Nunca supe de jardinería. No tuve buena mano para sembrar plantas; hasta las de sábila, que no se le dañan a nadie, a mí se me secaban. Con mucho entusiasmo compraba palmeritas y palo de Brasil y no me duraban nada. Mi experiencia en jardín se circunscribía a admirar las hermosas plantas ornamentales que mis padres con tanto amor sembraban y atendían.

Hace cerca de tres años, la tristeza me estaba consumiendo. Con la muerte de mi mamá se me fue toda la alegría, incluso, no quise salir más a no ser al supermercado y el que me queda más cerca. Mi vida ha tenido un antes y un después de mi mamá.

Mis hijos viendo mi actitud comenzaron a preocuparse y decidieron habilitarme el área de la azotea para que yo hiciera un jardín. Recuerdo que lo comencé el día 6 de mayo de 2023, a cinco meses de la partida de mamá. Ese día fue la coronación de Carlos III de Inglaterra como rey y recuerdo la fecha tan exacta porque mientras colocaban un saran me pasé todo el tiempo bajando a ver la ceremonia por televisión.

Como vivo sola y aunque tengo muchas cosas de qué ocuparme, soy humana y a veces el esplin me acompaña. Pero inmediatamente cuando esa mala amiga me visita, subo a mi jardín y todo pasa.

No sabía que la jardinería proporcionara tanto placer. Dedicarse un buen rato a regar las plantas, podar y quitar malezas, trasplantar, e incluso, llenarse las uñas de tierra es algo maravilloso. Mientras se está en esos menesteres, no hay tiempo para pensar que no sea el involucrarse de lleno en ello.

Tener jardín crea lazos con personas tan desconocidas como son los que pasan con las camioneticas que venden flores y tierra, se convierten en los “marchantes”, o sea, los que habitualmente venden mercancías, generalmente vegetales a alguien. Yo puedo estar en lo último de mi casa y ellos se hacen sentir para que yo salga. Ya tengo vicio de comprarles y el vicio de las plantas es tan grande, que no hay vivero que no haya visitado, por lo menos virtualmente.

Mi experiencia última ha sido con un señor que, estando yo en la cocina, con todas las ventanas y puerta cerradas, tocó mi puerta; traía unas matas de orquídeas con sus raíces. Él buscaba a alguien específico y no encontró a la señora, mis vecinos le dijeron que la única que tenía un jardín por esta zona era yo. Le compré dos y hoy me arrepiento de no habérselas comprado todas.

Nunca había tenido experiencia con orquídeas a no ser una matica pequeña que me trajo mi sobrina Yokasta y que el día en que echó dos flores salté de alegría. Como estoy incursionando en este campo, contando una ramita de una silvestre que traje de donde mi hermana, las dos que compré y la que ya tenía, mi orquidiario asciende a cuatro.

Subir bien temprano a mi jardín, aun cuando el astro rey no ha asomado, es la mayor bendición de Dios que puedo tener. Ver las abejas libar las flores… creí solo era las flores, pero he observado que cualquier hierba aromática les sirven.

Los colibríes negros, ¡qué hermosura! Las mariposas amarillas, que pensé solo se veían en Macondo en donde simbolizaban el amor imposible y el destino y que como a García Márquez me traen recuerdos de mi infancia.

Ver las plantas florecidas, las trinitarias de diferentes colores. El orégano con sus florecitas blancas. Unas matas con flores azules y otras rosadas. El verde de las dos variedades de pino que tengo. Los helechos y palmeras que siempre fueron mi ilusión. Los crotos con su amarillo brillante. Los tocadores con la variedad de rojo. Las lenguas de suegra, (que no sé por qué tienen que llamarle así) y las matas de sábila que más lindas no pueden estar.

Luego de terminada la labor con las matas, me siento en mi jaragán, miro hacia arriba a contar las estrellas que a esa hora se ven claritas y me deleito con la sinfonía de colores y la caricia para mis oídos de los sonajeros que terminan de ofrecer paz a mi vida.

Algo que reparé en esta semana fue que viendo el nombre de las plantas ornamentales tengo dos especiales, una “rabo de gato” y otra “orejitas de ratón”. Gracias a Dios las tengo bien separadas, porque de no ser así, sin saber que tenía gatos y ratones escondidos, el primero se hubiera comido a los segundos. Son plantas colgantes y  ¡qué lindas!

Mi jardín no solo ha traído alegría a mi vida. Me ha unido más a mis vecinos. En él tengo matas que con tanto cariño me han regalado. Por ejemplo, estando yo en la camionetica de flores pregunté si tenían orégano poleo y alguien me escuchó; ese fin de semana Maritza mi vecina me trajo una bien linda desde donde su hermano. Yiya me regaló un arreglo de lengua de suegra. Doña Tatica me trajo tierra de la que le sobró. Altagracia me regaló una mesita de hierro y una tinajita. Joselito, mi utiliti, me trajo un tarro de barro. Mis vecinos cuando me ven bien temprano me preguntan si ya subí.

Pero también tengo otras matas de regalo, mi hijo Luis Antonio me trajo una de limoncillo. Mis nueras cada una, de pino. Mi amiga Idalia, varias que cuelgan. Yokasta mi sobrina, varias con las que comencé mi jardín.

En fin, mi jardín ha sido mi mejor antídoto frente a la soledad y la tristeza y el mejor punto de unión con todos mis vecinos.

Elsa Guzmán Rincón

Bibliotecóloga

Maestra y Bibliotecóloga, retirada.

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