En la obra poética de José Mármol (1960) se conjugan lirismo y reflexión, en equilibrio expresivo y estético. Explora desde su imaginario poético, y desde una conciencia del lenguaje y del poema, en los territorios de lo sensible y lo filosófico. En cierto sentido, emplea la poesía como experiencia estética del pensamiento. Además, como vía de conocimiento sensible con que penetra en el paisaje de la vida y de la existencia. Desde su primer libro, El ojo del arúspice, de 1984, Mármol manifestó conciencia del verso y pulso reflexivo, en tensión poética entre el cuerpo y el espíritu, el pensamiento y la pasión, la emoción y la idea, no sin rigor, en la composición estructural del poema.
Con sensibilidad poética y experiencia del lenguaje, ha articulado una obra lírica densa y de persistente elaboración no ideológica sino conceptual, pero donde resuenan los ecos primigenios y originarios de la filosofía presocrática. Es decir, el misterio del logos y el asombro de la palabra, que le dieron origen a la poesía, que luego parió a la filosofía. En ese diálogo recíproco, de atracción y repulsión, se gestó la poesía, tanto lírica como épica y dramática, y de cuya fuente nuestro poeta aprendió y asimiló la lección histórica. Y de esa conciencia e historia trágica, se nutrió el estro de Mármol, de cuyas aguas simbólicas y fuentes nutricias bebió, desde su temprana formación en la carrera universitaria de filosofía.
Su escritura poética merodea entre el erotismo y el tiempo, la fugacidad y la plenitud, postulando un desafío al lector. Si algo hay de complejidad en su obra de creación reside en la profundidad de su lirismo y en la sensualidad de sus versos. Nunca herméticos (con la excepción acaso de El ojo del arúspice); más bien, llenos de misterio y de una gracia secreta. Así pues, nos revela un goce interior que dialoga con una tradición poética, pero matizada con su experiencia sensible y visión teórica del poema. Su poesía parece, a ratos, monologante y solipsista: sin embargo, hay que ella un diálogo profundo, si bien consigo misma, también lo hace con una tradición ancestral. Su voz poética, en efecto, combina sensibilidad, inteligencia y experiencia. En tanto su mundo poético representa –y refleja—una larga meditación trascendental sobre el destino humano, el amor, la naturaleza y el ser. De modo que, la relación entre poesía y filosofía, pensamiento y poema, ha constituido siempre el centro de gravedad de sus preocupaciones existenciales, intelectuales y filosóficas desde su temprana formación académica y científica. Así, Mármol deviene en poeta enraizado en lo telúrico y lo marítimo, lo erótico y lo cotidiano, pero alejado de lo social y la poesía comprometida –tan en boga en los años sesenta y setenta. Seducido por el mar, su lenguaje y simbología, logra orquestar un universo poético, que oscila entre lo cercano y lo distante, lo familiar o doméstico y lo universal, lo nativo y lo exótico. De la insularidad al viaje imaginario, del mundo interior al mundo exterior, su sensibilidad de poeta-filósofo transcurre en su ser, transfigurado por la atracción fatal de la inconmensurabilidad del mar, que participa como doble erótico del ser femenino. Es decir, como agente dador de vida y muerte, profundidad y abismo, plenitud y belleza.
En cierto modo, la poética de Mármol pendula entre lo sensual, antes que en lo carnal, y menos en lo libidinoso que en lo sutil. Y esa sutileza de su prosa poética y de sus versos, encarna en el ritmo de la palabra, que fluye y repta en la temporalidad de la página, desde una experiencia estética del lenguaje. De modo pues, que el erotismo se alimenta de una visión filosófica del amor y del cuerpo femenino; y de ahí que no caiga en el abismo de la perversión profana y la lujuria corporal, ni en la concupiscencia, sino en la percepción sagrada de lo erótico. En su mundo poético predominan pulsiones que brotan más del sueño o la ensoñación, que del deseo erótico. Para decirlo con William Blake: hay más inocencia que experiencia, infancia que madurez, cuyas escenas y elucubraciones metafóricas, aluden a ciertas visiones del mundo interior del inconsciente –tan estudiadas por Freud.
