El Partido de la Liberación Dominicana (PLD) gobernó durante veinte años, dieciséis de ellos de manera ininterrumpida. Sin embargo, hoy ocupa un tercer lugar entre los partidos mayoritarios.
¿Cómo llegó hasta ahí?
Para responder esta pregunta, es necesario comprender el período político durante el cual esta organización fue gobierno.
Sin pretender ser exhaustivos, entendemos que el ciclo político peledeísta se caracterizó por los siguientes aspectos:
Ante todo, el partido jugó un papel estelar para lograr la unidad y la coherencia en la gestión estatal. Este aspecto se expresaba en la participación destacada de sus cuadros dirigentes en la dirección de las instituciones del Estado y en el papel de principalía que desempeñó su Comité Político, asumiendo un rol de superaparato que centralizaba las decisiones más importantes y definía el rumbo del gobierno.
Es necesario tomar en cuenta que, ya para el período 2000-2004, el PLD había sufrido dos mutaciones: se había transformado en el heredero político de Joaquín Balaguer, asumiendo la dirección de las fuerzas sociales y políticas del viejo balaguerismo y abandonando sus postulados de centroizquierda en favor de posiciones conservadoras. Concomitantemente, había pasado de ser un partido de cuadros a convertirse en una maquinaria electoral, tipo partido atrapalotodo.
Otra de las características relevantes del peledeísmo dominante fue el control absoluto de las instituciones del Estado, aun de aquellas que debían servir de contrapeso a sus gobiernos (Poder Judicial, Congreso, municipios y Junta Central Electoral).
A partir de su doble transformación, como partido conservador y atrapalotodo, y tomando en cuenta los resultados del Frente Patriótico, el PLD desarrolló la capacidad de articular alianzas alejadas de toda consideración política, ideológica o ética para mantener el poder y controlar las instituciones representativas (Congreso, alcaldías y direcciones municipales). Esto fue una constante de sus gobiernos hasta el momento de su crisis.
Una particularidad muy propia de este régimen político fue que logró transformar los usos y modalidades del clientelismo de viejo tipo, las funditas de Balaguer, en una nueva modalidad que le otorgó carácter oficial como política de asistencia social del Estado, bajo el concepto de “ayudas sociales”.
Dado el auge y la modernización de los medios de comunicación, el peledeísmo creó una versión moderna de las correas de transmisión formadas por comunicadores a su servicio, cuyo papel era defender sus obras y acciones y combatir a sus adversarios. Es lo que podríamos llamar el bocinazgo, es decir, las bocinas que copaban todos los medios disponibles para dar a conocer las bondades de los gobiernos del PLD.
Tanto Leonel Fernández como Danilo Medina construyeron discursos para legitimarse ante la sociedad, impactar a sectores sensibles y justificar sus decisiones. Para el primero, fue el Nueva York chiquito, con su carga de modernidad y progreso que poco tenía que ver con la superación de las desigualdades sociales, y mucho más con la construcción de un metro, grandes edificios y amplias avenidas. En cambio, para el segundo se trataba de lograr que, en el imaginario social, la gente percibiera a un presidente cercano que resolvía los problemas a través de las visitas sorpresa, acentuando la vieja práctica mediante la cual el presidente se coloca por encima de las instituciones.
Los gobiernos del PLD fortalecieron y profundizaron la deriva neoliberal de la oligarquía y de las élites políticas, en primer lugar, mediante la venta del emporio empresarial del Estado, la creación de las Alianzas Público-Privadas (APP) y el mantenimiento de todos los privilegios de que goza el empresariado.
Uno de los aspectos que fortaleció la permanencia del PLD en el gobierno, enfatizando un rasgo fundamental de su régimen político, fue el crecimiento económico durante los veinte años de gobiernos peledeístas. Esta situación se tradujo en un clima de relativa estabilidad, no solo económica, sino también política y social.
La corrupción y el enriquecimiento de la élite gobernante fueron, sin lugar a dudas, uno de los rasgos definitorios de dicha gestión y, en gran medida, determinaron su desgaste y posterior caída.
¿Cómo un partido que había nacido y se había educado en la ética política boschista había devenido en un foco de corrupción? Tomando en cuenta las transformaciones partidarias ya señaladas, las facciones políticas predominantes buscaron la vía para adquirir sustancia económica y poder lograr la permanencia en el gobierno o, eventualmente, en la política activa.
Una de las claves de la permanencia del PLD en el gobierno fue la crisis que vivieron sus competidores más importantes: el PRSC y el PRD. En el caso del primero, con la desaparición de su líder, Joaquín Balaguer, dejó de liderar a los sectores conservadores de la sociedad dominicana y ese papel pasó a ser desempeñado por el PLD. En el caso del PRD, como ha sido propio de su tradición, primero durante el gobierno de Hipólito Mejía y, posteriormente, se acentuaron sus luchas internas hasta producirse la división y el surgimiento del PRM. Durante mucho tiempo no hubo otro partido capaz de aglutinar sectores y captar simpatías para desplazar al peledeísmo gobernante.
Tomando en cuenta todo lo anterior, resulta comprensible entender que, cuando se atenuaron muchas de estas fortalezas y las debilidades y amenazas se fortalecieron, el desgaste se expresó en derrota política.
Es decir, cuando la división del partido se tornó insuperable, la indignación social se expresó de manera abierta, haciendo inoperantes el discurso oficial, sus bocinas y las prebendas clientelistas, pero, sobre todo, cuando surgió una opción política capaz de canalizar el descontento y de convertirse en una alternativa con posibilidades reales de llegar al gobierno, la suerte del peledeísmo gobernante estaba echada.
El ciclo había llegado a su fin.
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