Hay algo profundamente revelador en la bandera dominicana que corona el monumento de la Plaza de la Bandera, en la intersección de las avenidas 27 de Febrero y Gregorio Luperón. Una bandera que parece haberse ido empequeñeciendo sobre una estructura concebida precisamente para exaltar. Y, mientras disminuye su presencia, nosotros seguimos pasando por debajo, mirando hacia arriba, como si nada estuviera ocurriendo.
¿En qué momento comenzamos a aceptar que nuestros símbolos nacionales fueran perdiendo su dignidad sin siquiera preguntarnos por qué?
La Plaza de la Bandera no es un espacio cualquiera. Construida en 1978 como Plaza de la Independencia, bajo el diseño del arquitecto Christian Martínez, fue concebida como un monumento a la nación. Su arco monumental, coronado por la enseña tricolor, debía expresar la dimensión de nuestra soberanía. En 1997 fue reinaugurado como Plaza de la Bandera y del Soldado Desconocido, reafirmando su significado patriótico.
Allí la bandera no fue pensada como un adorno. Era, y debe seguir siendo, el centro visual y simbólico del monumento.
Por eso resulta inadmisible que su tamaño y presencia hayan terminado, a nuestros ojos, reducidos a una proporción que desmerece la monumentalidad de la estructura. No sabemos todavía qué organismo tiene la responsabilidad directa de su mantenimiento ni quién ha autorizado o permitido los cambios en sus dimensiones. Pero esa incertidumbre no puede convertirse en una excusa para el silencio.
¿Dónde están las instituciones responsables del patrimonio monumental? ¿Qué hacen las autoridades competentes?
¿Cuál es la posición de los organismos militares, del Ministerio de Cultura y de las dependencias gubernamentales vinculadas a la conservación de nuestros símbolos?
¿Dónde están los partidos políticos, tan diligentes cuando se trata de enarbolar la bandera en sus discursos, actos y campañas, pero cuya presencia pública no siempre se traduce en una defensa sostenida de los valores que dicen representar?
La bandera no pertenece a un gobierno, a un partido ni a una administración. Pertenece a todos los dominicanos. Ninguna institución debería desentenderse de su conservación y ninguna autoridad debería considerar insignificante el deterioro de su presencia en un monumento de esta naturaleza.
Pero sería demasiado cómodo responsabilizar únicamente a los funcionarios.
También nosotros tenemos que mirarnos en esa bandera que hemos dejado empequeñecer.
Hemos aprendido a pasar, a observar y a callar. Nos indignamos momentáneamente, cuando algo nos afecta de manera directa, pero tantas veces aceptamos el deterioro de lo colectivo como si fuera inevitable. Nos hemos acostumbrado a convivir con el descuido, a tolerar la indiferencia y a considerar que reclamar por lo público es una tarea que corresponde siempre a otros.
Esa indulgencia ciudadana tiene consecuencias.
Durante los últimos cuarenta años hemos construido una sociedad marcada por profundas transformaciones económicas, urbanas, políticas y culturales. También hemos acumulado contradicciones entre los valores que proclamamos y las prácticas que toleramos. La distancia entre el discurso patriótico y la responsabilidad cotidiana constituye una de esas contradicciones que debemos examinar sin complacencias.
No basta con celebrar el 27 de Febrero, cantar el Himno Nacional o colocar banderas en las fachadas durante las festividades patrias. El respeto a la nación se demuestra también en la conservación de sus monumentos, en la educación ciudadana, en la conducta de los funcionarios y en la exigencia permanente de quienes habitamos este país.
Quien no aprende a respetar lo que representa una bandera difícilmente comprenderá lo que significa respetar aquello que pertenece a todos.
Y aquí surge una pregunta más incómoda: ¿qué clase de ciudadanía estamos formando cuando permitimos que nuestros símbolos se deterioren sin exigir explicaciones?
¿Qué educación patriótica transmitimos a las nuevas generaciones cuando la bandera que corona uno de nuestros principales monumentos parece perder importancia ante la mirada indiferente de quienes tienen la obligación de protegerla?
La Plaza de la Bandera ha sido escenario de manifestaciones ciudadanas, reclamos democráticos y encuentros colectivos. Su historia demuestra que el pueblo reconoce en ese espacio un lugar para expresar sus aspiraciones. No podemos permitir que esa significación se reduzca a una estructura monumental atravesada diariamente por miles de vehículos.
Es hora de que las instituciones correspondientes expliquen qué ha sucedido, identifiquen las responsabilidades y garanticen la recuperación de la bandera conforme a la concepción original del monumento, previa verificación de sus dimensiones históricas.
Y es hora, también, de que dejemos de mirar hacia arriba sin cuestionar.
Porque una nación comienza a perder el respeto por sí misma mucho antes de que sus símbolos desaparezcan. Lo pierde cuando deja de defenderlos, cuando acepta su deterioro y cuando confunde la indiferencia con la normalidad.
La bandera dominicana no puede seguir empequeñeciéndose mientras nosotros aprendemos a conformarnos.
Una patria que no cuida sus símbolos termina preguntándose, demasiado tarde, por qué también se le han ido debilitando sus valores.
Y quizás la primera tarea para recuperar la dimensión de nuestra bandera sea recuperar, entre todos, la dimensión de nuestro propio respeto.
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