“Los recuerdos no pueblan nuestra soledad, como suele decirse; al contrario, la hacen más profunda”. –Gustave Flaubert-.

Volver a Monte Plata siempre ha sido mi anhelo, supongo que es una meta de quienes abandonan sus orígenes en busca de lo que el mercado y el neoliberalismo impone con violencia como una vida mejor, estimulada por el consumo desmedido y el afán de pertenecer. Ese regreso impregna pasiones y emociones inexplicables. También guarda un estrecho vínculo con el camino recorrido antes, durante y después de las posibilidades de establecer una nueva relación con el pueblo que te despidió sin jamás cerrar sus puertas.

Tengo en mis anaqueles memorísticos un cúmulo de vivencias que a menudo salen a relucir en charlas con mis hermanos, viejos amigos y uno que otro vecino. La mayoría llenos de inocencia y otros no tanto, pero en ellos, subsiste un trozo vivo de lo que soy y lo que seré si el reloj no se detiene antes de lo previsto. Porque cada paso marca la cronología del destino final humano, finito e incierto como todo lo que el hombre ha inventado para evitar lo inevitable.

Lo saben aquellos que han marcado el tiempo con sus acciones, que enseñan sin decir palabras, porque los mejores maestros modelan, no exponen, predican con el ejemplo como única vía de enderezar conductas dependientes de su propia voluntad y los apéndices de su existencia. Así era él, callado, observador, noble y bueno, honrado hasta el cansancio, tierno como un recién nacido, frágil, por sus condiciones físicas, pero inquebrantable en el espíritu guerrero con el que nos mostró que se puede sufrir sin perder la dignidad.

Gervacio Leyba, (Babá) el último de los hijos de Rufino, padre de nueve, abuelo de muchos y ejemplo de todos los que tuvimos la dicha de verlo soñar con un mundo mejor para sus descendientes. No gritaba, no se quejaba, jamás hizo de su discapacidad un medio para mendigar. Cincuenta y un años, entre sillas de rueda, bastones y andadores no les impidieron ser el sustento del hogar que creó para todos nosotros. “Nunca pidió”, me dijo Morena, mientras reconocía el tipo de ser humano que perdió la vecindad.

Era desprendido, desinteresado y apoyador de sus nietos a los que nos dio refugio y apoyo siempre que la vida nos viraba la carta. Sus manos, en ocasiones temblorosas, dispuestas a sacudir el bolsillo donde atesoraba celoso unos cuantos centavos de la venta de naranjas dulces, para cubrir orondo las huellas crueles de la pobreza que ni las oraciones pudieron borrar de sus hijos, las extendió solo para dar. No esperó devuelta ni exigió compasión, solo amó.

upo desde que la salud le atrofió los músculos, que una mirada inocente es incapaz de ocultar el hambre. La descifró en cada pómulo hundido, en las pupilas dilatadas, en el rostro cabizbajo y en los surcos del costado desvestido de los hijos de sus hijos y de sus propios hijos. Quizá por ello, guardaba cauteloso un par de monedas con las que pretendía aligerar la pesada carga que suponen las carenciadas condiciones por las que debimos atravesar sus descendientes.

De mi abuelo tengo buenos recuerdos, abrazos cálidos y la tímida sonrisa de su boca desolada. Heredo de él, amor a mis hijos y la pasión por la familia, la fuerza moral, la dignidad inquebrantable y el valor de un apellido sin bienes acumulados, cuyo estandarte es la garantía del trabajo honrado y la palabra empeñada. El amor por mi pueblo, por mi gente y por la agricultura. El orgullo de ser de Monte Plata y la esperanza de volver como él lo hizo y, descansar como lo hace, en algún lugar de mi patria chica.

Joan Leyba Mejía

Periodista

Periodista, Abogado y político. Miembro del PRM.

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