«Jesús lloró» (Juan 11:35). Ese es el versículo más corto y emotivo de la Biblia. El mismo retrata a Jesús en su plena humanidad. Como hombre, Jesús llora conmovido por la muerte de su amigo Lázaro. Pero… ¿por qué llora Jesús cuando sabe que, como hijo de Dios, tiene el poder de resucitarlo, como en efecto hizo?

La respuesta está en el mismo Evangelio (Juan 28:36): cuando Jesús ve a Marta llorando por su hermano, al igual que a quienes la acompañaban, «se estremeció en espíritu y se conmovió». Y, al ver donde pusieron el cadáver de Lázaro, «Jesús lloró». Los presentes solo atinaron a decir de Jesús llorando: «Mirad cómo le amaba».

Todo indicaría, conforme esta lectura bíblica, que Jesús lloró conmovido por la muerte del amigo y por el dolor de sus deudos. Pero los expertos advierten que debemos diferenciar entre la lamentación audible del «llorar» (klaio en griego) de las hermanas de Lázaro y sus amigos (Juan 11:33), llanto ruidoso de quienes expresan abiertamente su pesar o duelo, y el «derramar lágrimas» (en griego dakryo), llorar en silencio, en sollozo suave pero intenso, aunque sin ruidoso lamento. Desde esa óptica, Jesús derrama lágrimas, porque se compadece profundamente ante el dolor de quienes lloran a Lázaro, pero no llora desesperadamente porque sabe que resucitaría a Lázaro.

Es esta dimensión del lloro de Jesús —más allá de la indignación que siente por quienes endurecidos por su poca fe no creen que pudiese resucitar a Lázaro, que es otra lectura del término dakryo según apuntan los especialistas— la que debemos retener si queremos entender cabalmente la misión de Jesús en la tierra. Las lágrimas de Cristo no expresan lástima, sino que manifiestan el más alto nivel de amor y compasión, sintiendo no solo el dolor de los nuestros, sino, para citar a Susan Sontag, «el dolor de los demás», al extremo de, como señala Emmanuel Levinas, ser capaz de «sufrir por el otro».

Y es que llorar, para decirlo con el papa León XIV, es un gesto no solo de humanidad sino espiritual. «Se llora cuando se sufre, pero también cuando se ama, cuando se llama, cuando se invoca. Gritar es decir quiénes somos, que no queremos desvanecernos en el silencio, que todavía tenemos algo que ofrecer».

O, como dice el papa Francisco, hay que «llorar por la injusticia, llorar por la degradación, llorar por la opresión. Son las lágrimas las que pueden darle paso a la transformación, son las lágrimas las que pueden ablandar el corazón, son las lágrimas las que pueden purificar la mirada y ayudar a ver el círculo de pecado en el que muchas veces se está sumergido. Son las lágrimas las que logran sensibilizar la mirada y la actitud endurecida y especialmente adormecida ante el sufrimiento ajeno».

En esta teología del llanto de Francisco, solo las lágrimas permiten aprehender la realidad de la vida, por lo que, si no aprendemos a llorar, no somos buenos cristianos. Y es que «al mundo de hoy le falta llorar, lloran los marginados, lloran los que son dejados de lado, lloran los despreciados, pero aquellos que llevamos una vida más o menos sin necesidades no sabemos llorar». Si Dios mismo llora, ninguna lágrima humana se pierde, pues esta es un camino hacia Dios.

Eduardo Jorge Prats

Abogado constitucionalista

Licenciado en Derecho, Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM, 1987), Master en Relaciones Internacionales, New School for Social Research (1991). Profesor de Derecho Constitucional PUCMM. Director de la Maestría en Derecho Constitucional PUCMM / Castilla La Mancha. Director General de la firma Jorge Prats Abogados & Consultores. Presidente del Instituto Dominicano de Derecho Constitucional.

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