En Mármol late siempre una búsqueda, no de innovaciones o experimentación sino de registros, temas y símbolos, a base de disciplina y constancia. Es un poeta de la mirada. O que alimenta su mundo verbal con miradas escrutadoras, como un arúspice, cuyos ojos descifran el destino y adivinan el porvenir. Su canto no es estridente ni chillón. Es decir, no es un grito desesperado sino un susurro, una voz silente y queda, pero cuyos ecos resuenan en el vacío del tiempo. Su lenguaje poético canta con la música de las ideas y piensa con el ritmo de la sangre, cuando se entrecruzan con el pensamiento y el tiempo. En efecto, con su pulso de escritura, nos revela su mundo y su concepción del poema y de la vida. Seducido o atraído por los efluvios del amor y el erotismo, como mecanismo de ocultamiento y disipación de la muerte o del instinto de muerte –eros contra thanatos–, logra fundar un mundo sensible, alimentado por la imaginación y el deseo. De ahí que el amor y el erotismo aparecen como máscara de los bajos instintos o como juegos de la fantasía. Así, la vida se expresa en goce sensorial donde predomina la fascinación de lo espiritual sobre lo material, lo abstracto sobre lo concreto. Por consiguiente, la libertad expresiva se convierte en una necesidad verbal y en una voluntad de estilo. En consecuencia, el erotismo en su poesía se revela como experiencia verbal. La erótica del lenguaje poético se transfigura así en erótica del poema: erotización de la palabra y verbalización del deseo erótico. Mármol convierte el lenguaje poético en sustancia del pensamiento y la poesía, en materia verbal del sentimiento erótico. Como Rimbaud, ha buscado la “alquimia verbal” del signo y lo transforma –o transmuta—en pasión erótica del discurso poético. Es decir, transfigura lo hermético del numen poético en magia verbal y hechizo de las palabras. Se trata de poner en crisis el lenguaje poético mismo desde el placer de la escritura.
Como poeta y pensador, intelectual y crítico, la obra literaria de José Mármol es un diálogo entre el ensayo y la poesía. En tanto que, con el cultivo del aforismo y el fragmento, pone a dialogar la filosofía con la poesía de modo inextricable, apelando a una ancestral tradición en la órbita occidental, y en la historia del pensamiento filosófico. En sus preocupaciones intelectuales laten el espíritu del científico, por el rigor conceptual de sus ensayos, y el alma del artista-poeta, por la plasticidad de sus poemas. El innovador y el creador convergen y confluyen, en efecto, en su mentalidad y en su espíritu intelectual. Su pasión creadora es secreta y metódica. O, más bien, ascética, en el sentido en que no hay desbordamiento dionisiaco sino un drama apolíneo, que se expresa en la mesura, el equilibrio y el cálculo, antes que en el “azar objetivo”, el automatismo o la escritura automática, de cariz surrealista. Mármol parece un místico en estado puro. O un poeta apolíneo que administra su hybris ante los placeres profanos de la carne a cambio de dejar volar su imaginación, a partir de una reflexión filosófica del lenguaje poético, antes que de una meditación teológica y mística. Escribe con una enorme conciencia crítica del lenguaje, la lengua y la forma. La extensión ciclópea de su obra poética tiene su correspondencia –o explicación– en su tenacidad, y en la búsqueda de los límites del lenguaje poético hasta alcanzar el tiempo psicológico, en el reino de la existencia. El manantial de sus versos es inagotable y su fuente creativa es plural, vertical y abierta. Su poesía es erguida: fluye en meandros y afluentes, en movimiento perpetuo de rotación, poblando de símbolos y metáforas, el universo de sus palabras. La explicación a su ingente tarea poética tiene su corolario en la pasión del oficio. Invención y revelación, rebelión y creación, su poesía se abre a múltiples registros de la imaginación y del pensamiento.
Como poeta del pensar, inventa, crea, imagina, percibe, piensa, medita, elucubra, reflexiona: logra una sutileza proverbial, al tratar el fenómeno poético desde lo cotidiano. Es decir, desde la cotidianidad, transformando el lenguaje coloquial, y algunos signos de la conversación y el habla, en materia de su lengua poética. Así pues, su lirismo deviene reflexivo o su reflexión poética depara en lírica del lenguaje.
