"La conquista del poder cultural es previa a la del poder político, y esto se logra mediante la acción concertada de los intelectuales llamados orgánicos infiltrados en todos los medios de comunicación, expresión y universitarios". —Antonio Gramsci.

El discurso político es una arenga milenaria que tiene como objetivo cautivar y motivar al grupo a la realización de una cosa con el fin de alcanzar una meta. Se usa desde las trincheras hasta las tribunas y forma parte esencial de los escenarios donde el hombre, hambriento de poder, se alza como alfa de la manada y, evitando el uso de la fuerza, envilece, persuade y disuade con la herramienta verbal a sus acólitos en procura de lograr la cohesión de la tribu.

Desde que Gramsci lo entendió, la izquierda revolucionaria dio un giro estrepitoso en el accionar político del siglo pasado, e incubó en todas las capas culturales de la sociedad la semilla silente con la que sustituyó las armas por las ideas. A partir de ahí creció el interés de jóvenes de todos los confines de la tierra por defender, a través de la explicación lógica, las bondades de la administración pública con enfoque social, el estado de bienestar como conquista pacífica por vía del sufragio y la cultura como eje esencial de la revolución.

El enfoque fue correcto y en la práctica se ve. La metaforización de la lucha y la creación de conceptos básicos, la simplificación de la doctrina marxista llevada a cabo por intelectuales de renombre en los diversos espacios creados para la socialización de los procesos económicos e históricos con matices ideológicos y la popularización de dicha doctrina como forma ideal de vida provocaron el florecimiento de una juventud preocupada por el presente y dispuesta a sacrificar sus mejores años en aras de materializar un mundo donde no exista asfixia material y prime la igualdad de oportunidades entre los hombres.

De esa izquierda surgen las grandes conquistas en beneficio de la gente. Esa lucha ideológica, cultural, innovadora, silenciosa pero efectiva, sentó las bases de un mundo cada vez más consciente y de un pueblo que había despertado. Un pueblo decidido a reclamar y promover la instauración de un Estado moderno que diera garantías a los derechos laborales y sociales, que desarrollara políticas claras de reducción de la desigualdad, que velara por los derechos sociales y civiles y, sobre todo, preservara los derechos humanos, democratizando y ampliando las libertades individuales y colectivas.

Cada vez más y mejores conquistas. Conferencias, charlas, cátedras, simposios, experimentos sociales, abordaje radial, prensa escrita, comentarios televisados y artículos de opinión destinados a la creación de una legión intelectual armada de argumentos para la defensa de la gente. Una idea que iba de boca en boca. Era posible y así es que se brinda educación y salud colectiva, públicas, gratuitas. La creación de políticas públicas que abaratan el costo de la vivienda familiar, mejores empleos, aumento progresivo de los salarios mínimos, reducción de la jornada laboral, legalización de los sindicatos y acceso a la seguridad social cubierta por el Estado.

Esa lucha continúa y seguirá latente mientras el mercado le ponga precio a la vida de la gente. La izquierda sigue firme en su defensa de los derechos colectivos, de la libertad, de la democracia, la igualdad, trabajos bien remunerados, pensiones justas y el derecho de todos a una vida justa como fin último. No nos falta discurso, ni gente que lo haga suyo. Nos faltan medios de comunicación que no nos llamen amarillistas, periodistas honestos que muestren las cosas como son, políticos coherentes y dispuestos a mantenerse firmes frente al acoso inmisericorde del burgués y su oro, nos falta plata para comprar un relato construido con memes y alfabetizar con ellos a los "analfabetos funcionales".

Joan Leyba Mejía

Periodista

Periodista, Abogado y político. Miembro del PRM.

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