En Juego de Tronos, de la saga Canción de Hielo y fuego del escritor estadounidense George Martin, se ve a un puñado de familias nobles enfrentadas en cruda lucha de poder por el control de las tierras del continente Poniente.
Es una lucha sin fin, cuyo objetivo concreto es acceder al Trono de Hierro, sede del poderoso rey de los Siete Reinos.
La obra, harto conocida, presenta un mundo mítico que parece calcar el mundo real.
Familias ahítas en riqueza y poder; corruptas, inservibles sin remedio, en pugna feroz por más poder y dominio.
Los abusos, zancadillas, traiciones, asesinatos, humillaciones y guerras son la norma. No faltan los desvergonzados, zalameros, demagogos, villanos y locos, capaces de cualquier bajeza, con tal de lograr sus fines.
Si bien, Juego de Tronos dibuja la sustantividad político-económica presente en cualquier parte del planeta, incluyendo a República Dominicana, es sin duda en la Europa de hoy donde más claros se ven los meandros y entresijos de la palestra.
Mientras rivalizan entre sí, las élites lobotomizadas de Europa reptan desvergonzadas por ganar la aceptación del soberano de los Siete Reinos…. La reciente visita de Emmanuel Macron a Washington, y la anunciada de Keir Starmer, superan la ficción.
Alemania, por su parte, acunada en el legado inolvidable de Hitler, es un caso alucinante: derechistas curtidos en el arte de tragar sapos; en el ejercicio rentable de la sumisión, desgajados en partidos orgánicos al sistema, acaban de concurrir a las urnas.
Ganan los cristianos ultraconservadores de la UDU (Unión Cristianodemócrata Alemana) que encabeza Friederich Merz, un gendarme de la cuadra ideológica de Donald Trump. Su triunfo es una muestra radiante de la resiliencia retardataria del país teutón.
Por más señas, Merz es un viejo empleado de la empresa estadounidense Black Rock, y autor de la obra Atrévete a ser más capitalista, cuyo título, por sí solo, lo presenta en esplendor de mugre. Es un atlanticista partidario de la privatización dura y de la ampliación desmesurada del presupuesto de guerra. No le faltan ambiciones.
El lema de campaña del tipejo: Por una Alemania de la que podamos estar orgullosos, rezuma sabor de oído al de Donald Trump: Make America Great Again.
Mientras se apresta a pactar acuerdos que le permitan ejercer como canciller, el fuego valyrio liberticida de su testuz avanza trazos en abono a su naturaleza: ha invitado a Alemania al terrorista Benjamín Netanyahu, indiferente a la condena impuesta al delincuente por la Corte Penal Internacional.
Ganado por la vaporosa creencia de que su país sigue siendo la “locomotora de Europa”, anuncia alianza con Macron y Starmer, con vistas a retener con vida a la OTAN, en caso de que su admirado Trump le pierda cariño al engendro.
Para acceder a la cancillería, Merz aún debe traer al redil uduísta a sus iguales del partido de la “salchicha de hígado ofendida” del alcornoque Olaf Scholz.
Anuencia para toda componenda conservadora, el triunfo de Merz muestra la resiliencia retardataria de Alemania.
Ergo, el sujeto no tendrá empacho en gritar con Milei: ¡Viva la libertad carajo!, mientras desalemaniza a Alemania en beneficio de los suyos.
Con Merz, pues, Alemania y Europa enriquecen la granja de pesos pluma, títeres y esbirros que desmedran al viejo continente.
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