Irán y las mujeres: cuando la historia avanza… y también retrocede
¿Cómo construimos sociedades donde la dignidad de las mujeres no dependa de los vaivenes de la historia, sino que forme parte de los cimientos mismos de nuestra convivencia?
Una mujer iraní herida reacciona tras un ataque israelí en el bulevar Keshavarz, en el centro de Teherán, el 15 de junio de 2025. (Foto de Majid KHAHI / ISNA / AFP)
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Leyendo estos días sobre la larga historia de Irán, y con el Día Internacional de la Mujer cerca, me encontré haciéndome una pregunta que todavía me inquieta.
¿Cómo llegó una de las civilizaciones más antiguas y sofisticadas del mundo a construir un sistema que limita tan profundamente la vida de las mujeres? No es una pregunta retórica. Es una pregunta genuinamente humana, y la respuesta puede decirnos mucho. Para intentar comprender esa aparente contradicción, hay que mirar primero la profundidad de su historia.
La antigua Persia fue durante siglos un centro de cultura, pensamiento y organización política. El imperio fundado por Ciro el Grande, en el siglo VI antes de nuestra era, fue notable no solo por su extensión, sino por algo más inusual para su época, una cierta tolerancia hacia los pueblos que gobernaba. Persia fue puente entre Oriente y Occidente, territorio donde florecieron la arquitectura, la poesía, la filosofía. Una civilización que, durante milenios, fue de las más brillantes de la humanidad.
Es precisamente esa grandeza histórica la que hace más difícil entender lo que vino después. Los pueblos atraviesan períodos de apertura y períodos de repliegue, y en ocasiones, hay un momento bisagra que lo cambia todo. La historia humana rara vez avanza en línea recta. En el caso de Irán, ese momento fue la Revolución Islámica de 1979. Lo que comenzó como un amplio movimiento contra el autoritarismo del Shah —con participación de estudiantes, intelectuales, mujeres, trabajadores— terminó transformándose en una república teocrática bajo el liderazgo del ayatola Ruhollah Jomeini.
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El anterior desenlace ilustra una de las paradojas más dolorosas de la historia política: muchas revoluciones nacen con aspiraciones genuinas de libertad y justicia, pero cuando el régimen cae, el vacío suele ser ocupado por quien estaba mejor organizado. En Irán, ese actor fue el clero chiita, con redes comunitarias profundas y una capacidad de movilización que otros sectores no lograron igualar.
El impacto sobre la vida de las mujeres fue inmediato y profundo. Antes de la revolución, el país había experimentado décadas de modernización, las mujeres accedían cada vez más a la educación superior, a profesiones especializadas, a espacios públicos más amplios. Tras el establecimiento de la República Islámica, un nuevo marco legal y social redefinió su lugar en la sociedad, restringiendo libertades que muchas ya consideraban propias.
Sin embargo, y aquí está una de las grandes tensiones de la realidad iranï, las mujeres no desaparecieron del espacio intelectual ni profesional. Hoy representan una proporción significativa del estudiantado universitario y están presentes en campos tan exigentes como la medicina y las ciencias. Esta coexistencia entre una sociedad civil altamente formada y un marco legal restrictivo no es una paradoja menor, es una fractura profunda que late bajo la superficie del país.
Esa fractura se hizo visible en septiembre de 2022 con la muerte de Mahsa Amini (joven kurdo-iraní de 22 años, fallecida bajo custodia policial tras ser arrestada por supuestamente no llevar el velo de forma correcta). Su muerte desencadenó protestas masivas en todo Irán y una ola de solidaridad internacional. Su nombre se convirtió en símbolo de algo que iba mucho más allá de una norma sobre vestimenta: era la demanda de ser tratada como un ser humano completo, con dignidad y autonomía.
Como humanista, lo que me conmueve de esta historia no es solo la injusticia, sino la persistencia de mujeres que estudian, que piensan, que cuestionan, que salen a las calles aun sabiendo el riesgo que corren. Esa persistencia es, en sí misma, una forma de civilización.
Cada año, el 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer nos invita a reflexionar sobre los avances logrados y los desafíos que persisten. La historia de las mujeres iraníes nos recuerda algo que preferiríamos no saber; los derechos no son conquistas permanentes. Pueden ampliarse, pero también pueden restringirse. Pueden ser reconocidos por ley y negados en la práctica. Pueden sobrevivir en la conciencia de quienes los reclaman, incluso cuando el Estado los ignora.
Ninguna sociedad está completamente a salvo de ese retroceso. El progreso humano no es una línea ascendente; es un camino lleno de avances, pausas y recaídas. Las civilizaciones más antiguas y brillantes no son inmunes a los momentos en que la tradición y el miedo se imponen sobre la apertura y la libertad.
Comprender las contradicciones de Irán no significa justificarlas. Significa reconocer que las sociedades humanas son siempre más complejas que las categorías con las que intentamos describirlas. Significa resistir la tentación de reducir un país de ochenta millones de personas a una sola imagen, por cómoda que sea esa simplificación.
Y tal vez, en el fondo, significa hacernos la pregunta que Irán nos plantea con especial urgencia, pero que en realidad nos concierne a todas, a todos: ¿cómo construimos sociedades donde la dignidad de las mujeres no dependa de los vaivenes de la historia, sino que forme parte de los cimientos mismos de nuestra convivencia?
En esa pregunta, incómoda, necesaria, profundamente humana, reside también el verdadero espíritu del Día Internacional de la Mujer.
Diplomática. Fue embajadora alterna ante Organismos Internacionales en Viena, y fue representante en el país del Programa de Población y Desarrollo de la Organización de las Naciones Unidas (UNFPA).