En febrero de 2026 el ministro de Economía de Uruguay se presentó ante la prensa para anunciar que el déficit fiscal había cerrado en línea con lo proyectado, que el tope de endeudamiento se había respetado, que ninguna de las metas del presupuesto necesitaba ajuste, y resumió todo eso con una frase que sonó a alivio doméstico: La casa está en orden. Una semana más tarde el propio Consejo Fiscal Autónomo que el Estado uruguayo había fortalecido meses antes ampliando sus atribuciones, publicó un informe donde advertía que el gasto real había crecido por encima del límite que la regla fiscal establecía, que el déficit estructural llevaba dos años rondando un nivel que el mismo consejo consideraba insostenible, y que convenía actuar antes de que la corrección se volviera más dolorosa. Ninguna de las dos afirmaciones era falsa, lo que había ocurrido entre una y otra es que la reforma reciente del marco fiscal eliminó justamente el pilar donde se medía ese exceso, de modo que el gobierno podía declarar la casa en orden sin mentir y el consejo podía advertir el desorden sin contradecirlo. Es difícil imaginar una escena más precisa del problema que enfrenta hoy buena parte de los Estados latinoamericanos, donde el conocimiento técnico ya no es el cuello de botella y el verdadero desafío consiste en sostener una decisión incómoda contra el incentivo de cambiar la vara con que se la mide.
Uruguay no es el peor ejemplo de la región en esta materia, es probablemente uno de los mejores, lo cual vuelve el episodio más inquietante en vez de menos. El país construyó, a lo largo de la última década, una de las arquitecturas fiscales más cuidadas de América Latina, con un consejo independiente que reporta directamente al Parlamento y con metas atadas a un ancla de deuda de mediano plazo. Conviene aquí una distinción que el episodio vuelve visible, porque el Estado uruguayo diseñó esa arquitectura con vocación de permanencia, mientras que el gobierno de turno, cualquiera que sea su signo, sigue siendo quien decide en qué momento y bajo qué definición se aplica. Aun con ese diseño, el desvío no se corrigió, se redefinió. En Perú, donde la arquitectura es más frágil, el gobierno ni siquiera necesitó redefinir nada, le bastó activar una cláusula de escape para postergar su meta de déficit hasta 2028. En Colombia, en el mismo año en que Panamá lograba la corrección fiscal más profunda de la región, el balance primario se deterioró más que en cualquier otro país del continente. El patrón que conecta estos episodios no es la falta de comprensión técnica, todos esos gobiernos sabían exactamente qué número estaban incumpliendo y por qué, sino la dificultad de cualquier gobierno para atarse las manos hoy frente a un costo que solo madurará bajo la administración siguiente.
El segundo escenario donde se repite el mismo guion, aunque con apariencia muy distinta, es el de los desastres climáticos. Cuba lleva décadas demostrando que la anticipación funciona cuando existe la arquitectura adecuada; su sistema de alerta ante ciclones tropicales acumula un historial en el que episodios de inundaciones sucesivas dejaron apenas un puñado de víctimas, en contraste con fenómenos comparables que en otras costas se contaron por miles. El resto de la región no carece de esa misma información meteorológica, los pronósticos de huracanes e inundaciones llegan hoy con suficiente anticipación como para evacuar zonas de riesgo, y sin embargo en 2025 las inundaciones dejaron más de cien mil afectados entre Perú y Ecuador y decenas de muertos en México. La brecha ahí tampoco es de conocimiento, es de inversión sostenida en infraestructura de prevención que ningún gobierno puede comprometerse a mantener cuando compite, año tras año, con necesidades de gasto más visibles e inmediatas.
Lo fiscal y lo climático son apenas dos de los terrenos donde se repite esta lógica, no los únicos, y conviene no perder de vista que la misma dificultad para sostener un compromiso costoso hoy a cambio de un beneficio que madurará bajo otra administración reaparecerá, con otro vocabulario, en la transición demográfica que ya envejece a la región más rápido de lo que sus sistemas de pensiones fueron diseñados para absorber, en la regulación de una inteligencia artificial cuyos riesgos sistémicos todavía no tienen dueño institucional claro, y en los flujos migratorios que exigen una planificación de mediano plazo que ningún gobierno de turno tiene incentivo para financiar. El Estado que estas páginas describen no es el que no sabe leer la complejidad, es el que sabe leerla y aun así no logra obligarse a sí mismo a actuar en consecuencia, y esa es precisamente la razón por la que el problema, lejos de limitarse a dos casos, atraviesa cada frontera nueva que la región deberá gobernar en los próximos años.
Puestos uno junto al otro, el caso fiscal y el climático sugieren que el verdadero problema de los Estados latinoamericanos no es producir conocimiento, sino producir compromisos que sobrevivan al gobierno que los adopta, una suerte de inconsistencia institucional intertemporal que ningún diagnóstico adicional resuelve por sí mismo, porque el diagnóstico ya existe y eso no impidió ni el rediseño de la regla uruguaya ni la cláusula de escape peruana. Lo que cambia entre un país y otro no es entonces la calidad de la información disponible sino el grado en que sus instituciones logran sustraer la corrección del control de quien debería ser corregido, dejando que se active sola y que informe a quien puede actuar sin pasar antes por el filtro de quien rinde cuentas ante esa misma señal.
La historia del Estado moderno consistió en construir instituciones capaces de limitar el poder de los hombres. La historia del Estado del siglo XXI quizás consista en construir instituciones capaces de limitar la impaciencia de los propios gobiernos. Porque la verdadera frontera de la gobernanza ya no es saber qué debe hacerse. Es lograr que aquello que todos saben necesario pueda sobrevivir al corto plazo de quien debe decidirlo.
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