La inflación en Estados Unidos ha resurgido como un tema central en el debate económico a nivel mundial. Después de un periodo de moderación relativa en 2024 y 2025, el año 2026 ha vuelto a generar presiones inflacionarias que han sorprendido tanto a analistas como a mercados y autoridades monetarias. En abril, la tasa de inflación interanual alcanzó el 3.8% y se mantuvo en un 3.4% en agosto, superando las expectativas del consenso.
Este comportamiento indica que la mayor economía del mundo está enfrentando una situación compleja, caracterizada por choques energéticos, tensiones geopolíticas, rigideces estructurales y una demanda interna que muestra resistencia a desacelerarse.
La Reserva Federal hace una diferenciación entre la inflación volátil, que incluye sectores como energía y alimentos, y la inflación estructural, que abarca áreas como servicios, vivienda y salarios. La decisión de aumentar las tasas de interés se toma cuando: a) niveles en que la inflación subyacente exceda el objetivo establecido, b) comportamiento de los costos de los servicios, los cuales son más estructurales (como son la salud, educación, transporte y vivienda), de modo que si estos continúan aumentando se constituyen en un factor importante de la inflación, y entre otros, c) si el crecimiento en los salarios es superior a la tasa de productividad y no existen señales de reversión del proceso, también es otro factor estructural determinante.
El aumento de los precios del petróleo debido al conflicto militar entre Estados Unidos e Irán es una razón que contribuye a la inflación, pero no es la principal. Estados Unidos opera bajo estructuras internas —un mercado laboral muy fuerte, inflación en servicios, vivienda presionada y una demanda agregada robusta— que explican mejor la naturaleza del ciclo actual. Incluso es productor excedentario y depende menos de las importaciones. Europa y otros países, por ejemplo, donde las importaciones de petróleo representan una gran parte de su mezcla energética y PIB, son mucho más sensibles a los choques petroleros.
El aumento del precio del petróleo Brent —de 70 a 118 USD por barril— debido al conflicto entre Estados Unidos e Irán ha generado tensiones en los mercados energéticos globales. Sin embargo, en Estados Unidos este choque no es el principal determinante de la inflación ni altera de manera significativa su estructura de costos, debido a que es productor neto de petróleo y su inflación actual proviene de factores internos como servicios, salarios, vivienda y demanda robusta. En contraste, Europa, Asia emergente y varios países de América Latina, altamente dependientes de petróleo importado, sí enfrentan un impacto directo en sus costos logísticos, energéticos y alimentarios.
La economía estadounidense es tan resistente que absorbe choques externos sin caer en recesión, pero esa misma fortaleza mantiene viva la inflación interna, especialmente en servicios, salarios y vivienda
En Estados Unidos, durante agosto, la inflación interanual alcanzó un 3.4%, superando el 3.3% registrado en el mes anterior; sin embargo, la inflación subyacente disminuyó del 2.5% al 2.4%, lo que indica una menor resistencia al aumento de precios debido a factores internos. Esto sugiere que el incremento de precios en Estados Unidos es resultado de elementos no subyacentes, como se mencionó anteriormente, dado que la inflación subyacente mide la persistencia interna de los precios al excluir componentes volátiles como energía y alimentos. Por lo tanto, si la inflación subyacente es más alta que la general, esto implica una mayor rigidez y dificultad para reducirla. En cambio, si la subyacente disminuye mientras que la general aumenta, ello señala que las presiones inflacionarias provienen de factores externos y volátiles en lugar de presiones internas.
Los aranceles promedio aplicados a las importaciones se sitúan alrededor del 11%, y se están implementando nuevas medidas que afectan productos canadienses por un valor superior a USD 20,000 millones. Estas políticas sí están incrementando los costos de bienes intermedios y finales en Estados Unidos, afectando sectores como la manufactura, la construcción y la tecnología.
