Con frecuencia, las grandes transformaciones intimidan a los espíritus conservadores, quienes tienden a verlas con recelo y hostilidad. La emergencia de la inteligencia artificial (IA) es uno de esos cambios profundos que no han tardado en disparar las alarmas.
En un artículo reciente, Alicia García y Soumitra Dutta compararon dicha actitud con una disposición más receptiva al cambio. La primera queda reflejada en la solución dada por la Inquisición europea tras el surgimiento de la imprenta, mientras que la segunda está ejemplificada por el espíritu de la Ilustración («Europa y la IA: más Ilustración y menos Inquisición» (https://elpais.com/opinion/2026-10-16/europa-y-la-ia-mas-ilustracion-y-menos-inquisicion.html).
La primera institucionaliza la cancelación, la censura, la prohibición, el esfuerzo sistemático por regular el miedo. La segunda expresa la institucionalización de la crítica, vinculada al nacimiento de la academia moderna; representa la actitud metodológica ante el proceso, en contraposición a la disposición reguladora del producto.
De igual modo, la actitud inquisidora se centra en la amortiguación de daños, intentando frenar los posibles peligros que puedan generarse del resultado de una actividad. En cambio, la segunda se aventura a enfrentar las consecuencias examinando el proceso.
Hoy día los autores perciben ambas actitudes con respecto a la IA. Por un lado, se encuentran quienes pretenden restringir el uso del producto hasta erradicarlo de los procesos de creación epistémica; por el otro, aquellos que buscan reorientar su uso para que sirva a la generación de conocimiento.
En los inicios de la Modernidad, las academias jugaron ese papel crítico. Hoy la cuestión es si las mismas pueden seguir desempeñando ese papel en la medida que se suman a los esfuerzos restrictivos y, al mismo tiempo, se subordinan al modelo comercial acrítico que fomenta la IA; un proceso que transmuta las universidades de comunidades del saber en centros corporativos.
Los autores señalan que la clave radica en si la institución que rodea al alumno, al investigador o al escritor incentiva al individuo a un uso crítico de las nuevas tecnologías. Este problema no es solo un asunto de rediseño curricular o de normativas, sino de una reinvención estructural para construir entornos educativos y de investigación que conviertan el uso de la IA en parte de las condiciones de posibilidad para la generación de conocimiento.
Ante este horizonte, la pregunta básica es si las venerables instituciones que dirigieron los principales procesos de producción y examen epistémico de la Modernidad están en condiciones de seguir siendo agentes de cambio en la era de la inteligencia artificial, o si el proceso irreversible de transformación provocado por el desarrollo tecnológico exige, en su defecto, la superación de dichas instituciones.
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