanzaba para alimentar seis bocas y al perro Duque, mi inseparable compañero. Y yo recibiendo un montón de enseñanzas en sus conferencias domésticas que, a mi entender, era una forma de preparar intelectualmente a aquel muchacho huérfano de pai; ahora lo pienso.
La costura mejoró nuestra comida, nos dio cierta calma, y el dinero de los lavaos de carro los usé en ir al cine y comprar libros. En medio de la precariedad, doña Mery levantó nuestro hogar con su labor de mamá-papá. Su trabajo era más que oficio: era un legado de resistencia, una lección de cómo enfrentar la adversidad con creatividad y firmeza. La viuda que la historia oficial reconoció en un papel se convirtió, en la práctica, en la mujer que transformó la muerte de su esposo en fuerza y a la necesidad respondió con el arte (siempre aclaraba que ella no era una costurera, sino una modista). Esa es la verdadera continuación de la breve historia de un ataúd: la vida que siguió latiendo gracias al arte y la inteligencia puestos en las heroicas manos tenaces de doña Mery. ¡Y lo más conmovedor es que mientras hilvanaba piezas, cantaba y contaba al tiempo que hacía de la maestra más importante de mi vida, como lo es cada madre!
¡Vaya si aprendí de mi maestra Mery!
Compartir esta nota