En los Mameyes las paradas de la OMSA se están cayendo a pedazos. Mientras tanto en Nueva York, el presidente Abinader camina en las calles como mosca en la sopa.
El excelentísimo benefactor de la Patria Vieja se dio vida con la eterna aspiración del provincialismo clasemediero y ricachón: hacer figureo en la ciudad de los rascacielos.
Y en algún lugar en el Dique, los peledeistas caminan en busca de votos pregonando más de lo mismo. Son todos los mismos momios y en esta etapa de la vida nacional las siglas ya no importan.
Todos son iguales, todos representan la infamia, la podredumbre y la barbarie cotidiana del poder capitalista: PLD, FUPU, PRM y una docena más de ventorrillos y satélites al servicio del bloque de poder.
Alofoke (otra de las caras parasitarias del capitalismo) se da su condazo ostentando su riqueza y poder. Y aunque frecuentan fiestas y encuentros sociales muy distintos, Alofoke se parece mucho a Abinader en la personalidad arrogante acompañada de un ego inflamado por el palabrerío facho que recorre el mundo.
Una y otra vez en este lado de la isla se escribe la historia universal de la infamia. Ahora tenemos un parque Mirador Sur con el nombre de Joaquín Balaguer. Vaya error garrafal el de la alcaldesa perremeista Carolina Mejia quien bien enterada (como toda la sociedad dominicana) de los crímenes del sangriento dictador se dio a la tarea de rehabilitar su figura y legado.
La violencia policial va en aumento.
En los barrios no hay luz ni agua potable, pero la clase política dominicana le echa ganas, muchas ganas, al arte de derrochar las arcas del Estado en la construcción de un muro en la frontera.
Otro derroche criminal en la compra de armas al Estado genocida de Israel. Los males que aquejan nuestra sociedad son muchos e innumerables. Es difícil saber por dónde empezar.
La clase dominante y sus bisagras insisten en echarle la culpa a Haití y a su gente trabajadora porque es la forma más fácil de borrar las historias de traición de los partidos del sistema y el rol contrarrevolucionario y reaccionario de una burguesía antinacional que hace y deshace como le da la gana en complicidad con sus amos en Washington.
Santo Domingo es una jaula, decía Johan Mijail. En todos sus gestos y en todas sus palabras, Mijail registró la urgente necesidad del baile y el fuego transformador, y la calle como salida en el Santo Domingo que arde en preparación de la revolución que está por venir.
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