Por otro lado, las confrontaciones militares en el Estrecho de Ormuz han generado tensiones en los mercados energéticos y en el suministro de fertilizantes e insumos agrícolas, tal como señala un documento reciente de la FAO. Este organismo estimó una caída del tráfico petrolero entre 90% y 95% y un aumento del Brent hacia USD 115–120 por barril.
Sin embargo, aunque estos choques energéticos tienen repercusiones globales, su impacto sobre la estructura de costos de Estados Unidos es limitado, debido a que es productor neto de petróleo y gas. En contraste, Europa, Asia emergente y varios países de América Latina —altamente dependientes de petróleo y fertilizantes importados— sí enfrentan incrementos significativos en sus costos logísticos, agrícolas y manufactureros
Reacciones de otras economías
Cada país ajusta su tasa de interés según su propio ciclo económico. Pero en este caso, los ciclos son profundamente distintos: Estados Unidos enfrenta una inflación interna impulsada por servicios, salarios y vivienda, mientras que Europa, Asia emergente y América Latina lidian con inflación importada y economías más frágiles. Por eso la subida de la Reserva Federal no fue replicada por el resto del G20.
Esto que acabamos de afirmar, necesita su debida aclaración:
La política monetaria de EE.UU. sigue siendo el pegamento que sostiene el sistema financiero global, y cuando la Fed sube su tasa de interés, los países se ven obligados a ajustar sus tasas de interés incluso si sus ciclos internos no lo justificarían. Esto es especialmente cierto en países que dependen en gran medida del dólar porque tienen regímenes de tipo de cambio de larga data (los países del Golfo) o tienen grandes cantidades de deuda denominada en dólares (México, Brasil, Colombia, Turquía, Indonesia, etc.). En tales situaciones, un aumento de tasas en Estados Unidos incrementa el valor del dólar, la deuda externa se vuelve más cara y las monedas locales están bajo presión, lo que obliga a los bancos centrales a actuar para evitar salidas de capital, depreciaciones bruscas e inflación en bienes importados.
Pero ese efecto dominó no es universal. Las economías con ciclos internos más robustos, mercados financieros profundos o estructuras energéticas autosuficientes (Estados Unidos, Canadá, Japón o Noruega) pueden continuar siguiendo caminos monetarios diferentes sin desequilibrios severos. La situación aquí es muy diferente: mientras la Reserva Federal endurece la política para frenar la inflación interna, muchos países del G20 están en mala forma y no pueden hacerlo sin empeorar su economía. Es un mapa monetario global fragmentado: la capacidad de cada país para resistir o seguir a la Fed depende de su estructura económica, vulnerabilidad externa y posición en el sistema financiero internacional.
En el caso de la República Dominicana, la influencia de la política monetaria de la Reserva Federal es particularmente significativa debido a la estructura abierta de la economía y a su alta dependencia de bienes importados, especialmente combustibles, insumos industriales y alimentos. Cuando la Fed eleva su tasa de interés, el dólar se fortalece y esto presiona el tipo de cambio local, encareciendo las importaciones y elevando la inflación importada. Para evitar una depreciación excesiva del peso y contener presiones inflacionarias, el Banco Central dominicano suele verse obligado a ajustar su propia tasa de política monetaria, incluso en momentos en que la actividad interna no justificaría un endurecimiento monetario.
La República Dominicana está en ese grupo de países donde la política monetaria es en gran medida una función de las fuerzas externas y la economía. Aunque la economía dominicana ha podido resistir y crecer a pesar del dólar y del costo internacional de la energía y los alimentos, no está bien posicionada para responder a los cambios en el sistema financiero internacional. Por lo tanto, los ciclos de tasas de interés en los Estados Unidos son un tema muy relevante para la economía local, lo cual es más cierto en las economías emergentes y, aunque todavía tiene una base económica fuerte, deben responder a los cambios en el sistema financiero internacional para mantener la estabilidad macroeconómica.
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