De versos precisos, pero clarividentes y luminosos, henchidos de sabiduría filosófica (particularmente desde sus cuatro primeros libros: El ojo del arúspice, Encuentro con las mismas otredades 1, Encuentro con las mismas otredades 2, La invención del día, Lengua de paraíso y Deus et machine), su obra dio un giro, a mi juicio, a partir de Criatura del aire, cuando adquiere un tono más cotidiano, sensual, y menos cargada de pensamiento. Se aleja –estratégica y conscientemente– de los poetas del pensamiento (como Pessoa, Cavafis, Roberto Juarroz, Juan Ramón Jiménez, Eliot, Valery, Vallejo, Borges, Manuel del Cabral, Paz, Antonio Machado) y se aproxima a Neruda o a Pedro Salinas. Así pues, su lirismo se hace más vital, sensual y carnal. Metáfora y pensamiento se matrimonian en su mundo poético, entre la modernidad y la vanguardia. El filósofo y el poeta que hay en Mármol coexisten: busca como eje de mediación justamente el lenguaje, esa facultad únicamente humana, que es herencia biológica innata. Su pasión por el lenguaje lo llevó a estudiar lingüística y su fervor por las ideas, lo condujo a estudiar filosofía. En efecto, el poeta, el lingüista y el filósofo se vinculan y hermanan, en una esfera de búsqueda por explicar, cantar e iluminar la naturaleza, el mundo, la vida, la muerte, el amor, el ser, el erotismo y el tiempo. Enamorado de la sabiduría, del saber, de la verdad, de la naturaleza y del lenguaje, el poeta-pensador y el pensador-poeta que hay en Mármol, se deja seducir por los cantos y los encantos del mundo sensible y real para crear y cantar, en claves poéticas, a los asombros de la realidad y del sueño. Es decir, del mundo de la vigilia y de la ensoñación. El lenguaje lo posee y lo nombra; pero también, se enseñorea de su magia, su misterio y su potencia simbólica y significante. Mientras que el filósofo se asombra como enamorado de la sabiduría del universo, el poeta se enamora de las palabras y del ritmo de las cosas del mundo sensible. En su lírica, Mármol nos revela su visión filosófica –o metafísica–, no así teológica, de la vida y del amor, de la muerte y del ser, nutrida de la contemplación y el ascetismo.
En sus versos o en su prosa poética, la puntuación determina su ritmo interior: la voz poética no grita o exclama sino que relata y cuenta. Este recurso muestra una estructura retórica en su escritura, donde la poesía deviene en sustancia del texto. Cada poema es así un cuerpo en prosa, con un ritmo, cuyo discurso fluye movido por los efluvios del sueño, en una especie de “monólogo dramático”, que se remonta al poeta Robert Browning o, posteriormente, a los simbolistas franceses y finalmente, a los surrealistas. No son en sí poemas en prosa –en la acepción de Baudelaire–, pues se trata de textos sin personajes y donde la puntuación es ficticia o un pretexto que marca el ritmo de la frase. Con esta técnica, Mármol logra hallazgos expresivos y estilísticos de enorme rentabilidad y precisión. Sin caer en una retórica vacía ni en la ampulosidad barroca, Mármol alcanza la renovación de nuestra lírica, transgrediendo la tradición, y sin naufragar en la desmesura conceptual o el abuso de la grandilocuencia. Sus abstracciones poéticas le confieren sensorialidad a sus versos o a sus frases líricas. Sin apelar a malabarismos retóricos, acierta al crear una conexión sensorial con el lector. Su yo poético o lírico se enmascara, se desdobla o se transforma en cantor de sí mismo. Así pues, lo desacraliza, haciendo de su psicología de autor, una subjetividad siempre contradictoria, como toda subjetividad poética. Mármol siempre aboga, en su poesía, por la profundidad del ser, por una sumersión en el territorio de la fantasía verbal, en su búsqueda por la esencialidad de las cosas y por hallar las otredades del yo autoral. En su búsqueda de lo cotidiano, encuentra lo ordinario. O, más bien, en su búsqueda de las profundidades del ser, se encuentra con el reino de lo común. En su experiencia de bucear en la originalidad, encuentra lo primordial, lo esencial, lo deseado e imprevisible: desde la inocencia genésica hasta la experiencia de la reconciliación y la comunión con la mismidad. Es decir, desde la otredad del ser hasta la inmanencia del deseo como creación voluntaria de todo lo existente.
Mármol cultiva una poesía de la inteligencia. O, dicho en otras palabras: una poesía del pensamiento, que aspira a la sabiduría como la filosofía en su origen. No es un “poeta verbal”, como dijo Borges de Quevedo; ni escribe una poesía intelectual, sino una poesía que comulga con el pensamiento. O que dialoga o monologa, entre el pensar y el cantar. Tampoco es abstracta. Es concreta como quería Kandinsky que se dijera de su pintura: que no era abstracta sino concreta. Por lo tanto, la poesía de Mármol tiene como centro de gravedad el pensamiento y como centro simbólico, lo híbrido o lo bicéfalo. Es decir, es un cuerpo sensible de dos vertientes o dos hemisferios: uno estético y otro conceptual. Y de esa mediación brota su luz incandescente y su magia verbal. Por consiguiente, su poesía se alimenta de la química del lenguaje y de la física del pensar. O sea: de la materialidad de las cosas y de las sustancias de los cuerpos. Su poesía busca el fundamento de lo cantado: deviene alegoría de las esencias y analogías de las palabras. Rompe la casualidad y la causalidad. Inventa el deseo y lo disipa: atenúa las desmesuras de los instintos. En sí, su obra poética representa una indagación de las cosas del mundo sensible: hace inteligible lo ininteligible. Su mirada poética hace transparente lo tocado. Es decir, el mundo visual.
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