La terapia grupal es parte de la atención integral que ofrecemos a las mujeres en el Centro de Atención a Sobrevivientes de Violencia. Es una modalidad de terapia que complementa la terapia individual abordando temas que, llevados en grupo con mujeres que han tenido experiencia de violencia, tienen un impacto diferente.
Escucharse unas a otras, confrontarse a opiniones distintas, aprender a disentir de manera respetuosa, ofrecer alternativas para las situaciones que viven cambia completamente la perspectiva, ya que no es igual escucharlo de la terapeuta que de otra mujer sobreviviente. Además, esta terapia podría servir de catalizador de la terapia individual para poder entrar en temas que se habían dejado de lado o no se habían identificado, regresando a mirarlos ya desde otro lugar.
En cualquiera de sus modalidades, el proceso psicoterapéutico ocurre en fases, etapas y capas que se van levantando poco a poco. Es posible que, al escuchar a otra compañera nombrar un tipo de violencia que vivió, provoque la revelación o comprensión acerca de algo que ella también ha vivido y le sirva para avanzar un paso más en el proceso. Esto lo logramos manteniendo una comunicación muy estrecha entre la terapeuta que guía el grupo cerrado y la que atiende a la mujer en terapia individual, ya que esos temas que surgen con las compañeras se profundizan y se trabajan de manera personal.
Además, como equipo técnico multidisciplinario discutimos los casos en reuniones periódicas y se comparte no solo la carga de los casos difíciles, sino, además, las buenas prácticas y experiencias positivas de las mujeres que nos alientan y dan alegría en este trabajo tan retador y complejo que realizamos.
Otro de los beneficios de la terapia grupal es que el poder se distribuye entre las participantes, distinto a la terapia individual, que, por definición, dirige y lleva la pauta la profesional de la conducta. Este mayor poder del grupo les da voz; es una experiencia democrática vivida en colectivo, muy estimulante y que las valida como personas. Se trata de recuperar la voz, esa voz que fue arrebatada por la violencia y que es parte de la recuperación y de la reapropiación de sus vidas.
Lo que ocurre en el grupo lo llamo magia, pues se transforman unas a otras sin darse cuenta: levantan los hombros, sostienen la mirada, recuperan la palabra y mueven sus cuerpos de manera completamente diferente al primer día en que fueron recibidas por las secretarias en la recepción.
Este vínculo que establecen unas con otras sirve, además, de brazo largo de las terapeutas, ya que ellas pueden estar presentes en las vidas de las otras acompañando y ofreciendo contención. Por ejemplo, es frecuente que sepan las fechas de las audiencias y participen con ellas; si no pueden, están al pendiente para cualquier cosa que requieran, como cuidar a sus hijos e hijas o a algún familiar enfermo que esté a su cargo.
Las que tienen más tiempo, como las del grupo de crecimiento, que son las mujeres que han completado sus objetivos terapéuticos y han espaciado sus sesiones, se mantienen conectadas con el Centro y con sus compañeras a través del encuentro mensual que se programa con ellas. Estas se conocen unas a otras, se observan y ya saben identificar cómo y cuándo intervenir. También pueden surgir conflictos entre ellas, en los que las demás sirven de mediadoras con lo aprendido en sus procesos individuales y en todo su camino en el Centro.
En fin, las tres modalidades grupales que ofrecemos tienen propósitos específicos y diferenciados, pero logran el mismo fin en tres momentos distintos: que la mujer conecte consigo misma, con las demás y con la realidad de lo que está viviendo. En el grupo abierto descubre por primera vez que no le pasa solo a ella; en el cerrado crece junto a varias compañeras y en el de crecimiento fortalece el vínculo con nuevas hermanas que adquirió en el camino.
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